febrero 2026

26
Feb

Unos sirven, otros mandan

Conocido por su propensión a sacar los tanques a la calle, debía admitir que su hija era toda una artista, habiéndosele ocurrido usar a su propia hermana para firmar su última obra. Y la peque, encantada, solo que un buen militar no se rendía nunca.

Para el padre de esas dos niñas, mujercitas que siempre estaban en la edad de las primeras veces, nunca el silencio fue tan atronador ni tan emocionante… Cuando la vio metida en un cuadro, aquello provocó el nacimiento de un gesto póstumo, un gesto de hombre que sabía que iba a morir… o que ya estaba muerto.

Su esposa, con quien por la noche jugaba al dominó, solitos (experimentando el despertar de la incandescencia a eso de las luces led), de pie en otro cuadro que se encontraba en el salón-comedor, dejó de mirarle con expresión ausente y la gracia del vivir, sumida en un estado de cabreo mayor, a duras penas sosteniéndose del cáncamo.

Tan revolucionada que pensó en asesinarlo para cuando llegase la noche y se sentase a sus pies, del rapapolvo que le echó a la mayor, quien había sufrido lo suyo con el accidente y la ley suprema del destino, debiendo hacer de hija y madre, hasta de esposa y amiga en según qué momentos.

 

19
Feb

Al día siguiente

Al día siguiente les anunció que su tía los acompañaría a recorrer la ciudad. Del mal tiempo solo quedaba el frío; el sol aventuraba con regalarles algunos rayos que se filtrarían entre las nubes, reflejándose en las copas de los árboles. Entretanto, la noche y su espíritu aguardaban con todo lo necesario en el carnaval de los días y los trabajos.

Aquel era uno de los momentos más expuestos del plan. Lo de usar a su propia familia no tenía ni nombre. Peor que el ruido de los disparos alzados sobre el traqueteo del tren de cuando, siendo joven, huyeron, no pudiendo permitirse sus padres que ni una sola gota de sangre los delatara, sumidos en la incertidumbre y acaso en la tristeza.

Unos golpes en la puerta les hicieron guardar silencio. Golpes dados con frialdad, la misma que tanto le irritaba. El piso era pequeño, pero suficiente para no sentirse agobiados. Debía conformarse con seguir siendo una perdedora o dar la cara (pero en el fondo de su alma sabía que a su marido le habían matado).

12
Feb

Los años pasaban, la vida no

Los años pasaban, la vida no. Sus vidas se pararon. La ausencia, al principio les resultó insoportable. Pero no se lo confesaron la una a la otra: madre e hija. Habían aprendido a no quejarse, a encajar lo que los días les iban deparando. Ninguna madre dejaba de llorar al hijo que perdía.

Grecas y Lunares

Disponible

7
Feb

El eco de un grito…

…infantil le sacó de dudas. 

 

5
Feb

…llover agua sucia

Llevaba días como que sentada en un banco, en la nada, mirando el color anaranjado del celeste cielo y lo púrpura, más bien, del suelo y la línea de tierra, sin que sus labios se encresparan para beso alguno de más ni de menos.

No quería ruidos ni caer en el victimismo, tampoco creyó jamás en el oportunismo rentable del vender o decir algo que no tuviera el suficiente valor.

Encima, el aviso le había pillado justo con varios trabajos y relaciones a medias. Imposible desconectar del todo y seguir como si todo, como si nada, como si nadie. Y eso que ya tenía una edad y sabía cómo sobrevivir a una boda o a un funeral, también lo que debía y no debía decir en momentos incómodos, hasta fingir una llamada urgente cuando la conversación no tenía fin. Por tener, hasta tenía un kit de supervivencia a falta de una renovada cita de amor.

Cierto es que se le había relajado la postura, y no solo al caminar. Que tenía la mirada perdida, y que aquel don de la sonrisa genuina se le estaba escapando. Dominaba, eso sí, los códigos de vestimenta de una forma acertadamente silenciosa. Y se mantenía conectada, pero no dependiendo de la tecnología en exceso, muy lejos de ser una de tantos, de esos del nacer un día en el que Dios estuvo enfermo.

Eso sí que le era extraño, ambiguo. Ni hierbas para que se tranquilizase, ni medicinas, ni esconder discretamente un cuchillo de cocina bajo la almohada del dormitorio. Sin creer, creía en algo: Dios o lo que fuera. Ese y otros muchos. Su madre no sufría milagrosamente, su padre tampoco y eso que pereció enfermo, y el marido menos aún y eso que las estaba pasando canutas en el hospital.

Así pasara la vida, como raro espejismo, y que volviera a llover agua sucia… que creía en algo. Ese algo que hacía que las enfermeras fueran eso, que los médicos ejercieran debidamente, que la logística funcionase, que la familia acompañase, que las amistades ayudasen, y que desde el trabajo los compañeros no molestasen cuando había momentos en la vida que no tenían ocasión mayor que atender al paciente pues ya volvería la vida a ser eso y más antes o después.   

PEBELTOR 

 

Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.

Cerrar