Extraños (Blog)

26
Mar

No todo lo que se rompe hace ruido

Entró caminando y se fue quitando la ropa mojada mientras sorteaba los muebles sin encender las luces, voluntariamente ciega.

Yo le seguí, o seguí su sombra, y me di cuenta de que ella quería que le siguiera. El mundo era negro y azul.

El ruido de las cosas al caer

19
Mar

Hágase la luz

Sus manos a menudo le recordaban a él. Tenía que soportar un reto y otro más, cargando con su propia condena. A veces le daba un poco de apuro.

No sabía pensar en él sin cerrar los ojos, sin dejarse atravesar. No sabía abrazarlo, bañarse en el mar, ni cómo, para qué, cuándo. Tenía un vacío que no se le llenaba.  

Si el mar regresara se cambiaría por él sin pensarlo y, a renglón seguido, de poder ya no habría más mar… ese era su llamamiento… y de su esposa, la madre de su hijo… su mar, su crueldad.  

El día que llovió hacia arriba

 

12
Mar

Los días de la infancia

Recordaría esas últimas tres semanas como se recuerdan los días de la infancia, sus imágenes y sus fechas. Había comenzado a llevar una doble vida. La edad adulta traía consigo la ilusión perniciosa del control y los espejismos.

Había toda una cadena de circunstancias, de errores culpables o de afortunadas decisiones. Nadie supo nunca cómo ocurrió, si el avión se rompió en el aire o si fue cosa del choque. Los pilotos buenos estaban muy cotizados; las bandas se los disputaban.

¿Por qué las rosas ya no huelen como antes?

5
Mar

La mirada de los ausentes

Cuando el médico le fue a explicar los usos del disparador que tenía en la mano, por aquello del dolor y que la morfina intravenosa le mitigaría en parte el sufrimiento casi de inmediato, la volvió a ver y, desde entonces, las horas que le siguieron fueron lo más parecido al paraíso.

Abría los ojos para encontrarse con un paisaje extraño y estaba ella. Dormía, sin rutina aparente, y la soñaba casi que más si cabe. Y siempre como si fuera la primera vez. Su mujer; de día y de noche.

Su hija, que le soportaba y apretaba la mano de cuando en cuando, ella y la estufa de gas por calor que hubiera, sin importar la hora que fuera, no le contradecían en la inequívoca certidumbre del estar muriéndose en vida recordando a su esposa, fallecida varios años antes.

Mejor eso que los rostros de los asesinos escondidos tras las viseras, que de eso iba el libro gordo de la hija, de la ansiedad y la paranoia de los estruendosos disparos y el silbido continuo en sus tímpanos resentidos, por oficial del ejército que era y su permiso de dos días; mirando los movimientos de la noche más las luces verdes y rojas de los aviones cuando el cielo estaba limpio. Otra que recordaba los ojos verdes más claros que jamás se habían visto, el pelo castaño liso, su marcada cintura…

Lo demás le sería subirse al autobús y los horarios impredecibles y comenzar a seguir abriéndose paso a codazos en la vida tras juntarlos por última vez, y sin reprocharles que fue adoptada, tapándose donde le hubieron de hacer el torniquete mejor que una veinteañera harta de su país.

A los milagros había que llamarlos:

Nunca habían hablado de eso,

y nunca lo harían

 

26
Feb

Unos sirven, otros mandan

Conocido por su propensión a sacar los tanques a la calle, debía admitir que su hija era toda una artista, habiéndosele ocurrido usar a su propia hermana para firmar su última obra. Y la peque, encantada, solo que un buen militar no se rendía nunca.

Para el padre de esas dos niñas, mujercitas que siempre estaban en la edad de las primeras veces, nunca el silencio fue tan atronador ni tan emocionante… Cuando la vio metida en un cuadro, aquello provocó el nacimiento de un gesto póstumo, un gesto de hombre que sabía que iba a morir… o que ya estaba muerto.

Su esposa, con quien por la noche jugaba al dominó, solitos (experimentando el despertar de la incandescencia a eso de las luces led), de pie en otro cuadro que se encontraba en el salón-comedor, dejó de mirarle con expresión ausente y la gracia del vivir, sumida en un estado de cabreo mayor, a duras penas sosteniéndose del cáncamo.

Tan revolucionada que pensó en asesinarlo para cuando llegase la noche y se sentase a sus pies, del rapapolvo que le echó a la mayor, quien había sufrido lo suyo con el accidente y la ley suprema del destino, debiendo hacer de hija y madre, hasta de esposa y amiga en según qué momentos.

 

19
Feb

Al día siguiente

Al día siguiente les anunció que su tía los acompañaría a recorrer la ciudad. Del mal tiempo solo quedaba el frío; el sol aventuraba con regalarles algunos rayos que se filtrarían entre las nubes, reflejándose en las copas de los árboles. Entretanto, la noche y su espíritu aguardaban con todo lo necesario en el carnaval de los días y los trabajos.

Aquel era uno de los momentos más expuestos del plan. Lo de usar a su propia familia no tenía ni nombre. Peor que el ruido de los disparos alzados sobre el traqueteo del tren de cuando, siendo joven, huyeron, no pudiendo permitirse sus padres que ni una sola gota de sangre los delatara, sumidos en la incertidumbre y acaso en la tristeza.

Unos golpes en la puerta les hicieron guardar silencio. Golpes dados con frialdad, la misma que tanto le irritaba. El piso era pequeño, pero suficiente para no sentirse agobiados. Debía conformarse con seguir siendo una perdedora o dar la cara (pero en el fondo de su alma sabía que a su marido le habían matado).

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