Del volante también arrancaron, dejándole adherida la piel de las manos, una forma humana tumescente que aún daba señales de vida.
No mucho después y ya en el hospital, en la penumbra de un pasillo un hombre que estaba esperando se le acercó tímidamente. No a la primero, pero sí a la segunda, se le presentó sin tener que darle muchos detalles. El marido rápidamente cuadró el círculo.
Más lo que no supieron ambos hasta que el doctor salió a dar la noticia, era lo del tercero en discordia.
Nada de eso se lo contaría el padre a sus hijos. Ni por él, ni por ella.
Una sonrisilla delgada le exasperó cuando una enfermera le permitió pasar y ver el cuerpo, entregándole la alianza a solas, bajando el tono más si cabe.
Sobre aquella desolación no cupo más alma que aquel padre, quieto de pie en esa especie de promontorio, con el cadáver caliente de su mujer pensando cómo responder a su hija cuando la tuviera en brazos, ni siquiera alzando la cabeza para mirarla faltándole las palabras, vacilando lágrimas de rabia e impotencia, así como que sufriendo penosos silencios el comandante.

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