A la mañana siguiente le dio un beso de despedida en la boca. Cambió las sábanas, puso la lavadora y no tuvo ninguna necesidad de contárselo a nadie. Ya ni se quedaba mirando cómo daba vueltas el tambor y la espuma. Dejaba que las cosas sucedieran sin más, como si nada tuviera importancia para ella.
Era una de tantas personas capaces de poner los ojos en blanco o de hacer un ruido como si se estuviese ahogando cuando le apretaban las caderas, entrecortándole la respiración, como si fuese lo más natural del mundo, húmeda y sonrosada, invadiéndole una agradable tristeza que le ponía al borde de las lágrimas sin preocuparle lo que la gente pensara.
Seguía volviendo a casa los fines de semana para ayudar a su padre con la gasolinera los sábados por la tarde y la mañana de los domingos, donde nadie dejaba toallas tiradas en el sofá ni nada de platos sucios en el fregadero. Su madre mascullando, encantada, aunque hubiera deseado otra vida para su hija, que ya rondaba los treinta y cinco. Solo de pensarlo se le marcaban más si cabe las ojeras y los labios pálidos y algo cortados, de la última vez que hablaron sin torcer la expresión, madre e hija.
PEBELTOR
Contaban los más ancianos que fue de un día para otro, si bien, todo tenía su escala en el tiempo. Aunque no les faltaba razón.
Primero, que si la tecnología; luego, que si los políticos; tercero, que si los jóvenes habían perdido el interés y así una tras otra… hasta llegar a perderlo prácticamente todo. Ni la mismísima Administración Pública fue capaz de mantener el tipo. Y para colmo los animalistas.
Todo, absolutamente todo, se quedó detenido en ese lugar. Las estaciones, las hojas, el crecer de los árboles, los coches, la electricidad. Todo, menos Carol. La simplona y cruel Carol, más el eco de sus palabras resonando (mamá, mamá), quien prefirió seguir mirando al cielo que acabar allí, a quien únicamente las lágrimas de auténticos sentimientos la liberarían de su propia armadura.
Era capaz de volver a sentir cómo el agua fluía sobre los dedos de los pies, o recordar cómo reían sus ojos.
No era un mal actor, cansado con su mirada de tormenta silenciosa. Estaba aturdido contra el sí del desquite. Recordarla era el otro vino de la sociedad, lágrimas.
Y cuando escribía en sus lentes anhelaba encontrar su mirada. Si estuviera, su amor sería su mayor consuelo.
Volvería a meter los detalles en la escopeta.
Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.