Tag: abuela

2
Jul

A la misma hora mañana

Cuando a primeros de un mes de junio concluyó el segundo semestre, él se despidió de ella y se mudó a una habitación más espaciosa fuera del recinto universitario. Solo los estudiantes de primer curso estaban obligados a vivir en residencias.

Hacia el mes de abril, apenas unas horas después de haberse enterado de que se quedaba una habitación libre en el piso de ella se trasladó, sabiendo ya que lo quería tanto como él la quería a ella.

Veranos calurosos e irrespirables más delante, y muchas hojas de los árboles mudadas, amén de ladrillos pareciendo rezumar de sudor y manoplas puestas en sus meses, aquellos que fueron niños, ellos y los mundos de elocuencia perdidos, seguían quedando como si todo, como si nada, como si nadie.

“A la misma hora mañana”, le decía ella cuando el sol ya no se sostenía en el cielo, la una dándose a la página perdida del libro, él teniéndolo todo por delante, acurrucándosele en su pecho.

Lo hacía siempre la abuela, se sentía a gusto en su compañía. Para la nieta eso era lo primero que le saltaba a la vista, si bien, ya no preguntaba tanto, iba comprendiendo el orden lógico, quizás demasiado, porque a su peluche también le mesaba el cabello en la habitación más pequeña del mundo, echándole el edredón al señor Oso.

27
Feb

Mucho por lo que respirar

Los niños eran los mejores asesinos, no se cuestionaban nada. Tan pronto le pedían a la abuela que les hiciera roscos, galletas o magdalenas, que no podían escapar de las rutinas domésticas.

Por donde ellos había más vidas bajo tierra que en la urbanidad. Ya no resultándolo curioso a nadie que las dos especialidades médicas que más habían crecido en Occidente venían a ser la cirugía estética y la psiquiatría.

Una abuela de las de antes, con arrugas y las tetas caídas, no con dos salchichas por labios, pelotas por senos y la piel atirantada detrás de la nuca. Niños que con ella aprendieron a sentir en días, lo que otros no les harían sentir en años; capaces de todo en dos horas de siesta.  

Niños que habían sido reconocidos como hijos adoptivos por parte de las autoridades de la ciudad, en la inauguración de esa nueva zona verde. Y la abuela tan contenta, por fin podría tener una vivienda en propiedad, mucho más cerca del Centro Hospitalario de donde sustraía el cloroformo.

27
Ene

El secreto del pescador

La sabía preocupada, pendiente de que un día el cartero le entregara una carta suya. Era un hombre que no aparentaba enfrascarse en la lectura de ningún periódico, y de aspecto sombrío que no quería preocupar a ninguna de sus dos mujeres.

El tipo hacía pocos ademanes para que lo reconocieran, pero lo hacían.

Una vez llegó a viajar en barco hasta Marsella, y desde allí, primero en tren y luego en coche se dirigió a París. Ese fue todo su mundo, y la piedad se su equipaje de mano.

En tiempos llegó a ser socio de una fábrica de confección. Y jamás se dejó ver por algún que otro cabaret.

Su barca, solo su barca, y su barca, era lo que le mantenía ocupado. El médico debió de acercársele una vez y al levantarle la mano lo ruborizó. La caña, incluso esa vez, siguió echada y él mirando el trasfondo, como si nada, como si todo, como si nadie.

Parecía un hombre simple, sencillo, de pocos recovecos, de esos de irse a pescar hasta las sombras de la noche, represaliado y en nada absorbente, de los que sentían paz por haber conocido a su abuela.

Otra que en los cielos estaría recolocando las piezas de su identidad, porque no terminaba de cuadrarle a nadie la última noticia, no cabiendo más palabras entre los lugareños, que intentaban no perder la calma y averiguarlo en menos de cuatro días.  

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