Al día siguiente les anunció que su tía los acompañaría a recorrer la ciudad. Del mal tiempo solo quedaba el frío; el sol aventuraba con regalarles algunos rayos que se filtrarían entre las nubes, reflejándose en las copas de los árboles. Entretanto, la noche y su espíritu aguardaban con todo lo necesario en el carnaval de los días y los trabajos.
Aquel era uno de los momentos más expuestos del plan. Lo de usar a su propia familia no tenía ni nombre. Peor que el ruido de los disparos alzados sobre el traqueteo del tren de cuando, siendo joven, huyeron, no pudiendo permitirse sus padres que ni una sola gota de sangre los delatara, sumidos en la incertidumbre y acaso en la tristeza.
Unos golpes en la puerta les hicieron guardar silencio. Golpes dados con frialdad, la misma que tanto le irritaba. El piso era pequeño, pero suficiente para no sentirse agobiados. Debía conformarse con seguir siendo una perdedora o dar la cara (pero en el fondo de su alma sabía que a su marido le habían matado).
Los años pasaban, la vida no. Sus vidas se pararon. La ausencia, al principio les resultó insoportable. Pero no se lo confesaron la una a la otra: madre e hija. Habían aprendido a no quejarse, a encajar lo que los días les iban deparando. Ninguna madre dejaba de llorar al hijo que perdía.
Llevaba días como que sentada en un banco, en la nada, mirando el color anaranjado del celeste cielo y lo púrpura, más bien, del suelo y la línea de tierra, sin que sus labios se encresparan para beso alguno de más ni de menos.
No quería ruidos ni caer en el victimismo, tampoco creyó jamás en el oportunismo rentable del vender o decir algo que no tuviera el suficiente valor.
Encima, el aviso le había pillado justo con varios trabajos y relaciones a medias. Imposible desconectar del todo y seguir como si todo, como si nada, como si nadie. Y eso que ya tenía una edad y sabía cómo sobrevivir a una boda o a un funeral, también lo que debía y no debía decir en momentos incómodos, hasta fingir una llamada urgente cuando la conversación no tenía fin. Por tener, hasta tenía un kit de supervivencia a falta de una renovada cita de amor.
Cierto es que se le había relajado la postura, y no solo al caminar. Que tenía la mirada perdida, y que aquel don de la sonrisa genuina se le estaba escapando. Dominaba, eso sí, los códigos de vestimenta de una forma acertadamente silenciosa. Y se mantenía conectada, pero no dependiendo de la tecnología en exceso, muy lejos de ser una de tantos, de esos del nacer un día en el que Dios estuvo enfermo.
Eso sí que le era extraño, ambiguo. Ni hierbas para que se tranquilizase, ni medicinas, ni esconder discretamente un cuchillo de cocina bajo la almohada del dormitorio. Sin creer, creía en algo: Dios o lo que fuera. Ese y otros muchos. Su madre no sufría milagrosamente, su padre tampoco y eso que pereció enfermo, y el marido menos aún y eso que las estaba pasando canutas en el hospital.
Así pasara la vida, como raro espejismo, y que volviera a llover agua sucia… que creía en algo. Ese algo que hacía que las enfermeras fueran eso, que los médicos ejercieran debidamente, que la logística funcionase, que la familia acompañase, que las amistades ayudasen, y que desde el trabajo los compañeros no molestasen cuando había momentos en la vida que no tenían ocasión mayor que atender al paciente pues ya volvería la vida a ser eso y más antes o después.
Siempre llevaba encima una capa de calma esterilizada; pareciera que no experimentara realmente las cosas, que se limitara a contemplarla desde lejos, bien cerca.
Dos días le quedaban a esa madre, y señora.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… que emponzoñan el alma. Caídas hondas, de volverse los ojos y esperar sobre el hombro una palmada.
En Prosperidad sucedía, sucede, eso, no en vano era un espacio de soledades compartidas. En tal lugar no hacía falta pedir cita ni alegar legitimidad alguna, todos eran bienvenidos. De primeras, con tensión nerviosa y con dolor… hasta con un charco de culpa. Momentos complicados.
Allí, las venas pasaban a ser fermentos, las sombras se deshojaban, igualándose… y a fuerza de estar se aprendía a pasar los días. Cierto es que había labios que lloraban arias olvidadas, nombres. Otros reían la luz de la vuelta. Más nadie sobraba ni faltaba: heroínas, víctimas, culpables, los visiblemente preocupados.
El último de un accidente de tren a lo largo de un cuello que se ahogaba, cuyo ajuar fue constelado por una aurora. Pronta partida, inesperada en el lirismo del invierno. Ese y otros muchos se hicieron de noche por cuando las miradas intentaban ayudarles con una jauría de remordimientos. Azul, azules, urdidos en el hierro, hierros, amortajando las pupilas que trenzaban aullidos.
Si bien, Prosperidad era descanso, soledades compartidas en un mismo espacio donde todos los nombres propios cabían, los momentos, cada paso, cada impulso, cada… saliendo en sus lutos rigurosos ondulándose entre nosotros.
DEP
Nunca me verás prohibiéndote nada, pero desde tu libertad me mostrarás lo que significo para ti.
Ese era el deseo más común en Prosperidad,
y en los días y en los trabajos (paso previo, obligado).
En la vida las cosas no estaban ordenadas, ni tenían sentido ni escondían una metáfora. Los males del mundo estaban repartidos, una suma mal resuelta.
La magia de conectar y la suerte de coincidir, en parte eran los niños. Los niños, el único amor del que no se habían arrepentido de vivir. Muebles hablando, animales cantando, girando… afuera la fealdad del mundo. El valor huyendo de cualquier precio. Su hijo era así.
Ellos, un pueblo sumido en el silencio artificial. Les tocaba entregar a ese último hijo, era el siguiente. Así se las manejaban en los genocidios.
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