Él no debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido o perdería la pureza de sus principios.

El ámbito de la casa era amplio y luminoso. La única relación extraña la hablaron en su día, quedándose ambos con una sonrisa maligna.

No parecía la misma desde entonces. Y no había escapatoria, ella era quien tenía la sartén por el mango de la relación. Su hermana, la insufrible, corrompiendo lo indecible.

Desde entonces tuvo la memoria con tal nitidez que no había noche que no se desvistiera. Le cambiaba el color de los ojos al llegar el momento. Se desparramaba callada hasta un poco antes de la hora de los desayunos, paseándose y enroscándose la joven desde sus mismísimos tobillos bien temperados.  

Aquel fin de año siempre le pesaría a él. La falta de sosiego había acabado con el rigor de sus días. Las Hermanas Adoratrices se habían empeñado en hacérselo pasar mal día sí, día también. Y él siempre había entendido que morirse de amor no era más que una licencia poética, pero lo peor no era que no llevasen ropa, ni la una ni la otra. Encima, en el hospital psiquiátrico.

Jamás imaginó que una niña dormida pudiera serle tan miserable, causándole semejante estrago. La que se volvió de lágrima fácil. La que hacía de médico no, muy profesional, cerca de su última vejez; guapísima su esposa.   

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