Érase una vez un escritor, que poseía una visión tan penetrante que le permitía ver a través de las vidas, los días y los trabajos. No se trataba de un símbolo de la biodiversidad ibérica, sino también de que la conservación efectiva era posible. Se podía trabajar, se podía escribir y se podía ser independiente. Y no por ello se carecía de alma. Como si todo, como si nada, como si nadie iba en busca de cariño e identidad. De esperanza de vida en libertad, como todo animal.
Escribía sabiendo atesorar los ojos que eran reflejo y las risas que hacían hogar. Sus obras no eran fruto de la suerte: lo que estaba dispuesto a hacer de más era lo que marcaba la diferencia, teniendo el odio mejor marketing que la bondad. En sus letras separaba las personas del argumento con la mayor serenidad posible, siendo consustancial a sus días, fragmentos que dormían como un animal sin vida esperando ser vistos y leídos.
Entre tanto perdía la inocencia y descubría la soledad, la autoridad y la vida adulta. Y como cualquier otro animal, llegaría un día en el que ya no conocería a sus cachorros, y no se llevaría mayores desengaños con tales obras. Sería entonces cuando hubiera logrado la esperanza de vida en libertad, suya y de otros.
En el afán primero de sanar la propia herida, y de volver a amarse, no tuvo más que aceptar las cosas a las que el destino le ataba, tratando de encontrar una respuesta, una señal o quizás un amor. Cierto es que no había nada que le impidiera hacer lo que debía hacerse.
Niñas, mujeres, que en su día fueron la hija de alguien, habían encontrado ya su penitencia, pues esperar que un hombre malo no cometiera una maldad era una locura.
Entre tanto, contemplar el universo le daba serenidad de conciencia. No pedía mucho, ahora bien, todo lo que necesitaba tenía que ser de verdad. La soledad del corredor de fondo y ese enfoque práctico de la vida le mantenía a buen recaudo de la gente destrozada y entristecida que se exiliaba de las habitaciones de sus casas de cuando en cuando, negándose a sucumbir a la tentación de compadecerse de sí mismo.
A quienes,
tienen el horizonte en una línea.
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