Extraños (Blog)

9
May

Dobló la pierna izquierda y…

…dejando la rodilla al aire vio cómo el vaho ascendía de su piel mientras era incapaz de entreabrir más sus ojos de ese hilillo de pudor y respiración entrecortada que le recorría suavemente, comprimida bajo la falda que se le ensanchaba.

La verdad era que no tenía excusa.

7
May

Entre admiración y amor

Cada vez que le abría la puerta, le procuraba una efusiva bienvenida, ella y sus caderas. Pareciera que no experimentara realmente las cosas de cómo las hacía, natural, y estuviera en un funeral o a las puertas de una notaría o haciendo la cena.

Se alegraba de que ese hijo fuese suyo y de que no tuviera hermanos con los que compartir. Y no era la típica engreída que acabaría sorda, gorda, pretenciosa e insufrible. Era una mujer de muy buen ver, de las de entrar a un comedor cogido del brazo con ella y no fijarse en nadie salvo en ella. Con ojos de pergamino verde, como los de un gato, le dolieran o no las encías.

Y no había marido, ni querido. Ni una mera vocecilla. Se le tenía miedo. Cada vez que fruncía sus carnosos y húmedos labios, no se le podía sostener la mirada. Hasta su hijo soplaba suavemente, enamoradito. Y ya tenía una edad el hombrecito.

Quien, justo esa misma tarde-noche, acababa de tirar y pisar una colilla de tabaco, sacando fuerzas para ir a verla, llevándole una ráfaga de dulces e inesperados bombones de licor con trufa, como si con esas le permitiese morderla y adoptarle una pose seductora viéndola quitarse lentamente los zapatos, jugando a ser mayor el ingenuo adoptado.  

A los milagros hay que llamarlos

30
Abr

El precio del lujo, de una madre

El domingo me levanté a las nueve de la mañana, me afeité, hice la colada y tendí la ropa. Hacía un día de esos espléndidos para la mayoría. Iba vestido con una camiseta para estar por casa. La ciudad y sus ruidos resonaban a medias. Una mujer de mediana edad cruzaba por la calle que daba al patio, y al verla pasar empecé a sentir ese apego, un tanto de extrañeza.

Aquel domingo solo había ancianas más allá del tendedero, y la mujer aquella, de las gafas de sol y estilo deportivo que iba a por el pan por la calle de atrás, como cada fin de semana. Una mujer limpia y contaminada. 

Por supuesto que intenté borrarla; se había mudado, solo que como la bruma aparecía y desaparecía cuando menos te lo esperas, terca, y eso que no era del todo feliz sola. Lo mismito que cualquier madre y la mayoría de la gente. Madres de esas que, con los años y los alquileres altos, tuvieran o no casa propia, lo percibían todo como una pátina de suciedad. La falta del marido, que los hijos tuvieran o no su propia vida, que los comercios no fueran los de siempre, y hasta las puertas de las casas, los timbres o cómo las personas les alzan la mirada a las ancianas.

Madres de infinitas precauciones con las escaleras empinadas, o cuando oyen en algún lugar la voz que tanto ansían y no está. Las que no se ponen una lata de cerveza, ni visten vaqueros ceñidos. Madres de encima del fregadero, de las de antes, y las de ahora, pero de las que reservan dinero para comprarse un sujetador nuevo, como la mujer de mediana edad que anduvo detrás del patio. Personas que no están llenas, pero que te llenan la vida. Que se echan de menos.

Quizás por eso no le gusto demasiado a la gente, o me tienen respeto, miedo, o no sabemos darnos de veras los unos a los otros. A todos eso nos duele, hombres, hijos, mujeres y madres. Por eso secamos los platos en silencio, y se nos pasan los años sin saber si habrá alguien el día de mañana. Una madre siempre, pero también envejece, y necesitan sus atenciones. Y hay días que cuesta fijar la mirada en ellas… pero eso sí, en la calle se agolpan los curiosos en nada que un tonto se pone a hacer tonterías como si eso fuera lo oportuno y necesario, la felicidad de los infelices, el ruido de las cosas al caer. Personas que se quieren, que se desean, que se necesitan, que están y que no están. Personas solas. Que no piensan darse ni huir, acontecer, aconteciendo. Y quizás algunas buenas mujeres sean todavía como aquellas madres que querían cocinar un estofado, tejerte una bufanda y hasta escribirte o leerte un cuento, tuvieran o no cazuela, lana o pluma y letras.

Sin embargo, pareciera que no sentimos nada, que todos somos muy dignos, capaces y que lo sabemos todo. Que no necesitamos nada, ni a nadie, que el mundo en el que vivimos refleja fielmente nuestra personalidad. ¡Una puta mierda!

