Sus manos a menudo le recordaban a él. Tenía que soportar un reto y otro más, cargando con su propia condena. A veces le daba un poco de apuro.
No sabía pensar en él sin cerrar los ojos, sin dejarse atravesar. No sabía abrazarlo, bañarse en el mar, ni cómo, para qué, cuándo. Tenía un vacío que no se le llenaba.
Si el mar regresara se cambiaría por él sin pensarlo y, a renglón seguido, de poder ya no habría más mar… ese era su llamamiento… y de su esposa, la madre de su hijo… su mar, su crueldad.
El día que llovió hacia arriba
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