Tag: muertos

8
Oct

La cubertería de plata era de oro

Hubo un tiempo en el que la cubertería de plata era de oro. Se cuidaba juntos del valor de nuestro mundo. No había correos amenazantes, y la tristeza del rostro se podía paliar comiendo, estando, mientras se corría el peligro de convertirse en un buen hombre.

No hacían falta batines de terciopelo ni trajes de caza y postín. Por entonces también había esclavos de los que no soñaban con su libertad, sino con un esclavo propio. La política, siempre siguiendo al poder.

De gente que se había criado junta, y ese silencio tan convincente, verídico. Esa memoria, de la intimidad de las cosas, de las familias. Lo que se pierde si no se tiene conciencia del mundo y se conocen los sufrimientos.

Ahora ya muchos coches suenan distintos, pero siguen siendo coches. Y hay personas que no comen, que se alimentan. Solo que los muertos de antes y ahora valen lo mismo. Un dolor no es mejor ni mayor que otro. Cuando no se quiere escuchar, no se escucha, y cuando se quiere estar, se está. Falsedad y disimulo. Ya casi no hay hombres buenos ni malos, ni traidores por vocación, ni envenenadores por capricho: solo personas conformistas con lo que se les ofrece.

Antes y ahora todo estaba bien si parecía bien; no hay más muertos que los llevados por los vivos. Otra ley inexorable que se ha mantenido, tanto como que los coches son coches y las personas, eso.

Dejemos las conclusiones para los idiotas.

17
Oct

Su risa

Hubo un tiempo en el que no hubo nada más importante que su risa.

En la gloria de su desnudez la recordaba. Con y sin aire vengativo.

Ahora bien, no guardaba sus secretos tan bien como creía.

Ya se oían las sirenas. Y la agonía le obligaba a definir lo indefinible:

En España los muertos molestaban. Otra cosa es que le creyeran.

PEBELTOR

15
Ago

Sobre la juventud

El trecho fue corto y se hizo largo. La juventud. Daba miedo volver a los recuerdos. Equidad y normalidad vistas con distancia. Y al igual que un preso, la gente pensaba que querían salir de ahí, de la juventud, de la cárcel, cuando los tiros estaban fuera, más adelante.  

De adulto, un helado cualquier tarde, los domingos por la noche una lata de mejillones si acaso… Nada de celos entre hermanos, amigos, amigas, el mar, la mar, ni esa tensión acumulada en los hombros, como de haber estado preso, entusiasmado. Ahora bien, faltaba algo, lo que se iba dejando, la evasión o la victoria del crecer.  

Antes se era muchas cosas, ya no. Los muertos estaban muertos. Ni siquiera se podía hablar de lo que fuera, o se podía abrazar sin que pensasen de más o de menos. Era algo más que el lenguaje, o las lecturas del colegio/instituto, o el ser hijo de alguien… Cuando se era mayor la gente tenía que verlos tal como eran, sí o sí. Había que dar explicaciones, y no como las de antes.

Si bien, cada uno recordaba la historia a su manera. Mauricio estaba colado por ella. Y Margaret hacía todo lo posible porque él se fijase en ella. Así pasaron la juventud, los veinte, la treintena, y casi que los cuarenta. Fue entonces cuando se percataron que no habían hecho las suficientes travesuras de niños. Ni se habían llegado a enviar las postales o cartas que se dedicaron…

A sus años, y con las propias necesidades que veían, sentían, no se trataba de inventar una posibilidad. Es más, las celebridades no cometían asesinatos.    

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