Hubo un tiempo en el que la cubertería de plata era de oro. Se cuidaba juntos del valor de nuestro mundo. No había correos amenazantes, y la tristeza del rostro se podía paliar comiendo, estando, mientras se corría el peligro de convertirse en un buen hombre.
No hacían falta batines de terciopelo ni trajes de caza y postín. Por entonces también había esclavos de los que no soñaban con su libertad, sino con un esclavo propio. La política, siempre siguiendo al poder.
De gente que se había criado junta, y ese silencio tan convincente, verídico. Esa memoria, de la intimidad de las cosas, de las familias. Lo que se pierde si no se tiene conciencia del mundo y se conocen los sufrimientos.
Ahora ya muchos coches suenan distintos, pero siguen siendo coches. Y hay personas que no comen, que se alimentan. Solo que los muertos de antes y ahora valen lo mismo. Un dolor no es mejor ni mayor que otro. Cuando no se quiere escuchar, no se escucha, y cuando se quiere estar, se está. Falsedad y disimulo. Ya casi no hay hombres buenos ni malos, ni traidores por vocación, ni envenenadores por capricho: solo personas conformistas con lo que se les ofrece.
Antes y ahora todo estaba bien si parecía bien; no hay más muertos que los llevados por los vivos. Otra ley inexorable que se ha mantenido, tanto como que los coches son coches y las personas, eso.
En la cama se congeniaba o no se congeniaba, más allá de la desafección por la política y las nuevas coordenadas de la ética. Y había siempre un deseo interminable, se quisiera o no. Todo ello formaba parte de las investigaciones del comportamiento humano.
Así como que la cama podía llegar a ser un auténtico tugurio. O bien que se tendiera a gimotear cuando se perdía el sentido. Un cisma, y la otra ventana del cuerpo, en definitiva.
De otro modo, estaba la cama para hacer negocios. O como mero mueble para leer, descansar, dormir. Y estaban los que observaban a los demás, gatos y demás felinos aparte. Era acojonante cómo se comportaba la gente en la misma cuando no era partícipe de lo que realmente hacía, sino que su ser se dejaba llevar y sobre ese lecho expresaba con su cuerpo diversas emociones, contenidas en su mayor parte de llegar a estar despierto o somnoliento.
Actitudes influidas por la biología y la cultura, que no dejaban de ser comportamientos exhibidos. Y emociones, valores, autoridad, persuasión, coerción. Desde la infancia muchos ya apuntaban. Otros había que guiarlos. A eso, y otras decisiones y cosas similares, se dedicaban en buena parte los del cielo o no habría un comportamiento sano y estable. Que también los había optimistas, pesimistas, envidiosos o confiados de más.
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