El precio del lujo, de una madre

El domingo me levanté a las nueve de la mañana, me afeité, hice la colada y tendí la ropa. Hacía un día de esos espléndidos para la mayoría. Iba vestido con una camiseta para estar por casa. La ciudad y sus ruidos resonaban a medias. Una mujer de mediana edad cruzaba por la calle que daba al patio, y al verla pasar empecé a sentir ese apego, un tanto de extrañeza.

Aquel domingo solo había ancianas más allá del tendedero, y la mujer aquella, de las gafas de sol y estilo deportivo que iba a por el pan por la calle de atrás, como cada fin de semana. Una mujer limpia y contaminada. 

Por supuesto que intenté borrarla; se había mudado, solo que como la bruma aparecía y desaparecía cuando menos te lo esperas, terca, y eso que no era del todo feliz sola. Lo mismito que cualquier madre y la mayoría de la gente. Madres de esas que, con los años y los alquileres altos, tuvieran o no casa propia, lo percibían todo como una pátina de suciedad. La falta del marido, que los hijos tuvieran o no su propia vida, que los comercios no fueran los de siempre, y hasta las puertas de las casas, los timbres o cómo las personas les alzan la mirada a las ancianas.

Madres de infinitas precauciones con las escaleras empinadas, o cuando oyen en algún lugar la voz que tanto ansían y no está. Las que no se ponen una lata de cerveza, ni visten vaqueros ceñidos. Madres de encima del fregadero, de las de antes, y las de ahora, pero de las que reservan dinero para comprarse un sujetador nuevo, como la mujer de mediana edad que anduvo detrás del patio. Personas que no están llenas, pero que te llenan la vida. Que se echan de menos.

Quizás por eso no le gusto demasiado a la gente, o me tienen respeto, miedo, o no sabemos darnos de veras los unos a los otros. A todos eso nos duele, hombres, hijos, mujeres y madres. Por eso secamos los platos en silencio, y se nos pasan los años sin saber si habrá alguien el día de mañana. Una madre siempre, pero también envejece, y necesitan sus atenciones. Y hay días que cuesta fijar la mirada en ellas… pero eso sí, en la calle se agolpan los curiosos en nada que un tonto se pone a hacer tonterías como si eso fuera lo oportuno y necesario, la felicidad de los infelices, el ruido de las cosas al caer. Personas que se quieren, que se desean, que se necesitan, que están y que no están. Personas solas. Que no piensan darse ni huir, acontecer, aconteciendo. Y quizás algunas buenas mujeres sean todavía como aquellas madres que querían cocinar un estofado, tejerte una bufanda y hasta escribirte o leerte un cuento, tuvieran o no cazuela, lana o pluma y letras.

Sin embargo, pareciera que no sentimos nada, que todos somos muy dignos, capaces y que lo sabemos todo. Que no necesitamos nada, ni a nadie, que el mundo en el que vivimos refleja fielmente nuestra personalidad. ¡Una puta mierda!

El caso es que aquel domingo no derramé ni una lágrima, ni la última vez que acompañé a mi madre a urgencias. Ni tristeza, ni soledad, ni amargura… No creo que eso sea el amor, tenga o no el semblante atónito. Y sé que no es egoísmo, aunque lo parezca. Quiero conocer a alguien que me quiera con toda su alma, como una madre, y que esté, que seamos los dos, siempre… y sé que estaría mucho más triste, porque en la vida pasan cosas, hay accidentes, y las personas se mueren… Quizás sea por haber esperado tanto tiempo, por haber sido un cobarde, o por el desatino. Por eso es tan difícil huir de la perfección, de ese egoísmo barato o caro, del no necesitar nada cuando sí se necesita; vaya que se necesita.

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