Había cambiado la cartografía de las estructuras de poder. Y como que el tiempo lo hubiese sustraído todo. La ciudad estaba renegada, huidiza. De repente nada era lo mismo.
Los lujos asequibles, no obstante, persistían. Era de lo poco que aún perduraba de aquel renacer radical y de la exposición mediática que lo arrolló todo. Las mujeres, abnegadas y generosas, perdonaron para un bienestar común. Por eso mismo se vivía, por ellas. Gracias a ellas y a sus pintalabios. Ellas eran la cordialidad en un mundo de matones.
Cinco años esquivando el murmullo implacable de la soledad no bastaron. Todo estaba con las vergüenzas al aire. Y la culpa no fue del sexo casual.
Se quedó escondida en su dormitorio hasta pasada la hora de comer.
Había vivido toda su vida en una casa con servicio. Desde la más tierna infancia hasta su matrimonio con el de ojos saltones e hinchados. Hacia el segundo embarazo dejó los cigarrillos y el servicio, yéndose al campo abruptamente.
Pasaron las semanas, y al final todo parecía olvidado. La señora había recuperado la costumbre de sentarse en un taburete hacia la noche, junto a la mecedora.
Jamás echó en falta las estampas religiosas de la nevera, ni los taxis o saludar con la cabeza alardeando de collar.
No obstante, como si posara en un cuadro costumbrista, había días que mejor no seguir haciéndole caso a las vocecillas de su cabeza o no tendría absolutamente a nadie a quien mecer.
Ella era como la primavera, igualita:
“Darme quiero a entender sin decir nada” se desprendía al verla.
“Ni me dejo forzar ni me defiendo” trataba su libre comercio.
“Entiéndame quien pueda; yo me entiendo” para quien no la conocía.
Avelino, de esas veces en las que esperaba una noticia, cuando llegaba, no siempre la quería. Tan pronto, tan tarde, como que necesitaba unos prismáticos de cerca como que era un gran infeliz y dejaba pasar el tiempo en el patio de los vecinos o con cualquier otro tema.
Así era él, alguien capaz de criar su propio miedo cuando estaba detrás de la verdad. Quizás, por haber sido hijo de la resistencia, de aquellos padres que debieron ganarse todo a pulso, teniendo de niño como capricho las memorias de un tambor y poco más en tiempos donde había quienes hacían de viajeros por el espacio abierto, turistas, cuyo dinero nunca dormía.
Avelino no tenía memoria de pez, ni tonterías, sino todo lo contrario. Y sabía de la ciencia de animales para niños, tuviera o no.
Solo que un día, más bien una tarde, harto de esperar semanas y meses, cambiado ya el año, de improviso recibió el aviso de una noticia. Para colmo, acababa de entrar la primavera abruptamente tras casi un mes de marzo lluvioso, ventoso e invernal.
Cierto es, que con el tiempo los recuerdos siempre eran buenos, no obstante, en la vida de algunas personas, al igual que en los juzgados, había un reglamento para todo, y el silencio venía a serles lo mejor cuando no se sabía o no gustaba lo que había que decir. Y ese, que se quedó viudo con cuarenta años, sabía perfectamente que lo difícil de la vida era estar a la altura de lo que se debería ser y compartir el dolor de alguien.
Salió a tomar un poco el aire lo justo, en tanto en cuanto los afectos podían menguar por alejamiento, desgaste o por indiferencia, y cuando regresó a su barrio (podía irse del barrio, pero el barrio nunca se iba de él) tuvo esas imágenes que ensuciaban los ojos, y otras que los limpiaban. Imágenes bellas, hermosas, y otras que le enrojecieron e irritaron. Con ella aprendió a vestirse, a fumar, a andar, superada la frontera de la edad en la que era más difícil hacer amigos.
Y agradeció que se acordase de este, de que quisiera verlo. Directa. Tal y como siempre fue, elegantemente suya, interesada y no sabiendo si coqueteando o Dios sabe qué. Justo, la misma sensación que cuando esperó la valoración formal de uno de sus trabajos, tras muchos años. Lo mismito que cuando su madre, en la residencia, esperó la llegada de su hora, viéndola cesar. Miedo a la suerte por tener y por no tener. Amigos, familia, vida.
Llevaban tiempo sin ir, y cada vez quedaban menos. El olor ya no era el mismo, ni el tacto de los muebles. Hasta la ventana del salón parecía distinta.
Lo que sí había cambiado era la puerta de la entrada, siempre cerrada. Hubo un tiempo en el que se le regañaba a todo aquel que osase cerrar la puerta de la calle, con su sanedrín al pasar gracias a esas cortinillas de canutillo que hacían su música.
Hasta las calles estaban más empinadas, y la plaza (donde las fiestas y tomar el fresco) menos lustrosa por veces que la hubieran hecho cambiar de arriba a abajo las políticas de los políticos.
Si bien, el pueblo seguía en su sitio. Más iluminado, mejor señalizado y menos perdido por entre todos esos con los que compartió comarca, y donde la una carretera era eso y no un camino asfaltado lleno de curvas. El pueblo de los funerales.
Las mujeres, todas las guerras las perdían dos veces.
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