agosto 2025

28
Ago

La invitó a tomar un helado

Sin venir a cuento la invitó a tomar un helado. Y se lo tomaron.

Ella se arregló un poquito, y él otro tanto. Lo justo como para que no fuera irse a hacer deporte, ni que pareciera ninguna otra cosa, simplemente salir a tomar un helado y punto.

Pero no, no era así la cosa. El turrón para ella, y el turrón con limón para él conllevaba la suma de otras distancias y cortesías. Era otra forma de darse los buenos días, las buenas noches. De decirle lo hermosa que era. De darle un beso, que no en la frente. Hasta de poder presumir con amigos y familia de algo que no fueran las sopas de letras y los crucigramas.

Hubo escucha, y no se hicieron reír porque llegaban muy forzados los dos, casi que con la luz apagada tras un par de meses más que distanciados.

Lo feo hubiera sido ser falsos, hipócritas y chismosos. El ratito que se sentaron en el banco tampoco estuvo mal. El parque, tal día ayudó. Sin mucho ruido, transitado lo justo y el caer de la noche ayudando a las farolas de forja a hacer su labor, premiándoles con su sombra un banquito.

Al día siguiente, como si todo, como si nada, como si nadie.

Y llegaría el otoño, el invierno, la primavera y el siguiente verano, más lo que ambos recordarían sería ese helado. Su turrón y su limón, capaces de hablar de la soledad como si fuera una tragedia, cuando la verdadera tragedia siempre fue y sería la compañía equivocada.

PEBELTOR

 

 

21
Ago

Pagó por tener novia

Tras un cúmulo de fatalidades llegó a pagar por tener novia, y eso que los malos solían ser más sinceros y divertidos que los buenos. Pero no cualquiera llegaba a trabajar en los Juzgados.

Los del convenio colectivo no le hicieron ni caso, más pendientes de si en Navidad se ponía o no un arbolito con luces y guirnaldas o el portal de Belén en la entrada del Edificio.

En el bar, cierto es, que cada vez se comía más deprisa y peor. Con la mirada perdida, como si ya tuvieran la muerte bien metida adentro.

La prensa local no mirando más allá de sus entendederas, y los de ámbito nacional con otras cosas, que la pólvora ya estaba inventada.

Ahora bien, toda vez que le demostró que no era lesbiana fue difícil engañar a su abuela. Su abuela siempre se salía con las suyas, y le tocó seguir aguantándola. De la estación de tren a la parada de taxis, de allí al supermercado, o al cine (no se sabe a qué porque nunca llegaban a entrar), o a llevar al chucho al parque, justo el más lejano y con menos sombra y hasta en cuesta, que el andador se les atascase. La peluquería, ver inmobiliarias, la mierda de los atardeceres desde la vía verde. Cambiarle el suelo de la cocina, ajustarle el cajón de la cómoda. Quejicosa porque llovía cuando llovía, y cuando hacía calor que hacía calor. El comercial de la telefonía dando por culo a deshoras. Y lo de que “el Señor se apiade de nuestras almas” día sí día también.

Gustavo terminaría reenganchándose y haciéndose maricón. Maricón de verdad, porque tela con la abuelita, y el aguante que tenía la vieja. A todo esto, que la abuela quería aprender a montar en bicicleta. Noventa y cuatro años, y que no había quien le quitase la tontería. Y el juez decano debiendo mantener el tipo, obligado a implantar, para mayor inri, eso de las redes sociales en los Juzgados, como si no tuvieran ya suficiente.

El eco de la frasecita de su hermano pequeño, erre que erre: “Los que se jubilan se van a pescar”. Desde otro continente y a su puta bola en algún lugar de la isla de Bali. Médico anestesista seis meses al año, y porque quería. Las alemanas siempre le fueron muy rubias, eso sí.

Pero lo de la novia, y sacada del mundo delincuencial colmaba el vaso. Seguramente debió de haberse quedado con su primer matrimonio y la casita de campo, y no querer intentarlo por cuatro veces y sin un puto duro en el banco: cinco hijos, dos perros, una gata con muy mala follá, más el hijo que no era suyo. Todo, a sus sesenta y cuatro años, tal que nadie le hubiera advertido que en la judicatura gustaban las mujeres, cuanto más casadas mejor.

Aquel rinconcito siempre le gustó: una cura para todos los males. 

 

 

16
Ago

Tú haces que quiera ser…

…mejor persona.

El mar, la mar,

esa cura para todos los males. 

14
Ago

Azul cielo látex

Era una mujer que había vivido la mitad de su vida fuera de México. Y que ya, fuera de lo maternal, todo se le volvía de azul cielo látex.

