Los años pasaban, la vida no. Sus vidas se pararon. La ausencia, al principio les resultó insoportable. Pero no se lo confesaron la una a la otra: madre e hija. Habían aprendido a no quejarse, a encajar lo que los días les iban deparando. Ninguna madre dejaba de llorar al hijo que perdía.
Con calma aparente, ese padre intentaba congeniar con su hija, pero se le revolvía la jovencita:
-Sí papá, como dice mamá ´nunca discutas con una mujer, ellas son capaces de recodar cosas que aún no han pasado´.
-Oye, ¡por favor! No me seas ni hagas caricatura de nadie… ¿Vale?- la regañó.
Se quedó Giacinta como la novia de un espantapájaros, pero él hizo que volviera a ser su dama blanca…
Extracto del libro Grecas y Lunares. Disponible en Amazon.
Para los niños, pequeños y mayores.
La noche afuera continúa para todos,
que no ese lugar donde cerrar los ojos,
las ventanas y las palabras.
Guerras y más guerras.
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