Extraños (Blog)

15
May

Leche con galletas

Entró en el ascensor y pulsó el botón de su piso. Después, dos más. Las puertas se cerraron y, despacio, casi que como en un sueño, adormilados, empezó a moverse lentamente.

Ella lo miró sin comprender, y entonces se dio cuenta de que tenía el auricular pegado en la oreja. Cumplía estrictas órdenes, o se las estaba saltando.

Jamás volvieron a ver a su hijo. Y la niña se crio pensando que era hija única.

Tiempo después, ya en la senectud de sus padres, hiló todo y le pareció maravilloso y valiente como su madre deshojó la margarita día tras día. La señora March, siempre llorando en silencio. De su padre tampoco recordaba nada, ni que algún día hubiese ido a recogerla al parvulario.

El único problema es que necesitaba más mentiras. Saber que fue su tía no era como para volver a quedar y tomarse una limonada o leche con galletas como si todo, como si nada, como si nadie.

8
May

La mujer impuso sus normas

En las películas se cuidaban mucho de sacar a alguien fumando. Ella lo hacía con y sin gracia, capaz de prender fuego a todo. Mujer de seis pasos para verla entera y no solo por partes de lo guapa y estilosa que era, ella y su atractivo.

Por mujer sabía ser creíble, tener personalidad y por lo demás, también bien. Sabía moverse en muchos terrenos, en casa y trabajando. El apocalipsis se detendría ante ella, si fuera el caso, dando un tiempo al fin del mundo.

Estaba jubilada, y eso que solía trabajar como directora de hotel. Mujer que sabía mirar a lo tonto, estar al margen, y no solo vivir de espectadora de los demás. Cuidaba de cinco nietos.

1
May

No hicieron falta palabras

Cuando todo el mundo estaba ocupado intentando ser alguien, sucedió. Costaba interpretar por qué la gente hacía lo que hacía al verlos así, socializando como antes.

Algunos, incluso por jóvenes ya eran viejos hacía diez años, si bien, en apenas unas horas se humanizaron de nuevo.

Los datos eran tozudos, innegables. Antes o después, lo diferente asustaba.

Pero sí, la gente reaccionó en parte. Los episodios agresivos ya no hacían ninguna gracia. La gente que vestía de una manera que llamaba la atención pero sin exagerar, fue aceptada, es más, pasó desapercibida. Se escucharon las voces de los niños jugando en los parques, en las calles. Las mujeres supieron hacer de todo eso un cine social, amable, sin tremendismos, que rezumase verdad.

Los pobres, no obstante, siguieron siendo invisibles. Y eso que las ciudades no fueron lo bastante grandes y la gente aprovechó para mirar las estrellas del cielo, como si jamás hubieran estado ahí.

Realmente, no hicieron falta palabras para entender el momento… Faltó saber ¿por qué las rosas ya no olían como antes? 

24
Abr

Mientras dormías

 

La literatura no solo estaba hecha de palabras.

Solo faltaba que le amaran para ser bueno.

PEBELTOR

17
Abr

Y la culpa no fue del sexo casual

Había cambiado la cartografía de las estructuras de poder. Y como que el tiempo lo hubiese sustraído todo. La ciudad estaba renegada, huidiza. De repente nada era lo mismo.

Los lujos asequibles, no obstante, persistían. Era de lo poco que aún perduraba de aquel renacer radical y de la exposición mediática que lo arrolló todo. Las mujeres, abnegadas y generosas, perdonaron para un bienestar común. Por eso mismo se vivía, por ellas. Gracias a ellas y a sus pintalabios. Ellas eran la cordialidad en un mundo de matones.

Cinco años esquivando el murmullo implacable de la soledad no bastaron. Todo estaba con las vergüenzas al aire. Y la culpa no fue del sexo casual.   

10
Abr

La hora de comer

Se quedó escondida en su dormitorio hasta pasada la hora de comer.

Había vivido toda su vida en una casa con servicio. Desde la más tierna infancia hasta su matrimonio con el de ojos saltones e hinchados. Hacia el segundo embarazo dejó los cigarrillos y el servicio, yéndose al campo abruptamente.

Pasaron las semanas, y al final todo parecía olvidado. La señora había recuperado la costumbre de sentarse en un taburete hacia la noche, junto a la mecedora.

Jamás echó en falta las estampas religiosas de la nevera, ni los taxis o saludar con la cabeza alardeando de collar.

No obstante, como si posara en un cuadro costumbrista, había días que mejor no seguir haciéndole caso a las vocecillas de su cabeza o no tendría absolutamente a nadie a quien mecer.   

Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.

Cerrar