Resulta interesante la mirada de un narrador español sobre el destino humano en nuestro continente latinoamericano. Se constituye como una voz narradora, que crece en un nuevo sujeto en consonancia con la herencia histórica, política y social contemporánea. En La Galicia Mexicana asistimos a una narrativa del dolor y de la existencia que roza el espejismo de la historia de un México siempre lacerante como una manera única de poner en perspectiva el imaginario cultural latinoamericano.
Bruma Grupo Editor
El autor agradece esa vida e identidad,
una vuelta de tuerca más.
Galicia era la pura esencia de la economía circular elevada a sí misma, siendo los cargos públicos ratones de campo; habiendo un treinta y tres por ciento de pobreza. Pobreza real, y de las otras:
-Le rompieron las gafas y no podíamos pagar otras -argumentó con desánimo una mujer de tantas, vulnerable tanto como que sin fuerzas para perseguir una mariposa para su hijo como único y mejor regalo de Reyes, haciendo cola en el batir de alas del reparto de alimentos, por la asociación Red de Apoyo Mutuo México-Galicia.
Gafas y comida que aseguraban a las familias que no se podían ni ver. Familias con guardianes de todo tipo, apresurados como Pío Cabanillas. Familias con negocios de todo tipo. Familias con dinero, y tipos de esos, emigrados, que no tenían edad alguna para mostrar la valentía y sus pensamientos.
Avión, el pueblo de los helicópteros, los ricos y la lista negra de jubilados pobres, con sus idas y venidas. La Galicia donde no había tanatorios ni morgues algunas. Avión y sus calles, un pueblo donde todo el mundo sabía algo pero nadie lo sabía todo. Una postal de despecho contenido. Pecados de una España siempre en obras, donde si dabas la mano había que mirar a los ojos.
La única manera de no ser una mujer casada en tal lugar era ser rica.
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Se es de donde se quiere ser,
y se pertenece a quienes se desea pertenecer.
Fueron tantos los posibles títulos que, llegado el momento del registro, todas esas fases de vivencias y escritura se solaparon. Que si El hombre que no sabía querer, El Centro Gallego en México, El pueblo de los helicópteros, Y allí no pasó nada, u otros. Finalmente, La Galicia Mexicana refleja la pobreza que no se veía, la extrañeza que separa el amor a los hijos y la necesidad de un espacio propio, o la ausencia de algo indefinido que lleva todo emigrante.
Galicia como el séptimo cielo, tal que la ayuda que prestan los amigos y limosnas de gobiernos. Un eco pintado, y ese porvenir en que los padres se quedan confinados.
Y México como la realidad tozuda, casi de manera demoníaca, para obligarse a ser más fuerte de lo que en realidad se es; con solo el amor pareciendo inquieto.
Lugares evanescentes, de gentes con distintivos; días rotos y hombres fatales. Lugares también sólidos, que no impalpables, livianos, etéreos. De días de confrontación, mariachis y corridos. Más las mujeres cansadas de llenar sus espacios vacíos con cosas que no necesitan y personas que no les gustan. Pero mujeres, al fin y al cabo, con la facilidad de ser profundas hablando de temas ligeros, yendo a la verdad del asunto y a lo imperecedero.
Para todos, el dolor ajeno es la nacionalidad más temida. Lo peor.
Acoger esa inconmensurable belleza, y que se susurrasen nombres, hechos, sin que la música de los días limpiase el dolor, ni otros muchos logros, es lo que el autor pudiera haber conseguido unir, alimentando la desmemoria y las frustraciones, desestructurando las realidades menos contadas y las voces necesitando un altavoz. Sí, de esa Galicia de concellos y parroquias como Avión.
A veces ser una zorra es lo único que se puede ser, porque si nos enseñaran a perder ganaríamos siempre; se deduce del valor que huye de cualquier precio.
Avión fue como un cielo en nosotros mientras se dejó escribir. México el quite, palabras del día a día; la ilusión de vivir.
Un libro, un título, en donde el autor ha muerto algunas veces, pero donde algunas muertes siguen vivas. Nena Parva iba a ser otro de los títulos. Quizás ese ha sido el gran acierto o error del libro, el bazar de la caridad de las nenas parvas y todo cuanto suena a gallego, en ese galardón de infinitud que envolvemos todo lo que nos gusta, ahogándonos en nuestra propia ausencia.
