mayo 2025

29
May

Donde las horas perdieron su reloj

Contaban los más ancianos que fue de un día para otro, si bien, todo tenía su escala en el tiempo. Aunque no les faltaba razón.

Primero, que si la tecnología; luego, que si los políticos; tercero, que si los jóvenes habían perdido el interés y así una tras otra… hasta llegar a perderlo prácticamente todo. Ni la mismísima Administración Pública fue capaz de mantener el tipo. Y para colmo los animalistas.

Todo, absolutamente todo, se quedó detenido en ese lugar. Las estaciones, las hojas, el crecer de los árboles, los coches, la electricidad. Todo, menos Carol. La simplona y cruel Carol, más el eco de sus palabras resonando (mamá, mamá), quien prefirió seguir mirando al cielo que acabar allí, a quien únicamente las lágrimas de auténticos sentimientos la liberarían de su propia armadura.     

22
May

Podcast-Libroteca

Escucha la entrevista en Litterae 2025 

Un diván con vistas,

PEBELTOR

22
May

Al cuarto día visitó la tumba, ¡qué hijo puta!

Se podía ver de todo. Desde una señora sentada a los pies de una mesa con las gafas de sol puestas, como el fieltro de una antigua mesa de billar salpicado de quemaduras de cigarrillo, o el desangelado mar por el aire viciado, apestoso, pleno de cerveza y algo más que sudor corporal. Perfumes de equivalencia, que también

No se atrevió a acercársele. Ya bastante vivieron juntos. Se ubicó en un pequeño espacio despejado que había junto a la barra, teniendo justo delante a una que se mecía suavemente adelante y atrás, cuando por el fondo otras tantas se sacudían la cabeza tras haberse quedado con la boca abierta.

Ella no. Siempre lo conoció muy bien, demasiado bien. Peor de lo que se esperaba.

Nunca se llega a conocer de verdad a las personas -le espetó otra, afectada, evitando mirarla a los ojos.

Ni remotamente sospechosa, pero como todas, le asintió con la cabeza teniendo una porción de pastel en la lengua.

Y todas permanecieron juntas en tal lecho, más de una con las mejillas encendidas. Que había quienes portaban a niños pequeños en brazos.

18
May

Ser escritor habiendo gente en el cielo

Es casi un dios quien teniendo razón sabe callarse, si bien, ¿cómo vivir en un mundo regulado, una cárcel de tinieblas?

Habría que rodearse de ganadores para que las victorias no sonasen como que se estaba presumiendo, y eso hizo el escritor, en la tierra y en el cielo.

La Francotiradora de su Tía no es un título porque sí. La narrativa ilustrada siempre llamó la atención. Sus textos dicen lo que dicen: hablan de los días y los trabajos. De las verdades, de las falsedades. De lo que se tiene, de lo que nos falta.  

Un libro que no es un libro, sino una joya. Algo exclusivo, atemporal. Limitado.

Tal proyecto no deja de ser un relato social didáctico, completamente ilustrado (como podrán comprobar). Y, de esas cosas que las veces suceden, se encandila con envidia subliminada, sirviéndonos para comprender el mundo complejo en el que vivimos en un constante aprendizaje. 

Como bien es sabido, a buen juez, mejor testigo. Las psicologías de los colores que se muestran son latentes, porque regenerar el destino es otro placer añadido en tal arte, combinando bellezas y fulgores, esperanzas y sólidas evidencias de riquezas, que todo se precisa. Sin extremismos y sin demagogias. 

Es un libro ideal para tener, para regalar, casi mejor que un puñado de caramelos, que los sonidos de ausencias o los castigos sin venganzas que no premian nada. Se ideó para esas fechas navideñas de fin de año, por ejemplo, como detalle o gesto de empresa o familiar, y, por cuando hay que saber distinguirse, personal y empresarialmente

El libro como tal está concebido con papel de calidad y excepcional color y tapas duras al objeto de mostrar la clarividencia de la obra explorando los sentimientos lúcidos ilustrados en un viaje al destino compartido

Toda una declaración de principios en formato bolsillo, abierto a todos los públicos, pues su tiempo es el de todos. De esas inversiones que mejoran la cuenta de resultados, presentes y futuros. De esas cosas que siempre quedan bien. Que no estorban, que suman. Que crean y rehacen momentos, vidas.

El propio autor ha hecho la edición, limitada y exclusiva, por responsabilidad social corporativa. Un sencillo libro, cual experiencia vital, también tiene el poder de cambiar las vidas, estableciendo sinergias con muchos colectivos, en un mapa colaborativo por la igualdad referenciando de mejor modo las singularidades y toda esa pluralidad social, en absoluto demonizándolas. 

El mejor recuerdo, regalo, para los que están, y para los que se nos fueron. Tesoros, alhajas, perlas, maravillas. Propio y representativo. Único. Hechos y sentimientos que no se mercadean.  

16
May

La Francotiradora de su Tía, alguien con quien envejecer

Cuando el teléfono estaba atado a un cable los humanos eran libres. Por entonces, los perros también simplificaban mucho los comportamientos. De eso trata La Francotiradora de su Tía.

De los juzgados de lo social. De la moneda de cambio de los días y los trabajos. De que cuando uno pide que llueva debe de aguantarse con el barro. Y de que hay mentiras que salvan a todas las partes.

El autor necesitaba esa clarividencia, pues a veces uno no sabe cómo está hasta que no toma un poco de distancia. Y eso hizo, un libro tal que alguien con quien envejecer.

La obra estuvo durante varios años en el dique seco, no obstante, habiendo gente en el cielo a la que poner orgullosa decidió editarla en solitario. Probar toda esa pena alegre. Y así fue, porque las mujeres todas las guerras las perdían dos veces, si bien, quedó satisfecho. La Francotiradora de su Tía le gustaba para hacerle poemas, café y el amor, tanto como para tener un detalle precioso con alguien sin necesidad de enfrentarlo a su propia brújula moral.

Juegos de la edad tardía, eso de ponerle colores y formas a las letras. Sí, otra forma de llorar de noche.

Pedidos

15
May

Leche con galletas

Entró en el ascensor y pulsó el botón de su piso. Después, dos más. Las puertas se cerraron y, despacio, casi que como en un sueño, adormilados, empezó a moverse lentamente.

Ella lo miró sin comprender, y entonces se dio cuenta de que tenía el auricular pegado en la oreja. Cumplía estrictas órdenes, o se las estaba saltando.

Jamás volvieron a ver a su hijo. Y la niña se crio pensando que era hija única.

Tiempo después, ya en la senectud de sus padres, hiló todo y le pareció maravilloso y valiente como su madre deshojó la margarita día tras día. La señora March, siempre llorando en silencio. De su padre tampoco recordaba nada, ni que algún día hubiese ido a recogerla al parvulario.

El único problema es que necesitaba más mentiras. Saber que fue su tía no era como para volver a quedar y tomarse una limonada o leche con galletas como si todo, como si nada, como si nadie.

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