Sin venir a cuento la invitó a tomar un helado. Y se lo tomaron.
Ella se arregló un poquito, y él otro tanto. Lo justo como para que no fuera irse a hacer deporte, ni que pareciera ninguna otra cosa, simplemente salir a tomar un helado y punto.
Pero no, no era así la cosa. El turrón para ella, y el turrón con limón para él conllevaba la suma de otras distancias y cortesías. Era otra forma de darse los buenos días, las buenas noches. De decirle lo hermosa que era. De darle un beso, que no en la frente. Hasta de poder presumir con amigos y familia de algo que no fueran las sopas de letras y los crucigramas.
Hubo escucha, y no se hicieron reír porque llegaban muy forzados los dos, casi que con la luz apagada tras un par de meses más que distanciados.
Lo feo hubiera sido ser falsos, hipócritas y chismosos. El ratito que se sentaron en el banco tampoco estuvo mal. El parque, tal día ayudó. Sin mucho ruido, transitado lo justo y el caer de la noche ayudando a las farolas de forja a hacer su labor, premiándoles con su sombra un banquito.
Al día siguiente, como si todo, como si nada, como si nadie.
Y llegaría el otoño, el invierno, la primavera y el siguiente verano, más lo que ambos recordarían sería ese helado. Su turrón y su limón, capaces de hablar de la soledad como si fuera una tragedia, cuando la verdadera tragedia siempre fue y sería la compañía equivocada.
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