Sin venir a cuento la invitó a tomar un helado. Y se lo tomaron.
Ella se arregló un poquito, y él otro tanto. Lo justo como para que no fuera irse a hacer deporte, ni que pareciera ninguna otra cosa, simplemente salir a tomar un helado y punto.
Pero no, no era así la cosa. El turrón para ella, y el turrón con limón para él conllevaba la suma de otras distancias y cortesías. Era otra forma de darse los buenos días, las buenas noches. De decirle lo hermosa que era. De darle un beso, que no en la frente. Hasta de poder presumir con amigos y familia de algo que no fueran las sopas de letras y los crucigramas.
Hubo escucha, y no se hicieron reír porque llegaban muy forzados los dos, casi que con la luz apagada tras un par de meses más que distanciados.
Lo feo hubiera sido ser falsos, hipócritas y chismosos. El ratito que se sentaron en el banco tampoco estuvo mal. El parque, tal día ayudó. Sin mucho ruido, transitado lo justo y el caer de la noche ayudando a las farolas de forja a hacer su labor, premiándoles con su sombra un banquito.
Al día siguiente, como si todo, como si nada, como si nadie.
Y llegaría el otoño, el invierno, la primavera y el siguiente verano, más lo que ambos recordarían sería ese helado. Su turrón y su limón, capaces de hablar de la soledad como si fuera una tragedia, cuando la verdadera tragedia siempre fue y sería la compañía equivocada.
Era una mujer que había vivido la mitad de su vida fuera de México. Y que ya, fuera de lo maternal, todo se le volvía de azul cielo látex.
Tenía a un hombrecillo en su cabeza, en nada de esos del sudor añejo y sardina. Ella y todas las argentinas de su calle. Vivían en la costa granadina, en un pueblecito junto a un peñón y su salobre. Y aunque parecía tímido, formaba parte del reino animal.
Tiempo atrás le hizo el amor desaforadamente, colmándola de momentos lúcidos y a la par desconcertantes, de cuando frecuentaron un bar arrumbado en una carretera vecinal.
Aquellos días fueron frenéticos, lo poco que les quedó por hacer fue pasarse horas y más horas viendo el televisor en la frescura del aire acondicionado, pero como no tenían retornaron a Viena, que fue donde en verdad se conocieron.
Él como falsificador, un tipo capaz de hacerse pasar por tartamudo y que la pulsión de la repetición fuera animosa. Ella, historiadora a sueldo, viviendo con la despreocupación de una aristócrata y la preocupación de una paria. Allí, no tomaron forma ni consistencia alguna. Con las piernas ligeramente separadas ella le despidió, tras haber sido mordidos sus pechos y ese bronceado veraniego que paseó al disparo de otro inocente.
Tan violento y simple su nuevo amigo podría llegar a serlo, bien distinto es que quisiera. La quería toda para él, no en cabeza ajena. Que descubriera verdades luminosas en la destrucción de su propia vida. Que regresase al redil… El asombro de ella era consecuencia de la pura ignorancia, que también de la decisión de cada cual de comenzar una y otra vez.
Una triste poesía oscura iluminaba esos sus últimos días, la mar estando salpicada de policías, y ella de una soledad que la condenada debido a su profesión y circunstancias.
Pronto llegaría la hora de moverse a otra ciudad en la que le sucederían más o menos las mismas cosas o Dios la perseguiría. Su hija prefería opositar a maestra más que apresar el tiempo presente, queriendo ganar una pelea que perdió hacía mucho.
Había cambiado la cartografía de las estructuras de poder. Y como que el tiempo lo hubiese sustraído todo. La ciudad estaba renegada, huidiza. De repente nada era lo mismo.
Los lujos asequibles, no obstante, persistían. Era de lo poco que aún perduraba de aquel renacer radical y de la exposición mediática que lo arrolló todo. Las mujeres, abnegadas y generosas, perdonaron para un bienestar común. Por eso mismo se vivía, por ellas. Gracias a ellas y a sus pintalabios. Ellas eran la cordialidad en un mundo de matones.
Cinco años esquivando el murmullo implacable de la soledad no bastaron. Todo estaba con las vergüenzas al aire. Y la culpa no fue del sexo casual.
En el afán primero de sanar la propia herida, y de volver a amarse, no tuvo más que aceptar las cosas a las que el destino le ataba, tratando de encontrar una respuesta, una señal o quizás un amor. Cierto es que no había nada que le impidiera hacer lo que debía hacerse.
Niñas, mujeres, que en su día fueron la hija de alguien, habían encontrado ya su penitencia, pues esperar que un hombre malo no cometiera una maldad era una locura.
Entre tanto, contemplar el universo le daba serenidad de conciencia. No pedía mucho, ahora bien, todo lo que necesitaba tenía que ser de verdad. La soledad del corredor de fondo y ese enfoque práctico de la vida le mantenía a buen recaudo de la gente destrozada y entristecida que se exiliaba de las habitaciones de sus casas de cuando en cuando, negándose a sucumbir a la tentación de compadecerse de sí mismo.
A quienes,
tienen el horizonte en una línea.
No quería ni mirarle, siempre hermosa y con los dedos largos y las venas marcadas. La niña que fue. Hasta le pareció que él le había susurrado demasiado alto.
Bien pronto, ese se dio cuenta de que hacer todo lo que podía no era todo lo que ella necesitaba. Llevaban años juntos, pero como si no los hubiera habido. Tiempos atrás le quitó la soledad, los miedos, las dudas.
No obstante, uno y otra necesitaban procesar la realidad. Habían perdido buena parte de su casa, sus enseres, y casi que a su familia. Tenían que aprender a volver a tenerse.
De vez en cuando era bueno echar la vista atrás, y recordar dónde empezó todo. O que no pasase necesariamente nada, y que se necesitase estar solo, sola. No ser lo que el otro pudiera ver, ni lo que pudiera pensar, ni decir… no ser nada de eso. Quizás, con el paso de los días y los trabajos volverían a picarse por todo, o reírse por nada… sus enfados, sus abrazos.
Al final, era mejor no reclamar nada, alejarse y sujetarse con los ojos, escribir con otras manos el dolor de uno mismo. Pertenecer.
Castigo de Dios y de los hombres en la Tierra
Con el viento mostrando una vieja canción y las cosas a medio hacer y un dolor que no tenía cura, además de sentir al mes de octubre, cuales antiguas murallas y roces del crecer, no podían cruzarse de cualquier manera, ni tampoco elevarse palabra alguna.
Un viento que los dejaba más si cabe aislados y postrados en una vieja canción, algo inaudito porque se querían, se amaban, se necesitaban. Cada cual en su bastión. Como solitarios entendiéndose consigo mismos; sin hablarse, sin verse, ni siquiera conocerse. Soledad y extrañamiento de mil maneras posibles con todas las desnudeces y comparativas. Mentiras que necesitaban de complicidad, por el miedo de mirar a ambos lados y no verse ni tenerse.
Viento que mostraba una vieja canción, además del mar esperando que pasasen cosas bonitas, con sus olas llenas, altas y bajas, domando todas las crestas posibles ansiando vivir todas las vidas; sabiendo algo que era seguro.
Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.