Tag: dolor punzante

6
Feb

Después se volvían a dormir abrazados

A veces se despertaba de noche a su lado, y si ella también estaba medio despierta se hundía por entre su busto, brazos y piernas, o si no la buscaba y se dejaba querer. No hacía falta decir nada. Hasta llegaba a quedarse dormido dentro de su cuerpo, algo sinigual.

De día, con el regusto amargo del café, alguna calada al cigarrillo y por cuando los ojos se iban haciendo, tampoco es que se dijesen nada. Incluidas noches de esas en las que probaban cosas, ahogándose y dejándose en el tiempo, deseosos hasta hartarse o caer de un respingo y que el otro sintiera un dolor punzante en el pecho.

El edificio apenas los sentía parpadear, como mucho aclararse la garganta o llorar sin haberlo aprendido bien por las cosas inevitables, esas de cuando se volvía a los pueblos y sus funerales. Pueblos, del todo blanco y todo negro, que el dinero no lo compraba todo; eso sí, lugares en donde lo que estaba hecho con amor siempre estaba bien hecho, muy de gente de allí.

Con el paso de los años no era difícil mantener la continuidad y los hechos que otros habían creado. Una familia de silencios reunidos al fin y al cabo.

Quienes los veían desde fuera, observaban que con ellos el invierno se sentía verano, y viceversa, siempre igual, día tras día. Y no porque fueran mudos, envidia que sí y que no tenían, que lo eran, sino porque pasase lo que pasase, invariablemente se volvían a dormir abrazados, sin hablar.

Y eso era amor, autenticidad, quererse bien, necesitarse y cuidarse. Lo demás, ¿a saber?

PEBELTOR

21
Jul

230 millones

Se trataba de descansar, de relajar el gesto. Esa y no otra era la única baza, y que surgiera de nuevo algo. De por sí a Marco le entraban náuseas. Algo le podía, si bien, había demasiado en juego como para echarse atrás. Dinero y lo que no era dinero.

Quien se entretuviese consigo mismo, con la pareja y con la bicicleta ganaría el bote. 230 millones, que deducidos los impuestos vendrían a ser 200 millones limpios de polvo y paja.

Hasta la fecha ningún imbécil lo había conseguido, rugiendo de dolor y derrumbándose de forma casi violenta al suelo pasados unos días.

Marco ya sentía un dolor punzante en la cabeza, y el suelo del garaje estaba bastante duro. Ella casi que lo estrangula con sus propias manos, que también lo pasaba espantosamente mal, apenas sonándole el móvil, aturdida como que mirando la nada, temblándole todo el cuerpo a punto de soltarle: “No puedo más, esto es suficiente”.

Dos policías uniformados los vigilaban, dos que lo habían visto todo. Dos que ya no atisbaban besos. Y eso que les habían llevado el premio como motivación, teniéndolo muy a mano. Y hasta un abogado de los de verdad para la firma. Y una ambulancia por si acaso.

Llevaban diecisiete años de intentos baldíos. Al primer vómito o graznido roto pasarían el bote a la edición dieciocho. Demasiado no era suficiente. Y la bicicleta parada, quieta. Solo ellos, sin planes, sin obligaciones.

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