A la mañana siguiente le dio un beso de despedida en la boca. Cambió las sábanas, puso la lavadora y no tuvo ninguna necesidad de contárselo a nadie. Ya ni se quedaba mirando cómo daba vueltas el tambor y la espuma. Dejaba que las cosas sucedieran sin más, como si nada tuviera importancia para ella.
Era una de tantas personas capaces de poner los ojos en blanco o de hacer un ruido como si se estuviese ahogando cuando le apretaban las caderas, entrecortándole la respiración, como si fuese lo más natural del mundo, húmeda y sonrosada, invadiéndole una agradable tristeza que le ponía al borde de las lágrimas sin preocuparle lo que la gente pensara.
Seguía volviendo a casa los fines de semana para ayudar a su padre con la gasolinera los sábados por la tarde y la mañana de los domingos, donde nadie dejaba toallas tiradas en el sofá ni nada de platos sucios en el fregadero. Su madre mascullando, encantada, aunque hubiera deseado otra vida para su hija, que ya rondaba los treinta y cinco. Solo de pensarlo se le marcaban más si cabe las ojeras y los labios pálidos y algo cortados, de la última vez que hablaron sin torcer la expresión, madre e hija.
PEBELTOR
Los años pasaban, la vida no. Sus vidas se pararon. La ausencia, al principio les resultó insoportable. Pero no se lo confesaron la una a la otra: madre e hija. Habían aprendido a no quejarse, a encajar lo que los días les iban deparando. Ninguna madre dejaba de llorar al hijo que perdía.
Las balas fustigaron el aire y la tierra en torno suyo, pero el hombre no se movió. El dolor le había hecho invulnerable e invencible. Casi como la luz sin gravedad, como cuando uno se muere.
En casa, días después, sintió llorar a ambos lados de su cama a dos pobres mujeres: madre e hija. Para quienes la guerra seguía. No en vano, seguía siendo un soldado… y le volverían a llamar a filas.
Y aún tuvo alma para levantar la cabeza y seguir adelante.
A quienes tienen el horizonte,
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