Perdió la noción de los días, porque al fin y al cabo poco le importaba el tiempo, teniendo en cuenta que había entrado en el flujo de conciencia de ella, quien desde que despuntó el día se sumó al viento, la vida en tiempo real, gozando innegables desandando lo andado.
Sin duda alguna, el viento y ella habían acudido en su ayuda y la del agua, viento que aportaba ingentes cantidades de arcilla y arenisca que trazaban dibujos que parecían fruto de la imaginación de un pintor desquiciado.
La segunda imposición, al parecer ineludible, a la que le sometieron fue abandonar sus armas, pero antes de decidirse a hacerlo, visiblemente amoscado, terminó el encargo como señal inequívoca de que no iba a su aire.
El jefe, uno de esos tipos inquietos y mala bestia que se hizo pieza a pieza, ya con la edad de jubilarse, era capaz de la bestialidad más repugnante, cruel y salvaje que nadie podía imaginar, máxime siendo su hija.
Cuando Connell puso el intermitente para tomar la entrada de la urbanización de Foxfield y se detuvo delante de su casa. Lorraine bajó del coche. Connell miró a Lorraine por el retrovisor… después todo y nada sucedió.
Un vecino que lo presenció levantó las manos en gesto de rendición. Otra no pudo articular palabra.
Las marcas, meses después, seguían estando: ellos no; ni las bolsas de plástico reutilizables que un vecino usó para evitarle el mal trago a su hija: Sophie.
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