Se encontró con ella en la estación, el Titanic de las Montañas, y después de no haberla visto en dos meses y medio, por referencias se animó al ver lo guapa que estaba, con un tono más oscuro por el veraniego sol y sus sobresaltos de aquel archipiélago que los presentó.
Ella y su vestido anaranjado, lo que añadía otra nota de color con una facilidad pasmosa; más el moño de bailarina era correcto, la velocidad no tanto.
La muchacha tenía espíritu, mujer más bien. Chica lista y orgullosa. Su hermanastro se lo iba a decir, ya no se lo podía callar, dispuesto a concederle el beneficio de la duda, aunque los análisis no dejarían duda. Si bien una curva puso fin a ese estilo tan frenético y a las preocupaciones.
La que sobreviviría fue la pequeña, sin duda un mañana más instructivo y satisfactorio, un porvenir de más tardes y posiblemente incluso noches. Los abuelos, siempre con dudas y aprensiones, nervios y más nervios, y de no haberlo sido, peor aún.
La belleza y la alegría se teñían de un profundo sentimiento de pérdida y desesperanza en un futuro lleno de incertidumbre. La nostalgia, ese hábito que le inculcaron desde niña, venía a serle su línea del horizonte. Le daban pena hasta las baldosas del suelo.
No obstante, ella hacía el tipo de cosas que cualquier otra mujer haría, dándose a la naturaleza secreta de las cosas como si nada, como si nadie, como si todo y, en días, se trasladaría a su nuevo puesto de trabajo, lejos de él. Al menos, era lo que solicitó tras años de perplejidad y amor exhausto, incapaz de cumplir las reglas que ella misma se autoimpuso, con una atención reducida y dispersa, impedidos por no saber darse amor.
Él, también tenía la impresión de que estaban en el Titanic.
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