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21
May

Una fuerza apabullante

No se movían igual, no hacían exactamente lo mismo, pero interactuaban y hacían su papel. Como mujeres tenían asimilado ese reflejo sentido y lento, repetitivo, que las hacía inigualables, pudiendo pasar desapercibidas hasta el infinito o bien ser reflejo de todos los espejos.

Algunas llevaban un arma, otras solo estaban para contextualizar, llamar la atención o modular, como quien evita mirar a un vecino, estando sin estar. Si bien todas juntas conformaban una fuerza apabullante, integrándose de forma natural en los conocimientos, costumbres o pensamientos previos.

Quien debía disparar se bebía el té en silencio. Eso se deducía de los últimos días. Y cuando terminaban, se iban y, al llegar a casa, dejaban la ropa pulcramente doblada y se metían con delicadeza en la ducha o la bañera, según cada cual. El agua hacía el resto.  

En cuanto a los hombres, no todos lamentaban un simple homicidio.

16
May

El camino de la recuperación…

…tenía que empezar por algo.

14
May

Tener a alguien

Se trata de un gesto compartido, de no avergonzarse por amar con el corazón, quizás, de no seguir las reglas, porque algunas mamás siguen las reglas y otras no.

De eso se trata, de encontrar un protector, para encontrar un mundo entero que habitar conjuntamente, lo demás son historias, romances en el aire, traumas, tener muy poca memoria, ser un canalla.

Lo que somos y queremos ser

10
May

Viento sobre el mar, la entrevista

Amaneceres y atardeceres, el impuesto a la soledad. 

Pinche y escuche la entrevista al autor, aquel viento, aquel mar. 

 

9
May

Dobló la pierna izquierda y…

…dejando la rodilla al aire vio cómo el vaho ascendía de su piel mientras era incapaz de entreabrir más sus ojos de ese hilillo de pudor y respiración entrecortada que le recorría suavemente, comprimida bajo la falda que se le ensanchaba.

La verdad era que no tenía excusa.

7
May

Entre admiración y amor

Cada vez que le abría la puerta, le procuraba una efusiva bienvenida, ella y sus caderas. Pareciera que no experimentara realmente las cosas de cómo las hacía, natural, y estuviera en un funeral o a las puertas de una notaría o haciendo la cena.

Se alegraba de que ese hijo fuese suyo y de que no tuviera hermanos con los que compartir. Y no era la típica engreída que acabaría sorda, gorda, pretenciosa e insufrible. Era una mujer de muy buen ver, de las de entrar a un comedor cogido del brazo con ella y no fijarse en nadie salvo en ella. Con ojos de pergamino verde, como los de un gato, le dolieran o no las encías.

Y no había marido, ni querido. Ni una mera vocecilla. Se le tenía miedo. Cada vez que fruncía sus carnosos y húmedos labios, no se le podía sostener la mirada. Hasta su hijo soplaba suavemente, enamoradito. Y ya tenía una edad el hombrecito.

Quien, justo esa misma tarde-noche, acababa de tirar y pisar una colilla de tabaco, sacando fuerzas para ir a verla, llevándole una ráfaga de dulces e inesperados bombones de licor con trufa, como si con esas le permitiese morderla y adoptarle una pose seductora viéndola quitarse lentamente los zapatos, jugando a ser mayor el ingenuo adoptado.  

A los milagros hay que llamarlos

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