Tag: envejecer

30
Abr

El precio del lujo, de una madre

El domingo me levanté a las nueve de la mañana, me afeité, hice la colada y tendí la ropa. Hacía un día de esos espléndidos para la mayoría. Iba vestido con una camiseta para estar por casa. La ciudad y sus ruidos resonaban a medias. Una mujer de mediana edad cruzaba por la calle que daba al patio, y al verla pasar empecé a sentir ese apego, un tanto de extrañeza.

Aquel domingo solo había ancianas más allá del tendedero, y la mujer aquella, de las gafas de sol y estilo deportivo que iba a por el pan por la calle de atrás, como cada fin de semana. Una mujer limpia y contaminada. 

Por supuesto que intenté borrarla; se había mudado, solo que como la bruma aparecía y desaparecía cuando menos te lo esperas, terca, y eso que no era del todo feliz sola. Lo mismito que cualquier madre y la mayoría de la gente. Madres de esas que, con los años y los alquileres altos, tuvieran o no casa propia, lo percibían todo como una pátina de suciedad. La falta del marido, que los hijos tuvieran o no su propia vida, que los comercios no fueran los de siempre, y hasta las puertas de las casas, los timbres o cómo las personas les alzan la mirada a las ancianas.

Madres de infinitas precauciones con las escaleras empinadas, o cuando oyen en algún lugar la voz que tanto ansían y no está. Las que no se ponen una lata de cerveza, ni visten vaqueros ceñidos. Madres de encima del fregadero, de las de antes, y las de ahora, pero de las que reservan dinero para comprarse un sujetador nuevo, como la mujer de mediana edad que anduvo detrás del patio. Personas que no están llenas, pero que te llenan la vida. Que se echan de menos.

Quizás por eso no le gusto demasiado a la gente, o me tienen respeto, miedo, o no sabemos darnos de veras los unos a los otros. A todos eso nos duele, hombres, hijos, mujeres y madres. Por eso secamos los platos en silencio, y se nos pasan los años sin saber si habrá alguien el día de mañana. Una madre siempre, pero también envejece, y necesitan sus atenciones. Y hay días que cuesta fijar la mirada en ellas… pero eso sí, en la calle se agolpan los curiosos en nada que un tonto se pone a hacer tonterías como si eso fuera lo oportuno y necesario, la felicidad de los infelices, el ruido de las cosas al caer. Personas que se quieren, que se desean, que se necesitan, que están y que no están. Personas solas. Que no piensan darse ni huir, acontecer, aconteciendo. Y quizás algunas buenas mujeres sean todavía como aquellas madres que querían cocinar un estofado, tejerte una bufanda y hasta escribirte o leerte un cuento, tuvieran o no cazuela, lana o pluma y letras.

Sin embargo, pareciera que no sentimos nada, que todos somos muy dignos, capaces y que lo sabemos todo. Que no necesitamos nada, ni a nadie, que el mundo en el que vivimos refleja fielmente nuestra personalidad. ¡Una puta mierda!

El caso es que aquel domingo no derramé ni una lágrima, ni la última vez que acompañé a mi madre a urgencias. Ni tristeza, ni soledad, ni amargura… No creo que eso sea el amor, tenga o no el semblante atónito. Y sé que no es egoísmo, aunque lo parezca. Quiero conocer a alguien que me quiera con toda su alma, como una madre, y que esté, que seamos los dos, siempre… y sé que estaría mucho más triste, porque en la vida pasan cosas, hay accidentes, y las personas se mueren… Quizás sea por haber esperado tanto tiempo, por haber sido un cobarde, o por el desatino. Por eso es tan difícil huir de la perfección, de ese egoísmo barato o caro, del no necesitar nada cuando sí se necesita; vaya que se necesita.

