No tardó en descubrirse a lo lejos el brillo intermitente de otra lucecita que aguardaba anhelante. Una mujercita leyendo, pese a que su entereza se abatió súbitamente. Y eso que había todavía un rato de absoluta oscuridad.
Aún flotaba en el ambiente cuando apoyaron el cañón de la pistola y dispararon por entre los ojos, cayendo de bruces como un guiñapo. O que luego echaran en un montacargas al muñeco de trapo, cayéndole un hilillo de sangre que le recorría la mejilla fruto del tiro que finalmente le descerrajó el padre.
No obstante, ella le seguía leyendo; de hecho, nunca paró ni pararía de leerle a su mejor amigo, con quien creció, y quien siempre supo sobrellevarle su ceguera verbal por grande que fuera el muñeco de trapo.
La cuadra la limpió la madre.
Sabía de las expectativas, del carácter de los demás. Cómo le planteaban las cosas, buscaba las palabras, ayudaba. Ella sabía: Martina. Y no hablaba de cosas, hablaba de personas, con sus días y sus trabajos. Creaba espacios, sabiendo que cada cual era distinto. La parte no verbal la adivinaba, y eso que no había piedad cuando se enfadaban con ella por más que tomara distancia. No todas las mujeres podían votar con los pies ni podían escoger un color de pelo, aun así, tomaba conciencia y no daba por sentado las cosas, permitía hablarlas. Sabía que la agresividad no era con su persona, sí con su condición, con su puesto y su trabajo. Decisiones a las que estaba obligada.
Como madre, como jefa, en casa y en la oficina escuchaba de todo: bueno y malo. Con todo y con eso cuidaba del grupo/familia, y la familia/grupo se sentía cuidada/o. Trataba de parecer y ser honesta, íntegra. La pelirroja tenía tarea con su hijo, con sus jefes, con sus compañeros. Necesitaba más anestesia que cualquier otra, eso sí. El propio grupo o la familia, había muchas cosas que no le decían, pero actuaban. No querían una amiga, querían una jefa, una madre, una esposa. Para poder enfadarse con ella, y para poder quererla, ganársela.
Martina era muy atractiva. Y estaba tan cerca de la emoción que debía cuidarla, y darle espacios de cuidado. Solo que aun haciéndolo bien no se libraba de lo malo. Nadie entendió que desapareciera. “Una golondrina no hace verano, ni una sola virtud bienaventurado”, dejó escrito, o se lo escribieron. Castigo de Dios y de los hombres en la Tierra.
Era una mujer que había vivido la mitad de su vida fuera de México. Y que ya, fuera de lo maternal, todo se le volvía de azul cielo látex.
Tenía a un hombrecillo en su cabeza, en nada de esos del sudor añejo y sardina. Ella y todas las argentinas de su calle. Vivían en la costa granadina, en un pueblecito junto a un peñón y su salobre. Y aunque parecía tímido, formaba parte del reino animal.
Tiempo atrás le hizo el amor desaforadamente, colmándola de momentos lúcidos y a la par desconcertantes, de cuando frecuentaron un bar arrumbado en una carretera vecinal.
Aquellos días fueron frenéticos, lo poco que les quedó por hacer fue pasarse horas y más horas viendo el televisor en la frescura del aire acondicionado, pero como no tenían retornaron a Viena, que fue donde en verdad se conocieron.
Él como falsificador, un tipo capaz de hacerse pasar por tartamudo y que la pulsión de la repetición fuera animosa. Ella, historiadora a sueldo, viviendo con la despreocupación de una aristócrata y la preocupación de una paria. Allí, no tomaron forma ni consistencia alguna. Con las piernas ligeramente separadas ella le despidió, tras haber sido mordidos sus pechos y ese bronceado veraniego que paseó al disparo de otro inocente.
Tan violento y simple su nuevo amigo podría llegar a serlo, bien distinto es que quisiera. La quería toda para él, no en cabeza ajena. Que descubriera verdades luminosas en la destrucción de su propia vida. Que regresase al redil… El asombro de ella era consecuencia de la pura ignorancia, que también de la decisión de cada cual de comenzar una y otra vez.
Una triste poesía oscura iluminaba esos sus últimos días, la mar estando salpicada de policías, y ella de una soledad que la condenada debido a su profesión y circunstancias.
Pronto llegaría la hora de moverse a otra ciudad en la que le sucederían más o menos las mismas cosas o Dios la perseguiría. Su hija prefería opositar a maestra más que apresar el tiempo presente, queriendo ganar una pelea que perdió hacía mucho.
