Extraños (Blog)

13
Mar

Paso a paso, niña buena

Él era débil y yo era fuerte; o, yo era débil y él fuerte. Y no era lejos, tampoco estaba tan oscuro. Pero no lo hicimos, a pesar de todo.

El tiempo sí que es rebelde; empezar de la nada, afirmar la deriva, pisar el castigo, el aire. “No te necesito, te prefiero” quise engañarme. 

Gloria es amar, para quien ama; para el resto, sólo dolor. Y la luz muy consentidora, rayada de caminos. 

«Todo es hacerse guiños, tierra y mujer», diría un donnadie. Y dejé que él me guiara a casa

escribiría PEBELTOR  (a pesar de todo). 

 

 

6
Mar

Las moscas acudiendo a la miel

27
Feb

Mucho por lo que respirar

Los niños eran los mejores asesinos, no se cuestionaban nada. Tan pronto le pedían a la abuela que les hiciera roscos, galletas o magdalenas, que no podían escapar de las rutinas domésticas.

Por donde ellos había más vidas bajo tierra que en la urbanidad. Ya no resultándolo curioso a nadie que las dos especialidades médicas que más habían crecido en Occidente venían a ser la cirugía estética y la psiquiatría.

Una abuela de las de antes, con arrugas y las tetas caídas, no con dos salchichas por labios, pelotas por senos y la piel atirantada detrás de la nuca. Niños que con ella aprendieron a sentir en días, lo que otros no les harían sentir en años; capaces de todo en dos horas de siesta.  

Niños que habían sido reconocidos como hijos adoptivos por parte de las autoridades de la ciudad, en la inauguración de esa nueva zona verde. Y la abuela tan contenta, por fin podría tener una vivienda en propiedad, mucho más cerca del Centro Hospitalario de donde sustraía el cloroformo.

13
Feb

Eso también era San Valentín

Se sentó de un salto en el borde de la piscina, junto a ella. Su cuerpo mojado relucía. Echó hacia atrás una mano apoyándola sobre una de esas baldosas, para mantener el equilibrio; el otro brazo hacia ella, por la cintura. La miró y le dio un beso en el hombro desnudo. 

Lo último que envejecía de una mujer eran los hombros.

Lo que no se decía en su momento,

a veces, costaba mucho decirlo luego.

6
Feb

Después se volvían a dormir abrazados

A veces se despertaba de noche a su lado, y si ella también estaba medio despierta se hundía por entre su busto, brazos y piernas, o si no la buscaba y se dejaba querer. No hacía falta decir nada. Hasta llegaba a quedarse dormido dentro de su cuerpo, algo sinigual.

De día, con el regusto amargo del café, alguna calada al cigarrillo y por cuando los ojos se iban haciendo, tampoco es que se dijesen nada. Incluidas noches de esas en las que probaban cosas, ahogándose y dejándose en el tiempo, deseosos hasta hartarse o caer de un respingo y que el otro sintiera un dolor punzante en el pecho.

El edificio apenas los sentía parpadear, como mucho aclararse la garganta o llorar sin haberlo aprendido bien por las cosas inevitables, esas de cuando se volvía a los pueblos y sus funerales. Pueblos, del todo blanco y todo negro, que el dinero no lo compraba todo; eso sí, lugares en donde lo que estaba hecho con amor siempre estaba bien hecho, muy de gente de allí.

Con el paso de los años no era difícil mantener la continuidad y los hechos que otros habían creado. Una familia de silencios reunidos al fin y al cabo.

Quienes los veían desde fuera, observaban que con ellos el invierno se sentía verano, y viceversa, siempre igual, día tras día. Y no porque fueran mudos, envidia que sí y que no tenían, que lo eran, sino porque pasase lo que pasase, invariablemente se volvían a dormir abrazados, sin hablar.

Y eso era amor, autenticidad, quererse bien, necesitarse y cuidarse. Lo demás, ¿a saber?

PEBELTOR

30
Ene

Se vende soledad de adulto

Algunas cosas merecían el riesgo, pero no terminaba de dar el paso. La ciudad, como tal, no le abrumaba, ni estaba tan sucia como la sentía. Lo que habitaba en sus sueños le pesaba. Sueños de ser algo, ni más ni menos, que lo que no había sido hasta la fecha.

Sentía, no obstante, que había llegado el final de la fiesta, y eso que aún tenía mucho por lo que disfrutar, y por lo que luchar.

Quizás era eso. Que no tenía hijos, ni pareja, ni mayores obligaciones que su trabajo y los días. Una especie de piedrecita en el zapato, por cuando el dilema no era el reloj y sus horas, sino cómo se sentía cuando el ruido, ruido de la ciudad, o de lo que fuera (como en el propio coche, por el campo, haciendo la compra, en algún evento) le afloraba esa otra forma/s de amar que no tenía.

Por más certidumbre, seriedad y templanza, un día sí y otro también creí que era eso. Que necesitaba un cambio. Alguien con quien poder sentir que la vida tenía cien años o una última noche, alguien con quien cogerse de la mano sin tener que pedirse explicaciones, mirarse, ir al médico de los ojos acompañado, que el llegar a casa sonase distinto y todas esas cosas que, en mayor o menor medida, y mejor o peor, otros tenían o habían alcanzado alguna vez, en esa vida última.

Porque tras ser árbitro, modelo, cocinero, pescador, orientador y peón albañil, necesitaba y tenía bien claro, que a su muerte se quedaría con su padre, que tenían muchas y ningunas cosas que decirse, otrora época ya.  

La frágil moral

PEBELTOR

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