La vida brindaba esos momentos de felicidad a pesar de todo. Lo recordaba como un sonido que salía por la ventanilla de un coche al pasar.
Pero no fue así. En el altar, Lorraine tenía la cara encendida como una bombilla. A pesar de ello asintió. Sintió un alivio tan enorme y repentino que se pareció al pánico, con el ruido blanco de los invitados esperando que le pusiera el anillo. Su madre estuvo furiosa, hubo portazos horas antes. Otra que tuvo mucho sudor brotándole debajo del cuello por abanico que usase, más los zapatos chasqueando un sonido monótono contra el suelo, o hablando con la abuela, quien sonreía con aire distraído.
A ella no le habían contado que tenía manchas de humedad y de algo que parecía sangre en su otra casa. El sitio daba asco. Un lugar bastante sórdido. De la que actuaba como si nunca le hubiera dado un beso a nadie. No obstante, él se casó con ella; y a su término le soltó una risa apenada, ya en la habitación pasadas las horas, rezumando alegría, al tiempo con una expresión compasiva, no convirtiéndola en una criminal sanguinaria. Ella, ruborizada, modestamente pretenciosa oliendo a un perfume suave pero muy agradable. El niño, con una sonrisa que era más que una mueca.
La cometa le gustó, quien cambió de marcha con un dominante gesto de la mano.
Cuando a primeros de un mes de junio concluyó el segundo semestre, él se despidió de ella y se mudó a una habitación más espaciosa fuera del recinto universitario. Solo los estudiantes de primer curso estaban obligados a vivir en residencias.
Hacia el mes de abril, apenas unas horas después de haberse enterado de que se quedaba una habitación libre en el piso de ella se trasladó, sabiendo ya que lo quería tanto como él la quería a ella.
Veranos calurosos e irrespirables más delante, y muchas hojas de los árboles mudadas, amén de ladrillos pareciendo rezumar de sudor y manoplas puestas en sus meses, aquellos que fueron niños, ellos y los mundos de elocuencia perdidos, seguían quedando como si todo, como si nada, como si nadie.
“A la misma hora mañana”, le decía ella cuando el sol ya no se sostenía en el cielo, la una dándose a la página perdida del libro, él teniéndolo todo por delante, acurrucándosele en su pecho.
Lo hacía siempre la abuela, se sentía a gusto en su compañía. Para la nieta eso era lo primero que le saltaba a la vista, si bien, ya no preguntaba tanto, iba comprendiendo el orden lógico, quizás demasiado, porque a su peluche también le mesaba el cabello en la habitación más pequeña del mundo, echándole el edredón al señor Oso.
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