Esperando no haber sido justo en la injusticia, que los dioses nos conserven los sueños, incluso cuando sean imposibles, y nos concedan buenos sueños. Porque de algunos episodios mejor no acordarse de nada, dado que el que mata a su familia los mata a todos.
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La fortuna de la Base Naval de Rota acogía la inconmensurable belleza y un dolor certero y desasosegante. Una gran urbe, la de Rota, que en tiempos fue poco menos que una aldea con personas de expresión infantil y preocupada, de los que arrastraban con dificultad sus pocas pertenencias e hinchados pies, no gentes sumidas en el profundo sueño de lo militar y el contorno del dinero.
Eran lo que pensaban tumbados en la cama los domingos por la noche.
Toda la comarca, gruesa y lozana ya en tiempos modernos, seguía formando parte de ese premio de las guerras, excelsas y taciturnas, que no siempre caían bien, por eso mejor venderlo así, como algo necesario, rentable, triste. Una felicidad accidental, para no acrecentar más las envidias poderosas. Asociando lo militar con un cuchitril de tres al cuarto y esos mundos de Dios, tal que el mar donde habitaban les fuera una vasta y pobre ciénaga obligada, negando la evidencia.
Hasta los pocos perros que había en los cobertizos militaban, perros de pocos amigos jugando a las reglas. Acurrucados luego, pareciendo dormir, entre la vigilia y el sueño y una suerte de lamentos. Estos sí que decían su verdad, con alaridos o sin ellos; del resto de animales ninguno.
Las mujeres, al cabo, también habían evolucionado. Ya había de ojos azules, y verdes. Sollozaban y acariciaban el pelo, la cara, las manos. Y tenían dinero, que gastaban. Ellas y ellos, invencibles. Por miedo. El terror a algo que no comprendían y contra lo que no podían luchar les obligaba a jugárselo todo. Toda Rota jugaba. Apostaba. Toda Rota era rica y pobre. Tahúr, mentirosa, peligrosa y desconocida. Lo tenían todo, y no tenían nada. Hasta los que decían “que habían sido militares, y que estuvieron en la guerra”.
Ciudadanos negros en un mundo de blancos, siendo el dinero verde.
El sexo de las embarazadas es una obra de justeza para lo que podría ser. Se mata, se hiere, se folla, se vive, se come. Es mar y tierra seca. América y España. Un lugar donde mimetizarse. Con médicos, farmacia y un hospital. E iglesias y lejanías para con los lugares de procedencia, ironías del destino por aviones, barcos y fragatas que hubiera entre todos esos amaneceres y telegramas. Instrucciones y sucesos. Un pueblo, donde nunca sucedería nada, por eso causa gran conmoción la novela, con sus sombreros, zapatos y hospicios. Relevistas también, muchos.
No había nada más universal que una familia española, de Rota, donde lo más importante es que la persona fuese debajo del sombrero. Y que como a Rusia, a Rota no había que entenderla, sino aceptarla.
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PEBELTOR
Toda vez que uno no es ni joven ni viejo, habiendo llegado a lo que sería la mitad de la vida, se tienen intervalos de brevedad en la que nos planteamos grandes cuestiones de nuestra condición humana, y uno se pregunta: ¿Qué haría si me dieran todo el dinero para gastármelo? No todo, pero sí veinte mil al día le dio su padre (el señor Lowell C. Denson) a Cynthia, la protagonista de la novela Lo tenía todo y no tenía nada.
Lo que sucedió después tiene que ver con la fuerza de lo que nos mantiene a flote contra la amargura o el hartazgo. Es ambición, entre otras muchas cosas, sin que por ello uno se olvide de todos los fundamentos. Cynthia, como hija, quería vengar la muerte de su madre; y culpaba a su padre.
Pero hubo de evitar la fatiga del ser, la melancolía del crepúsculo, disimular las grandes alegrías y los grandes dolores. Su madre, que de niña fue lo equivalente a toda su existencia, en su crecida adolescencia también pasó a ser resignación para vivir de la mejor manera posible.
