Tras un cúmulo de fatalidades llegó a pagar por tener novia, y eso que los malos solían ser más sinceros y divertidos que los buenos. Pero no cualquiera llegaba a trabajar en los Juzgados.
Los del convenio colectivo no le hicieron ni caso, más pendientes de si en Navidad se ponía o no un arbolito con luces y guirnaldas o el portal de Belén en la entrada del Edificio.
En el bar, cierto es, que cada vez se comía más deprisa y peor. Con la mirada perdida, como si ya tuvieran la muerte bien metida adentro.
La prensa local no mirando más allá de sus entendederas, y los de ámbito nacional con otras cosas, que la pólvora ya estaba inventada.
Ahora bien, toda vez que le demostró que no era lesbiana fue difícil engañar a su abuela. Su abuela siempre se salía con las suyas, y le tocó seguir aguantándola. De la estación de tren a la parada de taxis, de allí al supermercado, o al cine (no se sabe a qué porque nunca llegaban a entrar), o a llevar al chucho al parque, justo el más lejano y con menos sombra y hasta en cuesta, que el andador se les atascase. La peluquería, ver inmobiliarias, la mierda de los atardeceres desde la vía verde. Cambiarle el suelo de la cocina, ajustarle el cajón de la cómoda. Quejicosa porque llovía cuando llovía, y cuando hacía calor que hacía calor. El comercial de la telefonía dando por culo a deshoras. Y lo de que “el Señor se apiade de nuestras almas” día sí día también.
Gustavo terminaría reenganchándose y haciéndose maricón. Maricón de verdad, porque tela con la abuelita, y el aguante que tenía la vieja. A todo esto, que la abuela quería aprender a montar en bicicleta. Noventa y cuatro años, y que no había quien le quitase la tontería. Y el juez decano debiendo mantener el tipo, obligado a implantar, para mayor inri, eso de las redes sociales en los Juzgados, como si no tuvieran ya suficiente.
El eco de la frasecita de su hermano pequeño, erre que erre: “Los que se jubilan se van a pescar”. Desde otro continente y a su puta bola en algún lugar de la isla de Bali. Médico anestesista seis meses al año, y porque quería. Las alemanas siempre le fueron muy rubias, eso sí.
Pero lo de la novia, y sacada del mundo delincuencial colmaba el vaso. Seguramente debió de haberse quedado con su primer matrimonio y la casita de campo, y no querer intentarlo por cuatro veces y sin un puto duro en el banco: cinco hijos, dos perros, una gata con muy mala follá, más el hijo que no era suyo. Todo, a sus sesenta y cuatro años, tal que nadie le hubiera advertido que en la judicatura gustaban las mujeres, cuanto más casadas mejor.
Aquel rinconcito siempre le gustó: una cura para todos los males.
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