…ahora ya sabía todas las respuestas.
Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y otro lado y una carretera en el centro. El complejo estaba lleno, con motivo de las vacaciones de Navidad. La dirección del hotel alquilaba los apartamentos por cuenta de los propietarios.
En cuanto subieron a su apartamento del segundo piso, salieron a la terraza, a ver el mar y la playa. De haber alargado la mano a tiempo, seguiría ocupándose de los periódicos y del tentempié.
Aparte de los niños, había poca gente en el agua. Cualquiera podría haber tomado a mal la cariñosa frase de su mujer.
La mirada inmisericorde de la morena le había hecho sentirse depravado; el niño sí que dejó de llorar, con cara seria e inquisitiva: una criatura frágil. Fue la gota que colmó el vaso.
…que no pudo recordar luego cómo era, y la quería.
La quería querer, que se dejase.
Hubo un tiempo en el que la cubertería de plata era de oro. Se cuidaba juntos del valor de nuestro mundo. No había correos amenazantes, y la tristeza del rostro se podía paliar comiendo, estando, mientras se corría el peligro de convertirse en un buen hombre.
No hacían falta batines de terciopelo ni trajes de caza y postín. Por entonces también había esclavos de los que no soñaban con su libertad, sino con un esclavo propio. La política, siempre siguiendo al poder.
De gente que se había criado junta, y ese silencio tan convincente, verídico. Esa memoria, de la intimidad de las cosas, de las familias. Lo que se pierde si no se tiene conciencia del mundo y se conocen los sufrimientos.
Ahora ya muchos coches suenan distintos, pero siguen siendo coches. Y hay personas que no comen, que se alimentan. Solo que los muertos de antes y ahora valen lo mismo. Un dolor no es mejor ni mayor que otro. Cuando no se quiere escuchar, no se escucha, y cuando se quiere estar, se está. Falsedad y disimulo. Ya casi no hay hombres buenos ni malos, ni traidores por vocación, ni envenenadores por capricho: solo personas conformistas con lo que se les ofrece.
Antes y ahora todo estaba bien si parecía bien; no hay más muertos que los llevados por los vivos. Otra ley inexorable que se ha mantenido, tanto como que los coches son coches y las personas, eso.
Se había enamorado de quien no podía tener.
Corría el peligro de convertirse en una buena mujer. Una puta que no soñaba con dejar de serlo sino con un marido propio. No por caras de satisfacción, sí por llegar a casa y tener a alguien. Estaba dispuesta a dar su vida por el oficio, no la de su hija.
Él no sabía que estaba embarazada. No se lo pudo decir cuando le miró a los ojos con franqueza en ese hotel solo para adultos, de relajación y diversión en el extrarradio, entrando directamente desde el garaje a la habitación. La voz de las cosas le pudo.
A algunas les hacían efecto las pastillas, a otros los prospectos médicos. El pecado se parecía mucho a la libertad hasta que tenía la sonrisa de mujer e intentaba detenerse en su ambición.
Si bien, en esa área de descanso (por decirlo de algún modo) no había perdido ese aire juvenil. Pronto llegaría otro, y todo serían sonrisas y atenciones, aunque sabía para quien lo hacía. A veces le gustaba socializar, pero como a los gatos, mantenía las distancias.
Él era un caballero sumamente educado y un excelente conversador. Era amor y dos sexos, más la otra circunstancia. En el colegio no diría nada. Permanecería en silencio como si no le quedara más que decir. Pero ella no lo examinaría.
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