Entró en el ascensor y pulsó el botón de su piso. Después, dos más. Las puertas se cerraron y, despacio, casi que como en un sueño, adormilados, empezó a moverse lentamente.
Ella lo miró sin comprender, y entonces se dio cuenta de que tenía el auricular pegado en la oreja. Cumplía estrictas órdenes, o se las estaba saltando.
Jamás volvieron a ver a su hijo. Y la niña se crio pensando que era hija única.
Tiempo después, ya en la senectud de sus padres, hiló todo y le pareció maravilloso y valiente como su madre deshojó la margarita día tras día. La señora March, siempre llorando en silencio. De su padre tampoco recordaba nada, ni que algún día hubiese ido a recogerla al parvulario.
El único problema es que necesitaba más mentiras. Saber que fue su tía no era como para volver a quedar y tomarse una limonada o leche con galletas como si todo, como si nada, como si nadie.

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