Tag: ¡Mujeres!

21
May

Una fuerza apabullante

No se movían igual, no hacían exactamente lo mismo, pero interactuaban y hacían su papel. Como mujeres tenían asimilado ese reflejo sentido y lento, repetitivo, que las hacía inigualables, pudiendo pasar desapercibidas hasta el infinito o bien ser reflejo de todos los espejos.

Algunas llevaban un arma, otras solo estaban para contextualizar, llamar la atención o modular, como quien evita mirar a un vecino, estando sin estar. Si bien todas juntas conformaban una fuerza apabullante, integrándose de forma natural en los conocimientos, costumbres o pensamientos previos.

Quien debía disparar se bebía el té en silencio. Eso se deducía de los últimos días. Y cuando terminaban, se iban y, al llegar a casa, dejaban la ropa pulcramente doblada y se metían con delicadeza en la ducha o la bañera, según cada cual. El agua hacía el resto.  

En cuanto a los hombres, no todos lamentaban un simple homicidio.

3
Jul

A los milagros hay que llamarlos

La gente se moría, pero eso era vivir. De ahí que A los milagros hay que llamarlos.

Quise escribir de eso, de esa prisa y bullicio, de esa profesión de profesiones, con sus miradas, olores, susurros y esperas. De los taxistas y sus mujeres enfrentados a su propia brújula moral por cuando no había mucho más; y quise hacerlos héroes y villanos, sobre todo héroes como si tuvieran miedos más grandes.

Los hice perderse en ese bosque de la capital de Madrid, capital de capitales, añadiéndole el mar, cuales lugares soleados para gente sombría a esos personajes con toda la vida por delante.

El tapiz resultó ser grotesco, épico, bello. Costumbrista. Al tiempo que el mundo iba despacio, en sus trece, ellas parecían perras, afanándose a su salvación en un mundo frío, estridente. Ellos, dominándolas. Descubrí cosas que nunca hubiera creído. Ni de buenos ni de malos. Cánones ocultos y hechos vitales, no habiendo nada más asombroso que el hombre y su tiempo, máxime sin familia y queriéndola, necesitándola.

Esos y no otros eran los secretos de ese bien tan escaso: la esperanza pese a todo. Sobrevivir, tener y tenerse. Mitos de la inmigración aparte, así como los juegos de la edad tardía. Habiendo un punto en el que la seguridad en uno mismo se convertía en locura.

Un libro sin campesinos ni señores. Sin aviones de papel. Apenas sin ironías. Estaban las madres, los mestizos y la propia vida. Hubiera preferido no matar a nadie, ahora bien, formaba parte de la misericordia de los días y los trabajos. No en vano esos taxistas forman parte de la vida real, tan propios de sus orígenes como que el resto les tiene odio. Porque saben de los rostros del mañana y de los corazones helados, saben de la felicidad de las mujeres, del amor y de hacerle surcos al azar. Les gusta la gente que come, que habla de comer, y que se reúne para comer y hablar.

Junto a ellos se aprende de las anatomías de todos esos instantes, suyos y de sus clientes, de los celos y de los mapas de soledades, que las hay, y muchas. En Madrid, la ciudad de la libertad total, esa que ya existió. Del lugar perfecto donde cometer un crimen en la frontera más corta del planeta, ciudad cosmopolita por antonomasia. Que, como los soldados, lloraba de noche.

Como moralina, decir que la sociedad tiene que mejorar mucho, el sistema, las personas; y son los niños quienes podrían cambiar las cosas. Los taxistas lo saben. Esos que cuando van al mar siempre lo ven por primera vez, como que pidiéndole perdón a todas las mujeres que aman.

6
Sep

¡Mujeres!

Puede que al final sea la persona más egoísta y de cuyos días y protocolos de conducta nada haya que aprender, si bien, cuesta creer que nos resulte inquietante su quehacer a tan corta edad: la hija de puta está leyendo. Algunos, ya mutarían de compulsión solo de verla, no la querrían como amiga, incluso de hija si me apuran, que las hay.

Imagino que hasta pudiera tener colmillos de lobo por solvente y ecuánime que parece la puta niña. La madre, digamos que tampoco se vanagloria o escurre, lo mismo ha sido ella quien le ha comprado ese libro, o ni es un libro como tal, sino un cúmulo de acertijos o pasatiempos, pero está en sus tiempos… juntas. Y la madre es madre: otra de esas mentiras que se cuentan para avanzar.

Seguro que también la habrá puesto a entretenerse, o al menos intentado, con un sonajero y una muñeca o pelotita, no tiene por qué no, o dados rotos. Tratándose de una madre y su niña todo es posible: son.

Y luego dicen que la ley es lo único que nos hace a todos iguales.

También serviría escribirse palabras con las yemas de los dedos en la espalda o en los brazos (por donde más sensibles son), siempre que no se mire y hagan trampas, obligándose a adivinar lo palpado… El papel no es lo único que lo admite todo. ¡Pero qué pena!, los grandes símbolos son grandes blancos por extraño que parezca.  

Ojalá que ese vagón les deje lo más cerca de donde quieran estar, madre e hija, lo mismo ya han conocido casi todos los infiernos que este mundo habitan. Sí, las ciencias modernas y las políticas imperiales nos han robado muchos milagros…

¡Si no fuera por las Mujeres! Ni con ellas ni sin ellas, ¡qué hijas de puta!

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