El caso es que aquel domingo no derramé ni una lágrima, ni la última vez que acompañé a mi madre a urgencias. Ni tristeza, ni soledad, ni amargura… No creo que eso sea el amor, tenga o no el semblante atónito. Y sé que no es egoísmo, aunque lo parezca. Quiero conocer a alguien que me quiera con toda su alma, como una madre, y que esté, que seamos los dos, siempre… y sé que estaría mucho más triste, porque en la vida pasan cosas, hay accidentes, y las personas se mueren… Quizás sea por haber esperado tanto tiempo, por haber sido un cobarde, o por el desatino. Por eso es tan difícil huir de la perfección, de ese egoísmo barato o caro, del no necesitar nada cuando sí se necesita; vaya que se necesita.

23
Abr

Cicatrices de esperanza

Otros, que las veían, sabían de lo bonito. Por cómo eran capaces de tejer y por cómo miraban sin ruido, siempre con mucho trabajo detrás. Pero también formaban parte de ese mundo anónimo, con sigilo, ese que era de otra forma.

Personas que no se atrevían a mostrarse como realmente eran. Y así se enfrentaban a la vida, haciéndose las preguntas y llorando cada cual a su manera. Solos, por acompañados/as, si acaso, en la nación de los extraños. Un idioma siempre al borde de la extinción: querer, querer querer, querer quererse.

La dulce existencia y otras formas de volver a casa, de tener casa propia. De poder andar de veras desnuda por ella, confiada a la otra persona. Esa cierta idea de mundo que todos ansiaban, no sabiendo ni cómo ni cuándo, o no atreviéndose y los ojos en el silencio deseando frente al olvido.  

16
Abr

Corazón de piedra

De lejos no se distinguía si esa mujer era así o en verdad disimulaba. De cerca, estaba claro que intentaba salir del apego amoroso y también desconectar del trabajo.

Era víctima de sí misma y de los adolescentes que crecían sin reglas algunas. Porque se sentía más mayor, pero menos vieja. Más fuerte, aunque en la vida siempre había algo que perderse para poder disfrutar de algo. Y ese algo apenas le permitía la fragilidad del gesto.

El lápiz de las memorias le era leer y estar ocupada mientras iba de un sitio a otro. Amaba y fustigaba a partes iguales; era su oficio. Todo, en una sociedad enferma de muchas cosas, entre otras, de frustración, ganándose la vida asesorando sobre el orden correcto de las cosas.

Ayudaba a los padres a cómo manejarse con la nada; y a los hijos les enseñaba a dialogar y a evitar el vértigo que daba el ser un incomprendido a ciertas edades. Siempre era la impaciencia por ganar lo que les hacía perder a unos y a otros, padres e hijos. Esa intervenía en problemas reales de la sociedad, trabajando la edad experimental de quienes se hacían mayores y no querían, y quienes, no siéndolo, se lo creían a toda costa.

Un trabajo bien pagado, pero mal remunerado. Casi todos los días los pasaba sola, yendo de un sitio a otro y escuchando problemas por doquier; nadie decía quejarse, si bien todos le reclamaban atención. Se había abierto un abismo de rencor e incomprensión sin precedentes. Las personas se ponían inaguantables los unos con los otros, sencillamente porque les habían educado para un mundo que ya no existía, el cual acogía más desgracias de las que salían en los periódicos, faltando los silencios como vínculo familiar. Los verdaderos silencios.

A los milagros hay que llamarlos

 

9
Abr

Dormir sin ropa

Él no debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido o perdería la pureza de sus principios.

El ámbito de la casa era amplio y luminoso. La única relación extraña la hablaron en su día, quedándose ambos con una sonrisa maligna.

No parecía la misma desde entonces. Y no había escapatoria, ella era quien tenía la sartén por el mango de la relación. Su hermana, la insufrible, corrompiendo lo indecible.

Desde entonces tuvo la memoria con tal nitidez que no había noche que no se desvistiera. Le cambiaba el color de los ojos al llegar el momento. Se desparramaba callada hasta un poco antes de la hora de los desayunos, paseándose y enroscándose la joven desde sus mismísimos tobillos bien temperados.  

Aquel fin de año siempre le pesaría a él. La falta de sosiego había acabado con el rigor de sus días. Las Hermanas Adoratrices se habían empeñado en hacérselo pasar mal día sí, día también. Y él siempre había entendido que morirse de amor no era más que una licencia poética, pero lo peor no era que no llevasen ropa, ni la una ni la otra. Encima, en el hospital psiquiátrico.

Jamás imaginó que una niña dormida pudiera serle tan miserable, causándole semejante estrago. La que se volvió de lágrima fácil. La que hacía de médico no, muy profesional, cerca de su última vejez; guapísima su esposa.   

Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.

Cerrar