Cuando los sueños se pueden tocar… y cuando en la mirada ya ves que no es buena idea, y que un cambio inspira a otro cambio, uno hace como que desaparece, pero no. Me columpio en el vacío es de esas directrices que uno acomete sin saber, queriendo y dado a una avaricia impropia de alguien elegante. Se podría decir que hay ocasiones en que ni teniendo una prueba de vida te crees lo que está sucediendo.
¿Hay cosas que no deberíamos hacer, verdad? Lo pregunto por aprender, porque creía tenerlo claro, si bien, me sentí atrapado, hasta que ya no pude perderme más, y ni supe dónde me estaba metiendo.
Podría haberme dado por resolver crucigramas, vivir clandestinamente, confinarme en verlo todo desde una óptica diferente o estarme quieto. Pero no, un día empecé, y si alguna cualidad tengo o creía tener, es que soy pertinaz conmigo mismo. Quería saber dónde coño estaba, qué había sucedido en mi vida, quién era yo y todo ese entorno… Y me dio por escribir El libro de un cualquiera. Ya nadie me lo podía leer, mancillar o quitar. No podía perder más.
¿Qué es justo y qué no es justo?, ¿quién lo decide? Lo suelto así, sin más preámbulos, porque a lo largo de tantas líneas, realmente uno no controla ni su respiración. Los collares de perlas, hacerse de rogar e incluso psicoanalizarse no son más que la prueba de que uno está cansado cuanto todo se reduce a intentar mantener cierta estabilidad consigo mismo.
No mirar ventana abajo es un acuerdo con consecuencias. Hasta la favorita del tirano lo hace en su palacio del sentimiento. Y de no ser por ese peludo y menudo extraterrestre travieso, la dama sería negra y ella misma sería su caos. Pero como Siempre hay algo que decir, toda orden lleva a su contraorden, y el que se equivoca es el que toma las decisiones.
¿Dónde encontrar las fuentes de ejemplaridad cuando uno no es feliz? Aquello de los héroes circunstanciales o de lo de fijarse y observar, no son más que haces de luces frías, negociando en términos que no son los idóneos.
Son esos aportes de tesorería los que nos deberían de importar, y no ser domadores de fieras, cuando no se es rehén de las indulgencias.
Si soy capaz de detectar la cara preocupada y cansada de alguien, ¿cómo es que me siento pequeñito? Me fui con mi equipaje de ángel, sin saber muy bien adónde iba, y la expresión se me tornó malamente bondadosa, en medio de la nada. A eso lo llaman Desconfianza racional.
Si perteneciera a otra generación, me hubiera pasado lo mismo: todos tenemos hechos que nos marcan, pero ¿cómo se deshace uno del pasado?
Analizar con incredulidad esta misión, requiere de disimulo. A costa de intentarlo cada vez sé menos de lo que fui, si bien, no reduzco riesgos.
Los programas de rendición extraordinaria tienen un defecto: la voluntariedad. Cuando uno conoce sus propias rutinas, sabe descifrar hasta su peor pertenencia, y a pesar de ello no te impide seguir ocultándote en las mismas, salvo que desees otra recompensa. A las luces de abril tiene un poco de todo ese desvarío.
A colación de lo contundente de saber que se ha perdido, se ha sido engañado, o se ha estado uno dando necesariamente a otra actualidad,… en todo ese pacto de silencio donde uno no sabe si debe o no seguir investigando el pasado reciente, incido en saber si convendría poner tu vida en manos de otra persona.
Esperar no verse jamás puede que no sea la mejor de las soluciones, porque todos sabemos que no todas las arrugas son iguales.
La obediencia de tener que enfrentarme a todo, me ha hecho publicar la obra Buscadores de señales. Son correrías que puede que valgan la pena. Es la primera de mis obras en ser editada individualmente; como solista no es la mejor… Días atrás no concebía este vacío, y empecé a hacer muchas cosas a la vez; hoy en día, sigo ocupado desarrollando lo que empecé: reconociéndome, fijándome y observando,… pero ya no me molesta que me lean, diría que este libro cobra vida propia, evolucionando y perfeccionándose, acometiendo todo aquello que ya no le puedo aportar como autor, y en parte, protagonista. Lo dificultoso fue atreverse, todo lo demás, no deja de ser un fundamento.
Sin ponerme interesante, me atrevo a preguntarles algo que me rondaba por entonces, cuando lo escribí, en esa arqueología tan profusa de la segunda mitad: ¿Qué se ve en una espalda?, y ya puestos, añadiría, ¿Todo tiene remedio?, ¿o no? A través de ese cordón umbilical uno asocia tantas cosas…
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