Libros -entrada autor-

3
Jul

A los milagros hay que llamarlos

La gente se moría, pero eso era vivir. De ahí que A los milagros hay que llamarlos.

Quise escribir de eso, de esa prisa y bullicio, de esa profesión de profesiones, con sus miradas, olores, susurros y esperas. De los taxistas y sus mujeres enfrentados a su propia brújula moral por cuando no había mucho más; y quise hacerlos héroes y villanos, sobre todo héroes como si tuvieran miedos más grandes.

Los hice perderse en ese bosque de la capital de Madrid, capital de capitales, añadiéndole el mar, cuales lugares soleados para gente sombría a esos personajes con toda la vida por delante.

El tapiz resultó ser grotesco, épico, bello. Costumbrista. Al tiempo que el mundo iba despacio, en sus trece, ellas parecían perras, afanándose a su salvación en un mundo frío, estridente. Ellos, dominándolas. Descubrí cosas que nunca hubiera creído. Ni de buenos ni de malos. Cánones ocultos y hechos vitales, no habiendo nada más asombroso que el hombre y su tiempo, máxime sin familia y queriéndola, necesitándola.

Esos y no otros eran los secretos de ese bien tan escaso: la esperanza pese a todo. Sobrevivir, tener y tenerse. Mitos de la inmigración aparte, así como los juegos de la edad tardía. Habiendo un punto en el que la seguridad en uno mismo se convertía en locura.

Un libro sin campesinos ni señores. Sin aviones de papel. Apenas sin ironías. Estaban las madres, los mestizos y la propia vida. Hubiera preferido no matar a nadie, ahora bien, formaba parte de la misericordia de los días y los trabajos. No en vano esos taxistas forman parte de la vida real, tan propios de sus orígenes como que el resto les tiene odio. Porque saben de los rostros del mañana y de los corazones helados, saben de la felicidad de las mujeres, del amor y de hacerle surcos al azar. Les gusta la gente que come, que habla de comer, y que se reúne para comer y hablar.

Junto a ellos se aprende de las anatomías de todos esos instantes, suyos y de sus clientes, de los celos y de los mapas de soledades, que las hay, y muchas. En Madrid, la ciudad de la libertad total, esa que ya existió. Del lugar perfecto donde cometer un crimen en la frontera más corta del planeta, ciudad cosmopolita por antonomasia. Que, como los soldados, lloraba de noche.

Como moralina, decir que la sociedad tiene que mejorar mucho, el sistema, las personas; y son los niños quienes podrían cambiar las cosas. Los taxistas lo saben. Esos que cuando van al mar siempre lo ven por primera vez, como que pidiéndole perdón a todas las mujeres que aman.

16
May

La Francotiradora de su Tía, alguien con quien envejecer

Cuando el teléfono estaba atado a un cable los humanos eran libres. Por entonces, los perros también simplificaban mucho los comportamientos. De eso trata La Francotiradora de su Tía.

De los juzgados de lo social. De la moneda de cambio de los días y los trabajos. De que cuando uno pide que llueva debe de aguantarse con el barro. Y de que hay mentiras que salvan a todas las partes.

El autor necesitaba esa clarividencia, pues a veces uno no sabe cómo está hasta que no toma un poco de distancia. Y eso hizo, un libro tal que alguien con quien envejecer.

La obra estuvo durante varios años en el dique seco, no obstante, habiendo gente en el cielo a la que poner orgullosa decidió editarla en solitario. Probar toda esa pena alegre. Y así fue, porque las mujeres todas las guerras las perdían dos veces, si bien, quedó satisfecho. La Francotiradora de su Tía le gustaba para hacerle poemas, café y el amor, tanto como para tener un detalle precioso con alguien sin necesidad de enfrentarlo a su propia brújula moral.

Juegos de la edad tardía, eso de ponerle colores y formas a las letras. Sí, otra forma de llorar de noche.

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20
Feb

¿Por qué las rosas ya no huelen…

No hay una pena de muerte para hombres distinguidos y otra pena de muerte para hombres vulgares. Hubo disparos, varios. Unos dicen que dos, tres, o incluso más. A bocajarro, o a ocho y diez metros. El caso es que murió.

El hondureño, que no rumano, murió en el acto. Sufriendo y retorciéndose seguramente. El anciano que disparó estuvo preso, luego, tras el juicio, ya no se sabe. Juntos, posiblemente lo tenían todo y no tenían nada.  Apartados de la sociedad o apartándose de la sociedad motu propio.

