A cada época y cultura,
le salvaban un puñado de hombres.
Érase una vez un escritor, que poseía una visión tan penetrante que le permitía ver a través de las vidas, los días y los trabajos. No se trataba de un símbolo de la biodiversidad ibérica, sino también de que la conservación efectiva era posible. Se podía trabajar, se podía escribir y se podía ser independiente. Y no por ello se carecía de alma. Como si todo, como si nada, como si nadie iba en busca de cariño e identidad. De esperanza de vida en libertad, como todo animal.
Escribía sabiendo atesorar los ojos que eran reflejo y las risas que hacían hogar. Sus obras no eran fruto de la suerte: lo que estaba dispuesto a hacer de más era lo que marcaba la diferencia, teniendo el odio mejor marketing que la bondad. En sus letras separaba las personas del argumento con la mayor serenidad posible, siendo consustancial a sus días, fragmentos que dormían como un animal sin vida esperando ser vistos y leídos.
Entre tanto perdía la inocencia y descubría la soledad, la autoridad y la vida adulta. Y como cualquier otro animal, llegaría un día en el que ya no conocería a sus cachorros, y no se llevaría mayores desengaños con tales obras. Sería entonces cuando hubiera logrado la esperanza de vida en libertad, suya y de otros.
En las películas se cuidaban mucho de sacar a alguien fumando. Ella lo hacía con y sin gracia, capaz de prender fuego a todo. Mujer de seis pasos para verla entera y no solo por partes de lo guapa y estilosa que era, ella y su atractivo.
Por mujer sabía ser creíble, tener personalidad y por lo demás, también bien. Sabía moverse en muchos terrenos, en casa y trabajando. El apocalipsis se detendría ante ella, si fuera el caso, dando un tiempo al fin del mundo.
Estaba jubilada, y eso que solía trabajar como directora de hotel. Mujer que sabía mirar a lo tonto, estar al margen, y no solo vivir de espectadora de los demás. Cuidaba de cinco nietos.
Cuando todo el mundo estaba ocupado intentando ser alguien, sucedió. Costaba interpretar por qué la gente hacía lo que hacía al verlos así, socializando como antes.
Algunos, incluso por jóvenes ya eran viejos hacía diez años, si bien, en apenas unas horas se humanizaron de nuevo.
Los datos eran tozudos, innegables. Antes o después, lo diferente asustaba.
Pero sí, la gente reaccionó en parte. Los episodios agresivos ya no hacían ninguna gracia. La gente que vestía de una manera que llamaba la atención pero sin exagerar, fue aceptada, es más, pasó desapercibida. Se escucharon las voces de los niños jugando en los parques, en las calles. Las mujeres supieron hacer de todo eso un cine social, amable, sin tremendismos, que rezumase verdad.
Los pobres, no obstante, siguieron siendo invisibles. Y eso que las ciudades no fueron lo bastante grandes y la gente aprovechó para mirar las estrellas del cielo, como si jamás hubieran estado ahí.
Realmente, no hicieron falta palabras para entender el momento… Faltó saber ¿por qué las rosas ya no olían como antes?
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