Extraños (Blog)

19
Dic

Yo antes era mejor persona

No es que fuera de una bondad extrema, ni de esos que iban abrazándose a los árboles en las ciudades de humo. Tenía lo peor de un hombre y lo peor de una mujer.

También sabía hablar de fútbol, pero sobre todo de lo que les pasaba a las personas. Recordaba y olvidaba sus nombres, cierto. Tanto como que los hombres adultos no se preocupaban por otros hombres adultos, sí las mujeres, capaces de hacer cualquier cosa con tal de no estar solas.

Que no esté ya muerto de mil maneras es una mezcla de casualidad y milagro. Vivir siendo uno mismo y no poder pedir perdón tiene esas cosas. Las personas se llevan muy bien cuando sacan provecho las unas de las otras.

Siempre le llevaba un día de ventaja al diablo, como poco.

Como cartero sigo prefiriendo la bici de siempre al taxi o a esas motos eléctricas que no hacen ruido, peor aún esas furgonetas que no son ni una cosa ni la otra, que parece que llevas algo y luego sales con una mierda de cartoncito con algo dentro, como si no cupiera en el manillar de la bici. Eso sí, mucha electrónica, mucha pijada, mucha inteligencia artificial y hay que seguir firmando con el boli o con el puto dedo, ¡panda de guarros!, ¡qué algún día voy a pillar algo!

Y lo de los hoteles. ¡Un hotel donde no te apetece robar nada no es un buen hotel¡, ¡joder!

De verdad que Correos se está yendo al carajo. En tiempos fuimos plenipotenciarios, sobrios como un juez, no fanfarrones de mierda.

12
Dic

Otro que no pudo casarse

Le sirvieron el divino café en el mostrador y, justo cuando iba a dar el primer sorbo, las lágrimas le cayeron solas. Los pies se le deslizaron hacia su interior, le resultó difícil hablar. No fue el cuenco de helado de menta con pepitas de chocolate, o las hamburguesas. Miraba sin emitir sonido alguno. Sin explicar de qué se trataba. Y al ver los dos chicos sentados a la mesa masticando sus sándwiches y bebiendo su leche les intentó parar, ahora bien, difícilmente pudo. Concluyó, que no le haría falta la pistola.

Hacia el fondo, alguien soltó una especie de carcajada, un breve gañido que ascendió del fondo de sus pulmones como una perdigonada rebotando en la pared. Otro que no supo elegir el menú, pues no mucho tiempo después su hijastro le dio unas palmaditas en el hombro y la espalda sin que se repusiera.

Y así uno tras otro, la mayoría hombres. Dar gracias a Dios de poco valía, pereciendo horrendos y penosos, gradualmente asfixiados. Hasta el peor de todos.

Una sudafricana blanca con la tez morena de una norteafricana en absoluto tenía culpa alguna. Una morena de piel oscura que no era ni bonita ni fea, sino especialmente fascinante a ojos de Monroe, y su señora (de vida insípida y convencional, salvo por eso).

A la postre, ese matrimonio empezaría a transigir de mejor modo con otros reclusos, máxime con los que no entendían su lengua, ya sin poder hacer uso de las cocinas y la mentalidad moderna. El taimado centinela que tuvo la feliz ocurrencia todavía bajaba la vista y se encogía de hombros, acordándose todos de lo que pasó gracias al plato, el tenedor y esa mesa que jamás se recogería. Otro que no pudo casarse, y al que sí le hizo falta la pistola.  

Castigo de Dios y de los hombres en la Tierra

5
Dic

Vivir en la memoria del otro

Ese era el meollo del asunto, la previsión de una época en la que ya no estuvieran juntos, un tiempo futuro en el que desaparecería todo lo que venía sucediendo y ellos se convirtieran en fantasmas que vivirían en la memoria del otro, y por eso andaban hablando de niños y de que querían tener uno.

Por primera vez en la vida él empezaba a tener un poco de miedo de sí mismo. Ella, una alegría que no había sentido en meses.

La Navidad lo jodería todo.

4, 3, 2, 1 PEBELTOR

 

28
Nov

Compañeros de suelo y suela

Tal vez se conocía a sí mismo, pero no conocía del todo a los demás. No obstante, creía haber entendido lo que debía hacer para progresar en ese mundo, aunque a veces se ufanase por ello.

