Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles.
Sufría como un condenado, de tal modo que hasta empezaba a creer en Dios. Unos días parecía haber recobrado la vivacidad; otros, volvía a estar decaída e insatisfecha.
Iba a casarse y a tener hijos. Ese pensamiento aguijoneaba su sensación de culpabilidad.
Que viera animales de abasto por medio de los andenes, las vías de tren; coches circulando en sentido contrario con relativa asiduidad; personas que cruzaban sin mirar, osadamente, lo podía sobrellevar, no obstante.
Lo peor es que seguía habiendo tan buenos criados, tan supuestamente leales, que por muy mal que olieran sus señores, no se daban por enterados. Y eso le reconcomía.
Mejor seguir atendiendo a niños amputados, de otros, que arriesgarse a parir y tener que mentir. Porque quien no mentía, ya sabía lo que le esperaba en ese mundo de locos.
Por suerte, a menudo era de noche en alguna parte y siempre había un sol que se alzaba en el horizonte; eso les hacía saber a los niños que cuidaba, protegiéndose de su cuarto matrimonio, madre de seis hijos.
…ahora ya sabía todas las respuestas.
Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y otro lado y una carretera en el centro. El complejo estaba lleno, con motivo de las vacaciones de Navidad. La dirección del hotel alquilaba los apartamentos por cuenta de los propietarios.
En cuanto subieron a su apartamento del segundo piso, salieron a la terraza, a ver el mar y la playa. De haber alargado la mano a tiempo, seguiría ocupándose de los periódicos y del tentempié.
Aparte de los niños, había poca gente en el agua. Cualquiera podría haber tomado a mal la cariñosa frase de su mujer.
La mirada inmisericorde de la morena le había hecho sentirse depravado; el niño sí que dejó de llorar, con cara seria e inquisitiva: una criatura frágil. Fue la gota que colmó el vaso.
Hubo un tiempo en el que la cubertería de plata era de oro. Se cuidaba juntos del valor de nuestro mundo. No había correos amenazantes, y la tristeza del rostro se podía paliar comiendo, estando, mientras se corría el peligro de convertirse en un buen hombre.
No hacían falta batines de terciopelo ni trajes de caza y postín. Por entonces también había esclavos de los que no soñaban con su libertad, sino con un esclavo propio. La política, siempre siguiendo al poder.
De gente que se había criado junta, y ese silencio tan convincente, verídico. Esa memoria, de la intimidad de las cosas, de las familias. Lo que se pierde si no se tiene conciencia del mundo y se conocen los sufrimientos.
Ahora ya muchos coches suenan distintos, pero siguen siendo coches. Y hay personas que no comen, que se alimentan. Solo que los muertos de antes y ahora valen lo mismo. Un dolor no es mejor ni mayor que otro. Cuando no se quiere escuchar, no se escucha, y cuando se quiere estar, se está. Falsedad y disimulo. Ya casi no hay hombres buenos ni malos, ni traidores por vocación, ni envenenadores por capricho: solo personas conformistas con lo que se les ofrece.
Antes y ahora todo estaba bien si parecía bien; no hay más muertos que los llevados por los vivos. Otra ley inexorable que se ha mantenido, tanto como que los coches son coches y las personas, eso.
Se había enamorado de quien no podía tener.
Corría el peligro de convertirse en una buena mujer. Una puta que no soñaba con dejar de serlo sino con un marido propio. No por caras de satisfacción, sí por llegar a casa y tener a alguien. Estaba dispuesta a dar su vida por el oficio, no la de su hija.
Él no sabía que estaba embarazada. No se lo pudo decir cuando le miró a los ojos con franqueza en ese hotel solo para adultos, de relajación y diversión en el extrarradio, entrando directamente desde el garaje a la habitación. La voz de las cosas le pudo.
A algunas les hacían efecto las pastillas, a otros los prospectos médicos. El pecado se parecía mucho a la libertad hasta que tenía la sonrisa de mujer e intentaba detenerse en su ambición.
Si bien, en esa área de descanso (por decirlo de algún modo) no había perdido ese aire juvenil. Pronto llegaría otro, y todo serían sonrisas y atenciones, aunque sabía para quien lo hacía. A veces le gustaba socializar, pero como a los gatos, mantenía las distancias.
Él era un caballero sumamente educado y un excelente conversador. Era amor y dos sexos, más la otra circunstancia. En el colegio no diría nada. Permanecería en silencio como si no le quedara más que decir. Pero ella no lo examinaría.
Tenía una herida muy grande. Más aún le faltaba tiempo para medir la vida por décadas que no por años. Cualquier sentimiento que tuviera algo que ver con la ternura le causaba un nudo en la garganta. La juventud de los muslos a su edad suscitó un temblor de otra época. Su imaginación estaba despierta de noche. La química sexual le era extremadamente excitante y peligrosa.
Recordaba bailar tan apretados que sentía circular su sangre por las venas y su resuello, vibraciones en las que encontraba un calor distinto, un gemido nuevo y hasta cómo los pezones se la abrían en flor sin tocarlos ni fuegos de artificio. Tan real, que se le quedaba en su boca su olor, más que a principios de cada nuevo año.
Exaltado por la ilusión de un diálogo decidió llamarla: aún no había borrado su número. Tuvo la suerte de un bobo, se lo cogió su hermana. ¿Cómo estás cuñado?, le preguntó. Y trató de apaciguarle: Tenemos que dejar de hacer esto. La piel se le había avellanado desde la primera vez, y afilado la voz, como a su hermana.
Aquella noche descubrió el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor.
Quienquiera que fuese, había exhalado el último suspiro a los veinticuatro años persiguiendo el sueño de continuar teniendo siempre veinticuatro años.
Pero lo cierto era que, en efecto, desde el punto en el que se encontraba, la implacable cárcel sin barrotes se prolongaba en un radio amplio en cualquier dirección que se eligiese.
No le quedaba más remedio que armarse de paciencia y darle la espalda, evitando de ese modo que lo asaltaran malos pensamientos. Ya ajustaría cuentas; para algunos seres humanos, la infancia duraba mucho más de once años.
Se necesitaba tenerle mucho apego a la vida para conseguir mantenerse tres largos días con sus correspondientes noches en inestable equilibrio sobre las frágiles promesas. Que lloviera a mares, que fueran familia (ese último lazo de unión con el que había sido su mundo), haber circunnavegado el globo, convertirse en el penúltimo ser humano del planeta, no aborrecería el simple hecho de buscar cuatro piedras y distinguirlas para luego echarlas a la hoguera y, al menos, esa noche, comer mejor que los escandalosos coyotes que se dedicaban a aullar durante horas, acechando hasta pensar encaminarse del todo.
El otro se volvía a mirarlo sonriente mientras asentía una y otra vez con la cabeza. Gilipollas.
Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.