La tela no dejaba pasar su respiración, le picaba la piel, la cara, todo. Era como si su vida hubiese acabado. Todo sucedió rapidísimo. Y luego desapareció y un breve capítulo de su vida se cerró, y ella había sobrevivido; se acabó.
Seguía cabreado; si bien, lo más importante es que seguían estando juntos. Sin nada, solos; el puto fuego los dejó así, mirando fijamente a una lámpara de un techo prestado, y las piernas desnudas estiradas sobre la colcha, prolongando ese intenso silencio.
Eso era amor: recostarse sin decir nada, acariciarle el cabello, darle un beso, saber de su silencio, ser su refugio, abrazarlo después de hacerle el amor.
Él cerró con fuerza los párpados y se tocó la frente; después le colocó el mechón de pelo detrás de la oreja. Ella tragó saliva, rozando su piel con los labios.
Curiosas las decisiones que tomamos porque nos gusta alguien y que hacen que nuestra vida sea completamente distinta. Y que siempre se esté en esa edad rara en la que la vida puede cambiar muchísimo en función de pequeñas decisiones. O cuando el coche está demasiado silencioso y no se soporta la idea de poner la radio. Parecido a ir a la cómoda, coger ropa interior limpia y empezar a vestirse mientras la otra persona te mira.
Las personas pueden transformarse de verdad unas a otras, sí; ellos siguieron cogidos de la mano bajo la colcha, incluso después de haberse quedado dormidos.
Eso es el dinero, la sustancia que vuelve real al mundo.
Y hay algo tremendamente corrupto y excitante en ello.
…rendición, cerró el maletero y los despidió agitando la mano.
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