Cada vez que le abría la puerta, le procuraba una efusiva bienvenida, ella y sus caderas. Pareciera que no experimentara realmente las cosas de cómo las hacía, natural, y estuviera en un funeral o a las puertas de una notaría o haciendo la cena.
Se alegraba de que ese hijo fuese suyo y de que no tuviera hermanos con los que compartir. Y no era la típica engreída que acabaría sorda, gorda, pretenciosa e insufrible. Era una mujer de muy buen ver, de las de entrar a un comedor cogido del brazo con ella y no fijarse en nadie salvo en ella. Con ojos de pergamino verde, como los de un gato, le dolieran o no las encías.
Y no había marido, ni querido. Ni una mera vocecilla. Se le tenía miedo. Cada vez que fruncía sus carnosos y húmedos labios, no se le podía sostener la mirada. Hasta su hijo soplaba suavemente, enamoradito. Y ya tenía una edad el hombrecito.
Quien, justo esa misma tarde-noche, acababa de tirar y pisar una colilla de tabaco, sacando fuerzas para ir a verla, llevándole una ráfaga de dulces e inesperados bombones de licor con trufa, como si con esas le permitiese morderla y adoptarle una pose seductora viéndola quitarse lentamente los zapatos, jugando a ser mayor el ingenuo adoptado.
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