Mientras las gentes del lugar afrontaban sus problemas, otras tomaban conciencia del dolor con una honestidad entrañable. Uno de cada cinco comercios había desparecido para siempre. Los vecinos se iban, los más humildes; los comercios se iban, los más humildes; pero la fidelidad conyugal seguía siendo una maldita bendición para muchos.
Ella era una maestra retirada que vivía bien, aunque a veces pensaba en abandonar ese pequeño lugar, repitiendo el patrón. En otras, era abnegadamente ciega. Valía por lo que era capaz de hacer con lo que sabía. Ni deseaba ser alguien conocida, ni aspiraba a ser alguien que mereciera la pena conocer.
La iglesia le había dado una llave, y Susan podía seguir yendo a tocar el piano siempre que quería. Al cura lo que más le asustaba era el momento de aquellas primeras notas.
Un abrazo podía calmar muchas tempestades. Apretaba fuerte y no lo dejaba pasar. Su marido no tenía que irse a ningún sitio para pensar eso. La mayoría de las madres no disparaba a los novios de sus hijas en la entrada de su casa. Él sí, con su mujer.
Su hijo sufriendo distante esas noches en las que el vodka no hacía lo que llevaba tantos años haciendo, mirando a través del humo del cigarro, gritando a su padre que se diera prisa cuando pagaban por abrazarse a su mismísima madre al pie de la barra que regentaba, en donde muchas personas tenían canciones favoritas y Susan las tocaba a veces, pero no siempre.
La vieja Europa, la nueva América. Daba igual. Una madre era una madre, habiendo deudas que pagar.
«Esa niña necesita que su madre la vigile y esté más pendiente de ella«, pensó la primera vez que la vio. Con el tiempo supo que le importaba mucho más saber estar, vivir disfrutando de las pequeñas cosas, y la autenticidad de las personas en su vida cotidiana. Que tenía una vida bonita, extraña para la mayoría, y en el campo, que era lo que le gustaba.
Bien es cierto que tenía sus cosas la mujercita, algunas veces como una leona enjaulada.
Después supo que no, que el amor no distinguía ni miraba el bolsillo y que la felicidad se tenía o no se tenía, sin apenas poder hacer nada para ello.
«A la niña hay que educarla como hicieron con nosotros«, recordó haberlo escuchado. Fue cuando se parecía más a un potrillo que a una adolescente crecida, con una sola amiga, y con poco interés.
Ella tenía un alma libre, tan guapa como distinta, gustándole sentarse en el rellano de la escalera. Escapándose siempre que podía a ver cómo volaban o anidaban los bellos pájaros que por allí revoloteaban.
A los años a punto estuvo de ser madre soltera, resignación dolorosa a la que venció, entre la preocupación y el orgullo. Serena, sin necesidad de estar rodeada de mucha gente, encontrándose bien entre su familia y la naturaleza.
Su único nieto, un niño que nació para ser feliz muy a pesar de todo, también hubo de tragarse la misma historia, casi que de promiscua y atolondrada. De la amiga de su abuela, que tuvo una nieta, cuya madre escuchó como si todo le fuera una auténtica pesadilla lo de esa niña necesita que su madre la vigile y esté más pendiente de ella; o que había que educarla como hicieron con nosotros. Una realidad terrible que había que asumirla, generación tras generación. Algo contante y sonante, heredada de infinitos antepasados y con el sudor de muchas frentes.
Es lo que tenía respirar los aromas que inspiraron el amor de sus padres.
Castigo de Dios y de los hombres en la tierra,
como tantos otros.
Pareciera que no, pero sí. Había un momento en la vida en donde se precisaba escaparse a ese lugar donde se cruzaba lo viejo y lo nuevo y recordar esas maneras de hablar, de comer y donde el silencio no tenía más señuelo que servir para muchas miradas diferentes y ninguna, como si se descubriera algo nuevo, dejando a un lado las cosas que decimos, las cosas que hacemos.
Ese bazar de la calidad, ese disco de silencio. El frío de la madre.
La casa, ese lugar del que marcharse con tantos recuerdos con los que se había llenado. Nada más ensordecedor; donde antes se vivía con soledad y ahora con compañía en la ruleta de los días, los años y los tiempos. Donde alguien vivía sólo para tener un lugar adonde volver siempre. Dulce y salada.
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