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20
Ago

Parecidos

Lo de ser una persona muy feliz, romántica y dulce no iba con ella. Si bien, la vida brindaba esos momentos de felicidad a pesar de todo.

Él la oyó respirar en mitad del silencio, y como si hubieran sido compañeros de instituto de una pequeña ciudad costera, pero ahí acababan sus parecidos.

Permitirse esa atracción hacia alguien que jamás encajaría en su mundo fue su error menos grave. Y lo de negar con la cabeza con gesto ambivalente sucedió demasiadas veces. Con el tiempo los dos se sintieron mal. Daba la impresión de que la gente hacía cosas sin sentido ante el dolor, o era solo porque la vida humana carecía de sentido, y esa era la verdad que revelaba el dolor.

Eso sí, ambos dejaban la puerta del dormitorio abierta, con la fuerza del deseo más extenuante contenido, y eso que les separaban dos mundos, dos países, dos culturas, dos familias. Atrapados entre dos lugares, donde tampoco terminaban de encajar, y así toda la vida desde que ella levantó la mirada y él la vio… hasta que supieron que ya no podían alargarlo más.

A sus familias les sonreían con aire distraído. Las cuales se hacían las tontas por no haber adivinado lo que les pasaba por la cabeza. De todos modos, quedaba poco para que se volvieran a reencontrar, y les encantaría que pudieran quedarse el uno con el otro. Ellos se dejaban hacer, como si les hubieran ganado la discusión. Ya nunca más tendrían que fingir, les gustase o no tanto a la gente, en términos de intereses y demás.

15
Ago

La oscuridad…

…también tenía su propia belleza: tal día hicieron dos veces el amor. 

Quería mirarle a los ojos cuando naciera su primer hijo. 

13
Ago

Agradable tristeza

A la mañana siguiente le dio un beso de despedida en la boca. Cambió las sábanas, puso la lavadora y no tuvo ninguna necesidad de contárselo a nadie. Ya ni se quedaba mirando cómo daba vueltas el tambor y la espuma. Dejaba que las cosas sucedieran sin más, como si nada tuviera importancia para ella.

Era una de tantas personas capaces de poner los ojos en blanco o de hacer un ruido como si se estuviese ahogando cuando le apretaban las caderas, entrecortándole la respiración, como si fuese lo más natural del mundo, húmeda y sonrosada, invadiéndole una agradable tristeza que le ponía al borde de las lágrimas sin preocuparle lo que la gente pensara.

Seguía volviendo a casa los fines de semana para ayudar a su padre con la gasolinera los sábados por la tarde y la mañana de los domingos, donde nadie dejaba toallas tiradas en el sofá ni nada de platos sucios en el fregadero. Su madre mascullando, encantada, aunque hubiera deseado otra vida para su hija, que ya rondaba los treinta y cinco. Solo de pensarlo se le marcaban más si cabe las ojeras y los labios pálidos y algo cortados, de la última vez que hablaron sin torcer la expresión, madre e hija.

La frágil moral

PEBELTOR

8
Ago

Puedes esperar ahí…

…hasta que te llame la psicóloga.

 La Galicia Mexicana

6
Ago

Después de la fiesta

Después de la fiesta de la anterior noche, empezó a contarle lo de su familia. Él no supo cómo reaccionar. Empezó a decirle que la quería. Fue sin más, algo instintivo, como cuando se retiraba la mano al notar que algo te quema. Ella lloró, se puso a llorar mucho.

No fue la primera vez que sintió el impulso de decirle que la quería. Todo, con diecinueve años menos y quince kilos de más.

A la mañana siguiente se despertaron con el ruido de las llaves de su mujer; debieron de quedarse dormidos sin querer. Su mujer entraba con dos bolsas de plástico del supermercado. Y la otra con el vestido de tirantes de la noche anterior colgado en el aseo de la abuela.

30
Jul

Y luego desapareció

La tela no dejaba pasar su respiración, le picaba la piel, la cara, todo. Era como si su vida hubiese acabado. Todo sucedió rapidísimo. Y luego desapareció y un breve capítulo de su vida se cerró, y ella había sobrevivido; se acabó. 

Seguía cabreado; si bien, lo más importante es que seguían estando juntos. Sin nada, solos; el puto fuego los dejó así, mirando fijamente a una lámpara de un techo prestado, y las piernas desnudas estiradas sobre la colcha, prolongando ese intenso silencio.

Eso era amor: recostarse sin decir nada, acariciarle el cabello, darle un beso, saber de su silencio, ser su refugio, abrazarlo después de hacerle el amor.

Lo tenía todo y no tenía nada

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