26
Ene

Y esa otra realidad: alguien que no quería envejecer

Han sido meses escribiendo una novela, que, finalmente, decido empezar de nuevo. Escribí gustándome el personaje, hasta me llegué a sentir de la misma forma que él, sin embargo, al terminar, ese todo me deja casi sin voz, con la moral flexible y una mezcla de biologías y sentimientos que lo sobrevuelan todo. Era una novela, no un diario o un relato cualquiera. Llegué a oler como él.

Ese personaje traspasó mis letras porque a poco lo vi en pantalla a una velocidad inusitada. Y he sufrido esa luz que arrojan todas las secuencias que perpetúan las retinas. Lo vi como película, con todos los valores. Tenía el enemigo adentro. Y no he sabido darle toda la excelencia. Por ello, he tirado mi libro, mi historia. Toda esa historia de sementales se ha quedado en nada. Cuando uno escribe las palabras también te dicen: a mí me han ganado.

Esas letras ya no tienen voz, forman parte del olvido. Trataban de la evolución humana, de alguien que no quería envejecer. De una persona que sobrellevaba el día a día robando. Su identidad tenía ambición, con él llegué a la diversión y a una villa imperfecta llamada “Olvido” donde había personas de muchas nacionalidades. Donde se nos permitía hacer lo que quisiéramos, todo bajo el mismo idioma: calcar. Había belleza, y arte, sobre todo lo último. De hecho, era un laberinto de obras robadas, algunas detrás de ventanas mal iluminadas, o a la vuelta de algún que otro cubilete, incluso separando el ancho de la calle.

Él fumaba mucho: el Chincheta. Un tal Gabriel, quien demandaba mi atención. Al darte la mano te daba un respingo. Tal vez solo una costumbre sin esperanza. Las mujeres tenían una edad relativamente joven. Todas debían renunciar a algo, como todos; ninguno llegamos a Olvido sabiendo lo que íbamos a encontrar. A cada cual le vendió un humo distinto. Juntos, nos creó la coparentalidad. Todos éramos de todos, mientras él sentía las presiones del reloj biológico.

Su hija y un nutrido grupo de doctores, encabezado por Leslie, una rara avis, normalizaban todos esos cambios y nos establecían vínculos. A mí me encajaron con las francesas. Era eso, el que las calcaba. Para mí empezó siendo difícil, luego un placer y finalmente un tormento, conflictos.  

Unos decían que ese lugar estaba en Colombia, otros en alta mar. Destruí esa noción. Llegó un momento en el que no pude más que pisotear todo ese armamento y las nociones. Entendí que no era un monumento más, y que el rencor, la venganza y la humillación llegarían tarde o temprano. No ahorré en recursos, tampoco me convenció el cierre: forzado.

Me avergüenza cómo los políticos permitieron eso. El arte es solo una manera de fracasar mejor, un hilo para entender la realidad. El Chincheta había caído en la lógica de ser tan certero y profundo que me permitió manejar los clasicismos, racismos y machismos generando marginalidades. Su duelo solo lo podía concebir en el conflicto armado al tiempo que su envejecimiento seguía de manera responsable, amorosa y descarnada.

Y entonces entendí que el arte tiene una capacidad de acción lenta, no así la vida. Quizás me obsesioné con ganar y no vi el sentido de esas imágenes (de noche y de día), hasta lo consideré un caballero, al sinvergüenza. Tuve ese problema, escribí con mucha fuerza y probablemente he malgastado esos meses porque no hemos parado de crecer, por más titulares que le daba, discursando. Hablamos mucho él y yo, en la libertad de su villa, una de tantas.  

La frágil moral también será recordada por eso. Nada es comparable. Dos inviernos u otoños tendrá, lo mismo hasta primaveras, no sé. La verdad es que me paralizó, imbuido… para nada. Ni me di cuenta que estaba sangrando por todas mis presiones o neutralidades. ¿Faltó cariño?, ¿traté de protegerme del futuro?, ¿no he sabido respetar mi opinión?, ¿es autocensura?… ufff. Igual es verdad: en las casas que hay perro huele a perro.

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