Denunciar por dos veces no está bien, se podría convertir todo ese daño en un bombardeo de inutilidades; casi que mejor reiniciarse, para que nadie construya muros. En eso se convierte esa guerra titulada El chándal de la jubilación, en todas las mentiras que a uno le hacen grande, y en la acción más necia.
Sentir una soledad rara, es casi peor que no tener un plan de escape o pervivir en una noche sin girasoles. El donnadie menos ambicioso estaría menos desorientado, pero siempre hay un código de evacuación, y cada tiene el suyo. ¿Les gustaría vivir amnésicos, sin saber nada de todo lo anterior? Cada uno puede cambiar las reglas de su propio juego, ¿o no?
Lejos del mundanal ruido también estorba lo que se oye cuando no se quiere. Es más, diría que todo lo bonito deja de serlo. Y no es por un amor prisionero, sino porque para atrapar a un lobo, a veces hay que atarse como cebo a un árbol, y eso te deja a merced de todo. En la obra Viento sobre el mar, uno deja de balbucear, sin llegar a saber del todo quién está verdaderamente detrás, y quién está un pasito más adelante, acrecentando las desigualdades, y obteniendo de cualquier mirada atenta un sol naciente como presencia de algo hermoso.
Es todo ese perdón que se le vuelve en contra a uno, lo que más me desconcierta y me desprotege. ¿Acaso de niños deberían adiestrarnos para el contraespionaje? He querido recuperar lo que me pertenece, y ni he conseguido ser un buen ladrón de sueños en este libro, me faltaban hasta los artificios., porque esta maldita economía de mercado, soterrada y silenciosa, esclava de lo ignorante, estigmatizada, no deja de ser la teoría de la opinión contraria… de esa mano tendida, la suya, la mía.
Crear esta categoría poética no estaba en mis planes, si bien, ciertas distancias me condujeron a dejar de ser un matemático de cabecera, y probar otras ciencias menos nóveles. Y cuando llega ese momento en el que todo a de salir a la luz no hay explicaciones razonables, ni modelos, sino conductas… Y yo quería poder mirarme de otro modo, por eso mismo desarrollé este poemario, en donde todo es erróneo, igualitario y conjunto pujante. La obra Anhelo, más allá del mar resulta extraña, incorpora otras voces, pertenece, además, a esa rara ciencia que no se endereza y de la que no siempre es aplicable, por lo que siempre está presa y empequeñecida en su río de lodo, o a punto de ser una luciérnaga… Contrariamente a lo que pudiera parecer, la poesía sale sola cuando no se sabe contestar al propio entramado social, por eso mana, flota, paralizando hasta lo inútil o las indiferencias.
Y me pregunto, sobre ese mundo que ni es broma ni mata, pero que sí retrata y endurece. ¿Qué precio tienen las emociones?, ¿sobrevivimos a ellas o es disimulo?… Y no pretendo inocular veneno, por eso dejo que vayan saliendo, sin adornos ni trucos; me parecen demasiado importantes esos sentimientos, como para no implicarme y saber apartarme, reuniéndolas en estos cachitos tan dispares… Es más, hasta puede que las reúna con algunas instantáneas creadas para la ocasión. Añadirle esos otros dibujos a esa belleza no estaría mal, quizás lo haga… Todavía faltan algunos guiños, dichos o sentencias, para que el Aneho y el Mar se abracen a la servidumbre humana, entre tanto que sigan creciendo las hojas de hierba y que las canciones de hielo y fuego nos ayuden a pasar el tiempo,… con sus tormentas de espadas… y los botes solidarios,… las farsas de la Natividad… y cuantos vientos de invierno que nos ciñen a las luces de bohemia: muñecas malditas.
Uso la expresión belleza y no otra, para calificar todo ese compendio de anhelos, porque es el mejor modo de sintetizar el efecto que nos haría una mesa de cristal, viéndonos los pies y enseñándonos que todo podría ser una gran verdad o mentira, de no ser por el espesor de la materia, que unas veces se toca y otras no.
Los expertos indican que todo sucede por algo, y quien más, quién menos, tiene evidencias de cuanto nos va aconteciendo. Lo que ya cuesta más, es decidir cuándo es ahora y cuándo ya no lo es, lo cual pone en relieve la importancia del compromiso. El agujero negro de ese horizonte titulado ciega e insensatamente Es lenguaje del pasado, donde llueve despacito, enfoca la mirada a ese ayer deformado.
Si vagar demasiado puede ser contraproducente, ¿qué no compra el dinero? Si uno quisiera tener una nueva vida, por los motivos que fueran: hastío, deseo, necesidad,… ¿por qué recorrer tantos pasillos interminables y sentirse culpable de desearlo?
Si todo empieza, se supone que todo tiene un final. Fugitivos va de eso, de mirarse a los ojos para entenderse y apenas poder hacerlo. Uno puede llegar a ser tan escurridizo, que ni las persianas cerradas son un obstáculo insalvable como para dejarle un presente a modo de flor cortada a quien se cree que debería de estar. Ni siendo inmensamente rico y tonto se podría reducir a tan ardua simplicidad la necesidad de ser feliz.
¿Se puede decir puta sin ofender? Hay tantas contabilidades en el día a día, que uno no acierta a comprender tanto número animado, y dado que fui un gilipollas, por qué no filosofar también sobre esos milagros que no son tales.
Quiero enamorarme: quizás debería de haberse titulado así el compendio. En lugar de ello, lo traduje al sufrir de No tiene ningún sentido, manteniendo lo que vendría a ser una relación estable, que por estresante eleva todos los niveles separada y cecanamente. Ahora bien, no deja de ser un experimento, como todo aquello que surge por sorpresa, tal que un beso robado.
Inevitablemente, ante lo convulso de reducir el compromiso al todo y la nada, todos buscamos parecernos a ese alguien que envidiamos, porque lo evidente es que estamos solos, de un modo u otro, muchas veces… ¿Se podría llegar a comprar la compañía sin menospreciarse? Ese momento en el que la estrella queda hecha pedazos, perturbando, mareando, pudiera no ser el idóneo, pero ¿cuándo si no?
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