Al día siguiente les anunció que su tía los acompañaría a recorrer la ciudad. Del mal tiempo solo quedaba el frío; el sol aventuraba con regalarles algunos rayos que se filtrarían entre las nubes, reflejándose en las copas de los árboles. Entretanto, la noche y su espíritu aguardaban con todo lo necesario en el carnaval de los días y los trabajos.
Aquel era uno de los momentos más expuestos del plan. Lo de usar a su propia familia no tenía ni nombre. Peor que el ruido de los disparos alzados sobre el traqueteo del tren de cuando, siendo joven, huyeron, no pudiendo permitirse sus padres que ni una sola gota de sangre los delatara, sumidos en la incertidumbre y acaso en la tristeza.
Unos golpes en la puerta les hicieron guardar silencio. Golpes dados con frialdad, la misma que tanto le irritaba. El piso era pequeño, pero suficiente para no sentirse agobiados. Debía conformarse con seguir siendo una perdedora o dar la cara (pero en el fondo de su alma sabía que a su marido le habían matado).

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