Extraños (Blog)

23
Ene

Mientras aún es posible

En el afán primero de sanar la propia herida, y de volver a amarse, no tuvo más que aceptar las cosas a las que el destino le ataba, tratando de encontrar una respuesta, una señal o quizás un amor. Cierto es que no había nada que le impidiera hacer lo que debía hacerse.

Niñas, mujeres, que en su día fueron la hija de alguien, habían encontrado ya su penitencia, pues esperar que un hombre malo no cometiera una maldad era una locura.

Entre tanto, contemplar el universo le daba serenidad de conciencia. No pedía mucho, ahora bien, todo lo que necesitaba tenía que ser de verdad. La soledad del corredor de fondo y ese enfoque práctico de la vida le mantenía a buen recaudo de la gente destrozada y entristecida que se exiliaba de las habitaciones de sus casas de cuando en cuando, negándose a sucumbir a la tentación de compadecerse de sí mismo.

A quienes,

tienen el horizonte en una línea.

16
Ene

Noches sin luna

Imposible dejar de quererla. La forma de las ruinas se le aparecía a cada momento, así como el ruido de las cosas al caer. Volver la vista atrás no quería. El hombre de ninguna parte ardía y pasaba frío, se le habían caído los muros de su cielo.

La vida seguía, como seguían las cosas que no tenían mucho sentido.

Jamás le supo decir “te quiero”. Y la quería; y la quería querer y seguir queriendo. Maldiciendo las cosas que no habían pasado, y también lo que había pasado y no debía de haber sucedido.

Ya no la buscaba de inmediato, se contenía, se lo había prometido a sí mismo. Eran parte de un sistema desalmado, urgente, impreciso, encarecido. El sabor de tragedia mediática lo escondía, no se lo había dicho a nadie. No había acudido a nadie para reparar esa pérdida. Seguía escondiéndola.

La mirada de los ausentes intentaba imitar en los días y los trabajos y no le salía. “Somos todos escapados” pensaba, porque entendía que no era el único desgraciado, ni ella apenas una sola sombra larga, la que nunca sería uno de sus muertos, porque siempre la tendría viva en sus adentros.

Dejarse fue algo inmediato, imbécil. Necesidad, fiebre, hubo silencio, y cosas que no debieron decirse. Sentía dolor al recordarlo, porque arriesgó todo en lo personal y casi que en lo profesional.

En la casa todo le recordaba a ella. Y no tenía vuelta de hoja. Así como con el zumbido estridente, de silencio ruidoso, no definido claramente más allá de su falta.

Incomodidades y molestias físicas aparte se querían. Sobre los comportamientos, un extraño alegaría problemas de comunicación.

Era la desaparición del mundo tal y como lo conocía. Sin furia abierta, contenido; sin luna, estando llena; con mucho por hacer, y esperando un golpe de suerte. Protegiéndose de los vagabundeos atrevidos.

Sintiéndose extraños, que ninguna lealtad se debían, ni tampoco compasión, o peor (palpitaciones violentas, sudoraciones instantáneas, palabras de corrido).

Casi que mejor mirar los movimientos de la noche, las luces verdes y rojas de los aviones que se veían cuando el cielo estaba limpio, el rocío acumulándose en las ventanas bajando el frío, o el grueso de las formas, luchas de individuos por hacer respetar sus derechos y ganarse el pan. Un prodigio de torpeza, al fin y al cabo. Dejarse hacer y querer volver a ser nadie.

Un ruido ininterrumpido y a la par eterno que no daba señales de querer irse, para siempre suspendido en la memoria. Quererse, admirarse, tenerse, cuidarse. Necesitarse. Saber ser parte de uno mismo y de la pareja.

Ella siempre tuvo su misterio. Su sombra sabía lo que temía. Allí también la vida estuvo en otro tiempo. Una mujer casi que de cejas depiladas y ojos tristes por encima de todo, más los pliegues de la carne pálida a quien echaba en falta acariciar con un dedo sus muslos, su ser. Estilizada y fuerte; frágil y capaz.

Las alfombras, los neceseres, los abrigos, el cuadro, aquella caja… Una mujer selectiva hasta para pedir favores, porque el agradecimiento podía convertirse en esclavitud.

Pronto arrancaría el juicio por agresión sexual a dos sobrinas en desamparo.

9
Ene

Vidas cruzadas (muchas cosas que amar)

Hubo dolor. Hubo miedo. Hubo confusión. Hasta entonces solo había habido besos. Salió y se cargó a dos vecinos, pero eso era lo de menos.

Arreglar las cosas para estar a solas era difícil. Días antes, los bien guardados pechos fueron suyos. Disfrutó con gozo de aquella última desnudez, algo inimaginable. Había en ella muchas cosas admirables, muchas cosas que amar, si bien, también la dejó de lado al percibir que los sentimientos de ella no eran tan sólidos como los suyos.

Después de aquello silencio y cuatro largos días sin nada para ese que no pedía un favor dos veces, ni una. Nuevo año, el consabido corte de pelo, adquirir un par de rebajas, y como si tuviera su nueva vida. Lo cierto era que no le interesaban las chicas sanas y normales.

PEBELTOR

2
Ene

Sin instrucciones

Desconfianza hacia el otro, celos, curiosidad, inseguridad en la relación y/o la otra persona. “Te quiero”. “Vamos a hablar”. Pensar que el otro te está mintiendo adrede. Querer hacer planes, no aceptar ningunos otros. Inconsistencia. Poner en riesgo todo.