Muy lejos de la luz del mar, en el interior de la Península Ibérica, donde esa España que se puso a prueba. Porque hubo un juicio previo, muy concurrido. Los partidos políticos apostaron fuerte por ello, unos más que otros. Quizás, expresar públicamente su ideario fue mucho más honesto y sincero que los que callaron en su trastienda y manejaron el Poder Judicial, que la justicia siempre entendió de esos menesteres.

El caso es que sucedió y tras ello se borró como casi todo, casi nada, casi nadie. Probablemente tanta fiesta, fotos, votos y dimes y diretes lo condujo a ello, a ese escenario preparado para poner a prueba a la sociedad y que la misma cogiese miedo y distancia, no fuera a ser que les tocase a otros ser Jurado Popular y decidir sobre la vida de alguien, como vecinos, amigos, compañeros de trabajo o lo que se fuera.  

¿Por qué las rosas ya no huelen como antes? Muy sencillo, porque tontos, ya no quedan. Y si no que se lo digan a quienes ejercieron como jurados, a sus familiares y al estamento policial y judicial. O a los bares del entorno, donde se apostó sobre eso y mucho más: el paisaje, la luz, el color, las emociones, lo versátil, el fútbol, las mujeres. Hasta vendieron los lienzos, que uno de los jurados estuvo pintando las viñetas de cada día de convivencias obligada, recluidos todos, y de cada declaración o pulla. Su mundo, sus lienzos, para beneficio de otros tantos… que muertes hubo más de una, así como corrientes de deseos, mujeres de gracia y fotografías negras. Personas usadas, personas vendidas, personas compradas.

15
Nov

Castigo de Dios y de los hombres en la tierra

Por muy diferentes o parecidas que sean, y cosas hirientes que se digan, las religiones unen a las personas. No obstante, ¿es eso suficiente para poder permanecer juntos? A fin de cuentas, el destino lo crean las personas, con sus orgullos y cabezonerías e idiosincrasias. Tal vez, con que se pudiera llegar a perdonarse el daño y reducir el dolor a cenizas, habría más posibilidades.

A través de mi ventana, como autor, Castigo de Dios y de los hombres en la tierra es una obra de acción, amor e historia. Las personas parecen ser marionetas del clero y los poderes en los que se sustenta, todo en un futuro donde se vuelve a tiempos pasados, con la opresión del no poder leer, escribir, del dictamen del hombre blanco, de los ideales del dinero… y lo de siempre: amor, sexo, relaciones paternofiliales, amistad, deseos y necesidades varias.

Todos los protagonistas bajo la misma estrella, en una ciudad llamada Villaciruela, con su propia réplica de la que fue La Estatua de la Libertad, incluso más monumental. Una ratonera, y la sopa de esos países que iban quedando, ya fuera en Europa o por otros lares, porque las crisis medioambientales habían hecho de las suyas, así como los días y los trabajos.

Para mejorar la convivencia y, aparte de sentirse mejor, en tal ciudad había un proyecto mayor. El cual lo dirigía en primer término un obispo, el cual lactaba de su inmigrante desde hacía años, y eso que estaba bien crecido el párroco. Tenía las penas del joven y las ideas del adulto. Si bien, todo cuanto sucedía en Villaciruela venía a ser el diario de un campo de barro, amén del poder de las decisiones y de las defensas, porque las gentes habían de vivir, sin redención posible para algunas personas.

Los curas, tan pronto eran adolescentes como que estaban en la edad de la ira, no parando de confesar obligadamente a unos y a otros. Sacerdotes que se daban a bodas de sangre, con inmigrantes u otras, y que también escribían sus diarios íntimos, jugaban al póker, y que podían ser tan reales y transparentes como las demás personas, hasta ateos, mostrándose como tal en según qué ocasiones. Lo de que fueran feministas ya era otra cosa. Tal vez esa brusquedad hacía que les faltasen palabras; santos inocentes como agua para chocolate.

PEBELTOR

 

21
May

Suellacabras: La luz del mundo donde la vida se doblegaba

El libro venía a ser un diálogo entre pueblos y culturas que no solían verse ni tratarse, para responder a la realidad de un mundo global desde una perspectiva que les permitiera mantener la singularidad y la independencia.

¿A quiénes? A Suellacabras y esos pueblos de extraordinarias y penosas vidas, donde apenas ya se podían comprar ultramarinos, revistas, caramelos, chicles y disfraces de indios y vaqueros.