Su mujer le dio su conformidad con un gesto de asentimiento. Una mujer que fue muy combativa. Su padre, el maestro que fue alumno, también lo miró a sabiendas que el hábil fue una vez torpe. Habían pasado ya los años invisibles para ese esposo e hijo.

Todo, en esa sociedad dicotomizada, de buenos y malos, en donde ya no quería tener tanto la razón, y sí ganar dinero y sacar adelante a su familia. Otrora época tuvo por costumbre pensar que en Europa la naturaleza estaba domesticada, y que ciertas cosas solo ocurrían en otros lugares.

Su padre, el reverendo, no había conocido a nadie tan obsesionado con una mujer. Ahora bien, ser inocente no siempre le salvaba. A la gente le asustaba morir abrasada, o que se la comieran viva. No todos podían ser Santos. Su hijo, calles más arriba no tendría apenas tiempo para pensar. Había llegado el día en el que sentarse a verle morir.

Consciente de las tremendas proezas del ser humano cuando se quedaba sin dignidad, la mujer tenía hecha una maleta, ya sin intención de eludir la verdad, habiendo tres impresos pulcramente ordenados, una persona que nunca había aprendido a hablar y que lo había oído siempre todo.

21
Nov

El resto puede esperar

No quería ni mirarle, siempre hermosa y con los dedos largos y las venas marcadas. La niña que fue. Hasta le pareció que él le había susurrado demasiado alto.

Bien pronto, ese se dio cuenta de que hacer todo lo que podía no era todo lo que ella necesitaba. Llevaban años juntos, pero como si no los hubiera habido. Tiempos atrás le quitó la soledad, los miedos, las dudas.

No obstante, uno y otra necesitaban procesar la realidad. Habían perdido buena parte de su casa, sus enseres, y casi que a su familia. Tenían que aprender a volver a tenerse.

De vez en cuando era bueno echar la vista atrás, y recordar dónde empezó todo. O que no pasase necesariamente nada, y que se necesitase estar solo, sola. No ser lo que el otro pudiera ver, ni lo que pudiera pensar, ni decir… no ser nada de eso. Quizás, con el paso de los días y los trabajos volverían a picarse por todo, o reírse por nada… sus enfados, sus abrazos.

Al final, era mejor no reclamar nada, alejarse y sujetarse con los ojos, escribir con otras manos el dolor de uno mismo. Pertenecer.    

PEBELTOR

Castigo de Dios y de los hombres en la Tierra

 

31
Oct

Por un hijo suyo

Mientras las gentes del lugar afrontaban sus problemas, otras tomaban conciencia del dolor con una honestidad entrañable. Uno de cada cinco comercios había desparecido para siempre. Los vecinos se iban, los más humildes; los comercios se iban, los más humildes; pero la fidelidad conyugal seguía siendo una maldita bendición para muchos.

Ella era una maestra retirada que vivía bien, aunque a veces pensaba en abandonar ese pequeño lugar, repitiendo el patrón. En otras, era abnegadamente ciega. Valía por lo que era capaz de hacer con lo que sabía. Ni deseaba ser alguien conocida, ni aspiraba a ser alguien que mereciera la pena conocer.

La iglesia le había dado una llave, y Susan podía seguir yendo a tocar el piano siempre que quería. Al cura lo que más le asustaba era el momento de aquellas primeras notas.

Un abrazo podía calmar muchas tempestades. Apretaba fuerte y no lo dejaba pasar. Su marido no tenía que irse a ningún sitio para pensar eso. La mayoría de las madres no disparaba a los novios de sus hijas en la entrada de su casa. Él sí, con su mujer.

Su hijo sufriendo distante esas noches en las que el vodka no hacía lo que llevaba tantos años haciendo, mirando a través del humo del cigarro, gritando a su padre que se diera prisa cuando pagaban por abrazarse a su mismísima madre al pie de la barra que regentaba, en donde muchas personas tenían canciones favoritas y Susan las tocaba a veces, pero no siempre.

La vieja Europa, la nueva América. Daba igual. Una madre era una madre, habiendo deudas que pagar. 

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