Después de la fiesta de la anterior noche, empezó a contarle lo de su familia. Él no supo cómo reaccionar. Empezó a decirle que la quería. Fue sin más, algo instintivo, como cuando se retiraba la mano al notar que algo te quema. Ella lloró, se puso a llorar mucho.
No fue la primera vez que sintió el impulso de decirle que la quería. Todo, con diecinueve años menos y quince kilos de más.
A la mañana siguiente se despertaron con el ruido de las llaves de su mujer; debieron de quedarse dormidos sin querer. Su mujer entraba con dos bolsas de plástico del supermercado. Y la otra con el vestido de tirantes de la noche anterior colgado en el aseo de la abuela.
La tela no dejaba pasar su respiración, le picaba la piel, la cara, todo. Era como si su vida hubiese acabado. Todo sucedió rapidísimo. Y luego desapareció y un breve capítulo de su vida se cerró, y ella había sobrevivido; se acabó.
Seguía cabreado; si bien, lo más importante es que seguían estando juntos. Sin nada, solos; el puto fuego los dejó así, mirando fijamente a una lámpara de un techo prestado, y las piernas desnudas estiradas sobre la colcha, prolongando ese intenso silencio.
Eso era amor: recostarse sin decir nada, acariciarle el cabello, darle un beso, saber de su silencio, ser su refugio, abrazarlo después de hacerle el amor.
Él cerró con fuerza los párpados y se tocó la frente; después le colocó el mechón de pelo detrás de la oreja. Ella tragó saliva, rozando su piel con los labios.
Curiosas las decisiones que tomamos porque nos gusta alguien y que hacen que nuestra vida sea completamente distinta. Y que siempre se esté en esa edad rara en la que la vida puede cambiar muchísimo en función de pequeñas decisiones. O cuando el coche está demasiado silencioso y no se soporta la idea de poner la radio. Parecido a ir a la cómoda, coger ropa interior limpia y empezar a vestirse mientras la otra persona te mira.
Las personas pueden transformarse de verdad unas a otras, sí; ellos siguieron cogidos de la mano bajo la colcha, incluso después de haberse quedado dormidos.
Eso es el dinero, la sustancia que vuelve real al mundo.
Y hay algo tremendamente corrupto y excitante en ello.
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