Del volante también arrancaron, dejándole adherida la piel de las manos, una forma humana tumescente que aún daba señales de vida.
No mucho después y ya en el hospital, en la penumbra de un pasillo un hombre que estaba esperando se le acercó tímidamente. No a la primero, pero sí a la segunda, se le presentó sin tener que darle muchos detalles. El marido rápidamente cuadró el círculo.
Más lo que no supieron ambos hasta que el doctor salió a dar la noticia, era lo del tercero en discordia.
Nada de eso se lo contaría el padre a sus hijos. Ni por él, ni por ella.
Una sonrisilla delgada le exasperó cuando una enfermera le permitió pasar y ver el cuerpo, entregándole la alianza a solas, bajando el tono más si cabe.
Sobre aquella desolación no cupo más alma que aquel padre, quieto de pie en esa especie de promontorio, con el cadáver caliente de su mujer pensando cómo responder a su hija cuando la tuviera en brazos, ni siquiera alzando la cabeza para mirarla faltándole las palabras, vacilando lágrimas de rabia e impotencia, así como que sufriendo penosos silencios el comandante.
Arreboles de tarde a la mañana aire, dijo siempre.
Buena es la nieve que en su tiempo viene, sostenía. Hasta un sombrero le era política, que también.
Cielo aguado, hierba en prado, expresaba para vestir y creerse a tantos y tantos personajes.
Malos ojos son cariño, comentaba sobre el efecto deseado.
Guerra avisada no mata soldados, decía de normal, intentando no sobresalir mucho.
Llegó el día de jubilarse y tenía todo el tiempo como para seguir agarrándose a eso, a esa pequeña casita de su niñez, a su habitación de al lado, la del lujo silencioso. Solo su mujer y él lo entendían. Una mujer que se le adelantó, y mucho, pero aun así le esperaba con los brazos abiertos dándole su tiempo, adivinándole el parpadeo desde lo lejos, eso sí, que no marcando su retorno.
La conoció muy de niña y hasta que se le fue… siendo muy señora. Febril la mirada de cómo la buscaba y rondaba con el alma cerrada… tenía miedo del encuentro, pero se lo prometió, de día y de noche. No sería un viajero huyendo, cuidaría de esa esperanza humilde y como que volverían a ver el atardecer juntos con lo plateado del tiempo.
El hotel habría de buscarse otro conserje que supiera hacer de botones, y conocer perfectamente las rutas, los mismos giros, el mismo destino, que nada cambiase… y que cuando la puerta se abriese, que se abriese de veras.
Lo eligieron entre más de mil, y si lo buscasen igualito no lo encontrarían. Su banco, bajo la ventana, el de los días y los trabajos, se lo regalaron sus compañeros a modo de bálsamo en la despedida y que lo retirase un poco a esa casita y su arena, su retiro, su lugar… de él y de su querida esposa, juntos.
Le hizo entrega de este su nieta, nada más y nada menos que una réplica suya mejorada. Una pequeñaja a la que le enseñaba los animales mejor que nadie, para que conociera la vida y se fuera haciendo un sitio.
Cuando la cabra estornuda, el tiempo muda, abuelo. Cuídala como yo no pude hacerlo por amor. Si las orejas sacude el burro, agua segura.
A los milagros hay que llamarlos
Atrás quedaba la clamorosa ovación. Aplausos, felicitaciones, saludos, abrazos…
Sucumbió sintiendo llorar a ambos lados de su cama a dos pobres mujeres. A una le faltaba la cabeza y los brazos, la otra fue llevada al hospital.
De aquel incendio del palacio no se salvaría nada. Nada que no tuviera que salvarse. El oficial, fuera de sí, desesperado gritando como un energúmeno a sus brigadas, al que cogía le abofeteaba rabiosamente.
Su hijo tendría que contarle lo sucedido, el mismo que esperaba impaciente las noticias de la enfermera sobre el estado de su hermana pequeña. De la mayor y la madre que le informase el doctor, o el del seguro. ¡Tantas guardias y tan poca vida! ¿Acaso había algo valioso que se pudiera ya salvar?, pensaba el sargento… en el instante mismo en el que vislumbró a una auxiliar correr desolada, su prima, otra que estaba ardiendo por dentro.
No estrenó ropa hasta que se casó, siempre heredó de sus hermanos.
El parte oficial consignaba al día siguiente que a consecuencia del bombardeo aéreo habían muerto doscientas veintidós personas. Figuraban en el parte los nombres y apellidos de un centenar de víctimas y al final decía textualmente: “Los ciento veinticinco cadáveres restantes no han sido identificados”.
Las personas mediocres se desmoronarían. Su mujer no. Todos tenían verdades y mentiras. De alguna forma tuvo olfato, le ocurría con muchas cosas en la vida. Una mujer que tenía una habilidad especial, quizás por eso aquella mañana le hizo el amor.
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