De ver cortinas, estores, blusas, vestidos, a la nada más despreciable. Del querer saber de más y pedir explicaciones a la peor experiencia sensitiva, mirando de otra forma a eso que se llama realidad.

Acusar primero, preguntar afirmando no mucho después. Frases sinuosas, violentas, llenas de ritmo. Reproches, cautelas, daños. Y pretender una enriquecedora conversación.

Despedir el año, empezar otro más, distinto, igual. Almas que tienen prisa cual niña que recibió los caramelos hace ya demasiado tiempo. Personas, abrazos sin gracia. Objeto de deseo y vejación.

Perder la razón aún teniendo la razón. Echar por tierra todo lo conseguido. Ese mucho, ese poco. Ese todo… Ir del engaño al cinismo. Amor y autenticidad.

Quedarse callada, morderse los dientes. En todas partes y al mismo tiempo. Zigzagueante.

La minipimer se había roto, ese también era otro problema bien grande. Que no exprimía la naranja la puta batidora. El mundo se iba a caer por estar unas horas, días, sin la minipimer, y peor aún que su sustituta (otra batidora) no exprimiera. 

Complicidad absoluta, postrimerías… La verdadera belleza jamás se midió en perfección, ni el amor inolvidable.

Ganar la batalla, perder la guerra.

PEBELTOR

Tus actos pueden ser el único evangelio que algunas personas escuchen hoy en día.

San Francisco de Asís.

31
Dic

El puente de los suspiros

Feliz salida y entrada de Año

(pinche y déjese llevar)

PEBELTOR

Personas con semejante argumento 

no solían equivocarse cuando iban de visita.

26
Dic

Un cuerpo recorrido por las miradas

Sentía su cuerpo recorrido por las miradas. Aquel individuo tiránico y obsesivo capaz de encarnar la polémica y la adulación a partes iguales le había hecho sentirse así, como si tuviera un muñón por pierna y le picase día sí día también.

Y no era cierto, ella era guapísima, además de tener una figura muy estilizada. Pero se sentía así cada vez que llegaban los días señalados, en otros, siempre buscaba un equilibrio vivencial en donde le era más importante disfrutar las cosas que tenerlas.

Si bien, la tele ejercía de fondo de distracción para romper los silencios incómodos y despertar temas de conversación, aunque ni con esas. Su chico, en esos días le era alguien que miraba al mundo con más ironía que intensidad; en absoluto el fornido hombre de negocios que la llevó al altar, con quien disfrutaba de los placeres refugio, que si ordenando los armarios, trasplantando los geranios, o planeando viajes en esa Europa que poco a poco se les iba haciendo más tropical.

Además, le acusaba de roncar al que tenía el tabique nasal desviado y se negaba a operarse.

En cambio, la vida seguía normal afuera.

Todo empezó cuando a la cirujana le pudo más una escena de la infancia, ya sin ni poder negar la existencia de un espacio compartido con su hombre. Más allá del deber, estuvieron a punto de dejarlo; no obstante, el miedo a perder lo que nunca tuvieron les unía, tanto o más que los amores cobardes que ambos ya habían experimentado por separado.

No había psicólogos especializados en el “miedo a la Navidad”. Y beber no les servía de mucho, salvo para confesarse arrepentidos por algo menor. Él y ella. Que él, con trauma y sin trauma, debía de saber comportarse profundamente afectuoso por desganada que estuviera su querida. Una mujer compleja, vulnerable y en evolución constante.

Las primeras navidades no todo fueron verdades, después, en todas y cada una, la dichosa mirada. Como si el eco de su silencio le arrastrase al abismo de su dolor, jamás pudo superar cuando la llevaron a ver a Papá Noel, y días después a la cabalgata de los Reyes Magos, también obligada. Con el primero la sentaron en su regazo, llorando a mares y pataleando al tipo ese que no la soltó hasta que a su madre no le salió de la real gana, no parando de reírse y hacerle carantoñas absurdas, regañándola que también para que se comportase y estuviese quietecita; con los otros, un paje la tomó en brazos y la alzó para que le diese en mano (el mejor rey de todos) unos caramelos.

Desde entonces, llegadas esas fechas, no estaba en guerra pero tampoco en paz. Cerraba la clínica, no operaba. Se encerraba en casa. Su hombre le hacía todo, incluido asearla. Era incapaz de todo. El psiquiatra al que los dos frecuentaban había anotado del esposo: “Hubo noches en que me creí tan seguro de poder olvidarla que voluntariamente la recordaba”. Porque harto e incapaz la abandonó una Navidad. Y la muy puta en febrero casi que le arranca las pelotas de cuajo. A él, a todo un hombre capaz de recusar a jueces y fiscales, a quien le tuvo que recordar muy vehemente, aún hecha un adefesio, según ella: “Un ser tira del otro, y sin saberlo los dos tiran de ese universo”.

Si bien, el reto estaba servido, porque en la vida, detrás de las cosas buenas siempre había una decisión valiente, e iban a tener un hijo. La perra Marsi no contaba, ni la gata Carolina, o el pez. El hijo o la hija les sería esa nebulosa que en verdad pondría nombre a las cosas. Entre tanto, hacer deporte también era una forma de quererse. Tiempos muertos de esos, y placeres refugio, en los que él pensaba en cómo amordazarla cuando el propósito de su miserable existencia apuntaba hacia un objetivo más alto, sintiéndose incapaz de quererla más y mejor, atrapado. Ella, al tiempo, como si le hubieran cortado una pierna, notando que le picaba.   

PEBELTOR

Libros para todo, y para todos

 

Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.

Cerrar