Quienquiera que fuese, había exhalado el último suspiro a los veinticuatro años persiguiendo el sueño de continuar teniendo siempre veinticuatro años.
Pero lo cierto era que, en efecto, desde el punto en el que se encontraba, la implacable cárcel sin barrotes se prolongaba en un radio amplio en cualquier dirección que se eligiese.
No le quedaba más remedio que armarse de paciencia y darle la espalda, evitando de ese modo que lo asaltaran malos pensamientos. Ya ajustaría cuentas; para algunos seres humanos, la infancia duraba mucho más de once años.
Se necesitaba tenerle mucho apego a la vida para conseguir mantenerse tres largos días con sus correspondientes noches en inestable equilibrio sobre las frágiles promesas. Que lloviera a mares, que fueran familia (ese último lazo de unión con el que había sido su mundo), haber circunnavegado el globo, convertirse en el penúltimo ser humano del planeta, no aborrecería el simple hecho de buscar cuatro piedras y distinguirlas para luego echarlas a la hoguera y, al menos, esa noche, comer mejor que los escandalosos coyotes que se dedicaban a aullar durante horas, acechando hasta pensar encaminarse del todo.
El otro se volvía a mirarlo sonriente mientras asentía una y otra vez con la cabeza. Gilipollas.
Perdió la noción de los días, porque al fin y al cabo poco le importaba el tiempo, teniendo en cuenta que había entrado en el flujo de conciencia de ella, quien desde que despuntó el día se sumó al viento, la vida en tiempo real, gozando innegables desandando lo andado.
Sin duda alguna, el viento y ella habían acudido en su ayuda y la del agua, viento que aportaba ingentes cantidades de arcilla y arenisca que trazaban dibujos que parecían fruto de la imaginación de un pintor desquiciado.
La segunda imposición, al parecer ineludible, a la que le sometieron fue abandonar sus armas, pero antes de decidirse a hacerlo, visiblemente amoscado, terminó el encargo como señal inequívoca de que no iba a su aire.
El jefe, uno de esos tipos inquietos y mala bestia que se hizo pieza a pieza, ya con la edad de jubilarse, era capaz de la bestialidad más repugnante, cruel y salvaje que nadie podía imaginar, máxime siendo su hija.
Una semana más tarde, la manada emprendió el camino de regreso a un hogar que no sabían dónde estaba, ni cómo ni cuándo llegarían a él.
Cuanto les rodeaba era ciertamente hermoso y placentero, pero el simple hecho de tener que estar siempre atentos a la difícil tarea de sobrevivir permitía al líder y a los suyos que los recuerdos les llegaran en tropel. Ese era el momento en el que debía demostrar su auténtica valía al elegir la menos gratificante de las opciones.
La mayor de sus hijas abultaba casi el doble que aquella frágil trompetista que aspiraba a convertirse en la nueva esposa de un joven inexperto con la edad justa como para fijarse en una elefantita tan bonita, avispada y llena de vida. Quien insistía en cargar con ella, chasqueando la lengua y guiándole un ojo como si acabara de cogerle en un renuncio al insistir.
Si bien, a los ojos del padre, aún no era la elefanta a la que poder amar, acariciar, poseer y penetrar con la fuerza con que acostumbraban a hacerlo.
El golpear de sus propios corazones les impedía percibir con nitidez el golpear de los pies de otros, que avanzaban en silencio y ni tan siquiera jadear.
Únicamente sobrevivieron tres de ellos, que al llegar a viejos les contaron a sus nietos que había sido la tierra muerta y no las tribus, las personas, las que habían aniquilado a ese selecto grupo. Resultaba en verdad difícil entender cómo era posible que tan extensos territorios ricos en agua, carne y toda clase de posibilidades para implantar una floreciente agricultura se encontrasen, no obstante, tan escasamente poblados.
Para sorpresa, el resto de los animales ni se inmutaron siquiera, como si el hecho de que tres de sus compañeros estuvieran pataleando en el estertor de la agonía careciera de importancia.
Con el paso del tiempo, volverían las noches y volverían las lunas. De todo ello, la soledad era lo único a lo que les agradaba regresar a menudo. La razón es que pocas cosas activaban de una forma más rápida la memoria que un olor, y esa memoria tan solo les traía a la mente años de tristeza, penurias y angustiosa soledad.
Por suerte, fértiles y gigantescas praderas continuaban prácticamente deshabitadas.
PEBELTOR
Se encontró con ella en la estación, el Titanic de las Montañas, y después de no haberla visto en dos meses y medio, por referencias se animó al ver lo guapa que estaba, con un tono más oscuro por el veraniego sol y sus sobresaltos de aquel archipiélago que los presentó.
Ella y su vestido anaranjado, lo que añadía otra nota de color con una facilidad pasmosa; más el moño de bailarina era correcto, la velocidad no tanto.
La muchacha tenía espíritu, mujer más bien. Chica lista y orgullosa. Su hermanastro se lo iba a decir, ya no se lo podía callar, dispuesto a concederle el beneficio de la duda, aunque los análisis no dejarían duda. Si bien una curva puso fin a ese estilo tan frenético y a las preocupaciones.
La que sobreviviría fue la pequeña, sin duda un mañana más instructivo y satisfactorio, un porvenir de más tardes y posiblemente incluso noches. Los abuelos, siempre con dudas y aprensiones, nervios y más nervios, y de no haberlo sido, peor aún.
…aquel rostro sonreía o reflejaba una tristeza inmensa o una indiferencia total.
La historia interminable
Él seguía retumbando a través de la oscuridad. Pero también los edificios parecían absurdos, como si tuvieran las puertas en el tejado, escaleras a sitios adonde no se podía llegar y que acababan en el vacío. Hasta puentes cuyo arco se interrumpía de pronto.
Las mujeres no, solo que algunas sí que hacían tonterías, como lo de intentar pinchar guisantes con agujas de zurcir, sofocarse por nada o estar todo el tiempo con la carne de gallina por no abrigarse bien.
Y un hombre gordo intentando pegar sellos de correos en pompas de jabón, estallándole las mismas, claro.
De pararse a pensarlo, habría que admitir todas las historias y todas las vidas; difícil de comprender tantas contradicciones. Eso, o mudarse con frecuencia.
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