No tardó en descubrirse a lo lejos el brillo intermitente de otra lucecita que aguardaba anhelante. Una mujercita leyendo, pese a que su entereza se abatió súbitamente. Y eso que había todavía un rato de absoluta oscuridad.

Aún flotaba en el ambiente cuando apoyaron el cañón de la pistola y dispararon por entre los ojos, cayendo de bruces como un guiñapo. O que luego echaran en un montacargas al muñeco de trapo, cayéndole un hilillo de sangre que le recorría la mejilla fruto del tiro que finalmente le descerrajó el padre.

No obstante, ella le seguía leyendo; de hecho, nunca paró ni pararía de leerle a su mejor amigo, con quien creció, y quien siempre supo sobrellevarle su ceguera verbal por grande que fuera el muñeco de trapo.

La cuadra la limpió la madre.   

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