Comprendió la futilidad de preocuparse por cosas materiales antes de morir.
—Si tienes que mirar hacia atrás, hazlo con perdón —le aconsejó—. Si tienes que mirar hacia adelante, hazlo con amor.
Sin embargo, la cosa más sabia que pudo hacer fue estar en el presente con agradecimiento.
Su psiquiatra, cámara en mano, los grabó a condición de que no la tocase. Ese día el cine le fue distinto. Ofrecía a los ciudadanos soluciones con una mezcla inseparable de convivencia y control.
La realidad era bastante más compleja. Así era la gente que alquilaba amigos.
Él no debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido o perdería la pureza de sus principios.
El ámbito de la casa era amplio y luminoso. La única relación extraña la hablaron en su día, quedándose ambos con una sonrisa maligna.
No parecía la misma desde entonces. Y no había escapatoria, ella era quien tenía la sartén por el mango de la relación. Su hermana, la insufrible, corrompiendo lo indecible.
Desde entonces tuvo la memoria con tal nitidez que no había noche que no se desvistiera. Le cambiaba el color de los ojos al llegar el momento. Se desparramaba callada hasta un poco antes de la hora de los desayunos, paseándose y enroscándose la joven desde sus mismísimos tobillos bien temperados.
Aquel fin de año siempre le pesaría a él. La falta de sosiego había acabado con el rigor de sus días. Las Hermanas Adoratrices se habían empeñado en hacérselo pasar mal día sí, día también. Y él siempre había entendido que morirse de amor no era más que una licencia poética, pero lo peor no era que no llevasen ropa, ni la una ni la otra. Encima, en el hospital psiquiátrico.
Jamás imaginó que una niña dormida pudiera serle tan miserable, causándole semejante estrago. La que se volvió de lágrima fácil. La que hacía de médico no, muy profesional, cerca de su última vejez; guapísima su esposa.
A veces se despertaba de noche a su lado, y si ella también estaba medio despierta se hundía por entre su busto, brazos y piernas, o si no la buscaba y se dejaba querer. No hacía falta decir nada. Hasta llegaba a quedarse dormido dentro de su cuerpo, algo sinigual.
De día, con el regusto amargo del café, alguna calada al cigarrillo y por cuando los ojos se iban haciendo, tampoco es que se dijesen nada. Incluidas noches de esas en las que probaban cosas, ahogándose y dejándose en el tiempo, deseosos hasta hartarse o caer de un respingo y que el otro sintiera un dolor punzante en el pecho.
El edificio apenas los sentía parpadear, como mucho aclararse la garganta o llorar sin haberlo aprendido bien por las cosas inevitables, esas de cuando se volvía a los pueblos y sus funerales. Pueblos, del todo blanco y todo negro, que el dinero no lo compraba todo; eso sí, lugares en donde lo que estaba hecho con amor siempre estaba bien hecho, muy de gente de allí.
Con el paso de los años no era difícil mantener la continuidad y los hechos que otros habían creado. Una familia de silencios reunidos al fin y al cabo.
Quienes los veían desde fuera, observaban que con ellos el invierno se sentía verano, y viceversa, siempre igual, día tras día. Y no porque fueran mudos, envidia que sí y que no tenían, que lo eran, sino porque pasase lo que pasase, invariablemente se volvían a dormir abrazados, sin hablar.
Y eso era amor, autenticidad, quererse bien, necesitarse y cuidarse. Lo demás, ¿a saber?
Desconfianza hacia el otro, celos, curiosidad, inseguridad en la relación y/o la otra persona. “Te quiero”. “Vamos a hablar”. Pensar que el otro te está mintiendo adrede. Querer hacer planes, no aceptar ningunos otros. Inconsistencia. Poner en riesgo todo.
De ver cortinas, estores, blusas, vestidos, a la nada más despreciable. Del querer saber de más y pedir explicaciones a la peor experiencia sensitiva, mirando de otra forma a eso que se llama realidad.
Acusar primero, preguntar afirmando no mucho después. Frases sinuosas, violentas, llenas de ritmo. Reproches, cautelas, daños. Y pretender una enriquecedora conversación.
Despedir el año, empezar otro más, distinto, igual. Almas que tienen prisa cual niña que recibió los caramelos hace ya demasiado tiempo. Personas, abrazos sin gracia. Objeto de deseo y vejación.
Perder la razón aún teniendo la razón. Echar por tierra todo lo conseguido. Ese mucho, ese poco. Ese todo… Ir del engaño al cinismo. Amor y autenticidad.
Quedarse callada, morderse los dientes. En todas partes y al mismo tiempo. Zigzagueante.
La minipimer se había roto, ese también era otro problema bien grande. Que no exprimía la naranja la puta batidora. El mundo se iba a caer por estar unas horas, días, sin la minipimer, y peor aún que su sustituta (otra batidora) no exprimiera.
Complicidad absoluta, postrimerías… La verdadera belleza jamás se midió en perfección, ni el amor inolvidable.
Ganar la batalla, perder la guerra.
PEBELTOR
Tus actos pueden ser el único evangelio que algunas personas escuchen hoy en día.
San Francisco de Asís.
Con la esperanza de que se quedase, ella se inventaba cada viernes un pretexto para aplazar la partida; es más, se prometía no mirar la hora del reloj. Ella lo entretenía, como que mostrándole sus riquezas de mujer y dándose al buen vivir. Él se dejaba querer, sin darse cuenta de que la alentaba; y a su modo resultaba agradable entregado al amor.
En suma, cumplían y callaban a base de murmullos y gemidos, sumidos en ensoñaciones varias y esa parte del día de cada semana que los gobernaba haciendo como que nada antes hubiera pasado guardándose fidelidad y, por otra parte, deseando tener hijos.
De vuelta a casa era cuando cada cual miraba al cielo y echaba cuentas: llevaban, entre los dos, sin desaires ni muchas cavilaciones quince muertos; uno por cada semana.
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