La obra, por momentos impactante, esclarecedora y reflexiva, destaca la travesía de la joven niña rica, mimada y consentida hasta llegar a ser toda una royal, miembro de la familia real británica, y casi que más, pudiendo incluso llegar a reinar, si la dejan. Rigor y diversidad, en toda esa Norteamérica de partida, que confluyen con ese sentimiento de venganza y otros tantos delirios y los portentosos intentos de cuadrar la más condenable violencia con la propia pertenencia.
Un rompecabezas donde tienen cabida la Tercera Guerra Mundial, así como la alteración de la atmósfera y el medio ambiente por los cambios climáticos más reveladores y asombrosos que entretejen las memorias de quienes pretenden su nuevo orden mundial, señal del complejo proceso de la autoridad.
Como institutriz, Cynthia tiene a Esther Doña, una cicerona de armas tomar, con la dosis justa de erudición. Umbrales que de por sí excede Friedman, el policía más condecorado de la ciudad de Nueva York: la esencia misma de esa frontera entre dos mundos y dos realidades.
Vivir o morir, reinar o fracasar. Ese es el caramelo y anhelo de estas páginas. Diálogos vivos y un variopinto grupo de personajes ordenados en hileras hasta el infinito, en esa patria de los suicidas que aspiraban a suceder a la Reina Madre en el trono de Inglaterra, sin esconder del todo la valorización moral de la sociedad en el año en el que la monarca cumplía los ciento ocho años, referencia inexcusable dentro del panorama internacional, sustentando agudísimos sentimientos y conflictos íntimos, amén de galardones y reconocimientos, lealtades y traiciones.
Bajo los principios que se perpetúan a lo largo de las vidas aparece la cadena hotelera Copacabana y entornos como Isla Cristinita, Isla Mustiquina y Cerro Gordo con diálogos vivos y reflexiones potentes alejadas del didactismo común. Seres únicos, que no especiales, con la yuxtaposición de imágenes de la Guerra de Yugoslavia y las inesperadas relaciones de cuando se pretende crecer en ese puzle de la contemporaneidad sin estar a resguardo del todo.
Los lugareños de ese suroeste peninsular son precisos, contundentes y, hasta irónicos, a veces. El matrimonio formado por Azucena y el bosnio, junto a la hija adolescente de ella, inciden en la infatigable labor del quererse todos los días. Ahora bien, ponerle fin a la retrospectiva de las infancias que no lo fueron, cuesta. Tisma, marido y exiliado, es la nostalgia del absoluto y la reciente prolongación de la vida humana de quienes se toparon con una guerra tras otra y no terminan de encontrar su lugar en el mundo.
En Isla Cristinita se producen ambigüedades y ambivalencias que devienen la fatiga humana, con la unión y mezcla de empleados de hotel, los residentes y los que se mantenían a flote en los cámpines de alrededor, más la melancolía del crepúsculo al tiempo que todos ellos arrojan una luminosa mirada sobre cuestiones como la naturaleza del recuerdo o el deseo de reconstruir lo perdido, casi que integrándose.
Las escenas de esa vida apartada no están saldadas del todo. Condensan pensamientos políticos y humanos. O la frustrada concordia y el entendimiento de una madre y su hija. También la duda del quererse y del tenerse: una de las torturas más terribles jamás concebidas.
Comprender la naturaleza de ese lugar y su Casa Madre, la identidad femenina y la autenticidad de ese recodo isleño puede convertirlo todo en algo vulgar. No siendo más que una sólida visión de los negocios más sucios y cruentos. Máxime, con lo gráfico e imprevisible del resto del mundo.
Es una historia que nos enseña que no debemos tener miedo a lo que hay fuera ni a lo que no conocemos, por el mero hecho de estar fuera o ser desconocido, que lo peor, temible y quisquilloso es uno mismo y el afán de totalidad.
Las empresas, sean las que sean, jamás estarán a la altura de las más altas y maravillosas expectativas, como el amor.
Como lágrimas en la lluvia, Gay y discapacitado, rinde tributo a las víctimas del uso inadecuado de los medios virtuales y a todos los aspectos centrales de la extinta Yugoslavia y sus muchas guerras, sobre todo cuando aún nos preguntamos qué son los virus, las bacterias y las manchas de petróleo en el océano, estando los sistemas inmunitarios, los metabolismos y los alimentos perviviendo en la era del capitalismo de la vigilancia.
¿Por qué ese título y no otro? Es otra explicación del por qué no tener país seguía siendo peor que no tener casa.
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