Tenía a un hombrecillo en su cabeza, en nada de esos del sudor añejo y sardina. Ella y todas las argentinas de su calle. Vivían en la costa granadina, en un pueblecito junto a un peñón y su salobre. Y aunque parecía tímido, formaba parte del reino animal.

Tiempo atrás le hizo el amor desaforadamente, colmándola de momentos lúcidos y a la par desconcertantes, de cuando frecuentaron un bar arrumbado en una carretera vecinal.

Aquellos días fueron frenéticos, lo poco que les quedó por hacer fue pasarse horas y más horas viendo el televisor en la frescura del aire acondicionado, pero como no tenían retornaron a Viena, que fue donde en verdad se conocieron.

Él como falsificador, un tipo capaz de hacerse pasar por tartamudo y que la pulsión de la repetición fuera animosa. Ella, historiadora a sueldo, viviendo con la despreocupación de una aristócrata y la preocupación de una paria. Allí, no tomaron forma ni consistencia alguna. Con las piernas ligeramente separadas ella le despidió, tras haber sido mordidos sus pechos y ese bronceado veraniego que paseó al disparo de otro inocente.

Tan violento y simple su nuevo amigo podría llegar a serlo, bien distinto es que quisiera. La quería toda para él, no en cabeza ajena. Que descubriera verdades luminosas en la destrucción de su propia vida. Que regresase al redil… El asombro de ella era consecuencia de la pura ignorancia, que también de la decisión de cada cual de comenzar una y otra vez.

Una triste poesía oscura iluminaba esos sus últimos días, la mar estando salpicada de policías, y ella de una soledad que la condenada debido a su profesión y circunstancias.  

Pronto llegaría la hora de moverse a otra ciudad en la que le sucederían más o menos las mismas cosas o Dios la perseguiría. Su hija prefería opositar a maestra más que apresar el tiempo presente, queriendo ganar una pelea que perdió hacía mucho.  

 

9
Ago

Dijeron que se hizo rico…

…y se marchó.

A los milagros hay que llamarlos

7
Ago

La mujer del banco

Tras dos años y medio sin acudir a ese gimnasio volvió a ver las mismas caras sin que apenas hubieran cambiado las personas. Los gestos seguían siendo los mismos, sí. Y habían encanecido algunos. Ellas, con más o menos anillos. Algunas idénticas.

Había pasado el tiempo y no había pasado. Había quien había viajado, sido madre, padre, abuelo, hasta amanecido nuevamente tras enfermar y superarlo.

Lo que no cambiaba eran las miradas de quienes se gustaban y no atrevían a decírselo. No eran saludos al uso, a veces ni eso. Cruces de miradas con las mejores intenciones; deseos varios.

Lo que no estaba en su sitio era la mujer que se sentaba en un banco, y a quien se cruzaba a la vuelta. Una mujer que tras ejercitarse y asearse se iba la mayoría de las tardes noches a pasar un rato en el banco del parque, el cuarto por la izquierda si se subía por la calle de la iglesia, siempre el mismo, y en la misma parte de la bancada. Portaba un libro y su teléfono, amén del vestido de fondo de armario o ropa deportiva cómoda, más holgada que cuando se ejercitaba.

La cadencia no terminaba de pillarla. La mayoría de los días estaba sentada, quieta, sola. Una vez la vio con su hija, aquel día no se acercó a saludarla. Otras veces sí, no todas. Tampoco sabía si hacía bien en acercarse o no, y mejor pasar de largo. Él tenía que desviarse un poco para llegar a donde estaba ella, quien nunca giraba la cabeza de forma vehemente para ver si él llegaba o seguía su camino y pasaba de largo.

El caso es que cuando se paraba y se hacían los encontradizos algo sucedía. Ya no estaba tan metida en la lectura, ni en los crucigramas o en el telefonito. Se le abría, se preguntaban por los días y los trabajos, por la familia. Y eso que él solo llegó a sentarse una vez, solo una. Y que desde que ella hacía uso del banco nunca se habían tocado, ni dos besos cordiales o estrecharse la mano.

Unas veces él llegaba andando y otras en su bicicleta negra. Y los pocos días que no se la encontraba, bien porque se le hacía tarde y ella ya se había ido o porque en verdad esa tarde no había recurrido a lo del banco, la echaba mucho de menos, preguntándose qué le habría sucedido, sintiendo como que le faltaba algo.

El principal problema es que no sabían pedir ayuda, no que fueran endiabladamente retorcidos. Cierto es que alguna vez había llegado a pensar que si le daba un bofetón a lo mejor le gustaba a la mujer, a esa que como actriz tenía buena memoria, porque se conocía a los ganadores y a los perdedores en la línea de salida. Ella, la mujer que se acostaba pronto, que es lo que había venido haciendo toda su vida. Solo que la cárcel cambiaba a la gente.

Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.

Cerrar