Era mezclar la paja, el grano, el agua, su falta y el dinero y los momentos de tentación. El trabajo, los problemas de pareja, los guardiaciviles, las estaciones de autobuses y de tren, las experiencias y un pintor en algo americano. Pasar de beber cerveza a apurar el whisky con hielos a base de piedras de lujo teniendo de vecino al mismísimo diablo.  

No se podía hacer chocolate con mierda, ni en esas Tierras Altas ni en otras. Lugares donde la vida tenía esos días, en donde los recuerdos les invadían.

La discreción era prácticamente la única norma que tenían. Pocas cosas eran tan humanas como ellos. El silencio les habitaba, estando en el lenguaje callándose. El lugar también era un espejo deformador de los propios vicios de la sociedad.

Con seres que formaban parte del imaginario colectivo, y de épocas no tan pasadas, como Eliseo, el preso y cabrero. Una voz cosmopolita que pertenecía a la familia humana, y se deleitaba al cruzar las necesarias fronteras; lo mismito que su hermano, con sentido de pertenencia y añoranza. Llenos de hondura y de conciencia, con una mirada más allá de su pueblo, defendiendo todo aquello en lo que creían: ni más ni menos que lo que eran. Y lo que era más difícil e infrecuente, saber vivir con la iglesia sin que las edades lo deformasen todo.

El humo de incendios lejanos y muertes dejaban un vacío insustituible. Para otros era el cielo, o lo que no tenía nombre. Un mundo lleno de violencia, desigualdades y decepciones. Macabros crímenes, exacerbadas pasiones, sombríos misterios. Imágenes situacionales donde confluían lo viejo y lo nuevo, lo alto y lo bajo, lo normal y lo anormal. Donde ver águilas, donde cultivar el amor, y donde la enfermedad les arrebataba los sueños.

Gentes resistentes de lo imposible y soñadoras de lo ingenuo, como tener otro frontón, habiendo uno y no usándolo nadie. Otro anillo de silencio más, como la pista de pádel y demás servicios municipales donde nadie había. Personas que medían las palabras y tendían la mano, cual barca que esperaba en la costa la subida de la marea un día tras otro, sin nadie.

Clarividentes infancias, y melancolías donde el ser no era una fábula, y nadie podría decir que no existían los de ese pueblo de mierda. Hombres constantes, fieles a sí mismos; y la luz del mundo donde la vida se doblegaba. Pues el ruido se hacía cada vez más intenso a las órdenes del viento.

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Para otros era el cielo,

o lo que no tenía nombre.

4
Ene

Hombres que no sabían querer (extracto)

El obispo de Villaciruela no se desplazó a Roma ni se conectó por videoconferencia ni mierdas de esas. Se quedó en el apartamentito de Sorroche, la compradora de arte compulsiva por antonomasia, que le guisaba estupendamente y además le dejaba tomarse su leche materna.

Un hábito que les hacía pasar tiempo juntos, y que beneficiaba a la salud de ambos. Y eso que la lactancia materna, con guerras propias o sin ellas, todavía era un tema peliagudo, habiendo paredes físicas y paredes mentales, victimización, abuso y de todo un poco. Lo mismito que con lo bélico o confesional.

Además, cada vez que políticos o personas anónimas opinaban, solía levantarse un huracán de opiniones a favor y en contra. No obstante, la mujer, de treinta años, amamantaba al clérigo que le doblaba la edad desde hacía unos años. Lo que les unía como pareja, y les beneficiaba la salud.

Sobre si Dios consideraba tal cosa como un quebranto, nada se sabía. En tiempos, algunos vecinos infringieron al párroco piropos muy deshonestos, y hasta escupieron en el cepillo de recoger las limosnas en las eucaristías. Gentes que no estuvieron al quite cuando la mujer comenzó a sobre lactar en los embarazos, produciendo más leche de lo normal. Tampoco sabrían mucho de lo incómodo del extractor de leche, que le congestionaba de más los senos, hinchándole los pechos y sobre todo ocasionándole un arduo dolor hasta casi la extenuación.

Él, que fue practicante de joven, como hombre la ayudó; y como sanitario siempre tuvo mucho miedo de que la misma contrajera una infección, aliviándola. El obispo llevaba dos años sin resfriarse, y con la piel más tersa sin necesidad de gastarse un puto duro en cremas.

Lo de que fuera un tema tabú se la soplaba, al igual que Roma. A Sorroche le encantaba amamantarlo, o ya no podía evitarlo, elevando la mirada en señal de orgullo por España, habiendo vendido a su hijo.

 

Extracto del libro en curso,

próximamente: 

PEBELTOR

 

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