No estrenó ropa hasta que se casó, siempre heredó de sus hermanos.
El parte oficial consignaba al día siguiente que a consecuencia del bombardeo aéreo habían muerto doscientas veintidós personas. Figuraban en el parte los nombres y apellidos de un centenar de víctimas y al final decía textualmente: “Los ciento veinticinco cadáveres restantes no han sido identificados”.
Las personas mediocres se desmoronarían. Su mujer no. Todos tenían verdades y mentiras. De alguna forma tuvo olfato, le ocurría con muchas cosas en la vida. Una mujer que tenía una habilidad especial, quizás por eso aquella mañana le hizo el amor.
No tardó en descubrirse a lo lejos el brillo intermitente de otra lucecita que aguardaba anhelante. Una mujercita leyendo, pese a que su entereza se abatió súbitamente. Y eso que había todavía un rato de absoluta oscuridad.
Aún flotaba en el ambiente cuando apoyaron el cañón de la pistola y dispararon por entre los ojos, cayendo de bruces como un guiñapo. O que luego echaran en un montacargas al muñeco de trapo, cayéndole un hilillo de sangre que le recorría la mejilla fruto del tiro que finalmente le descerrajó el padre.
No obstante, ella le seguía leyendo; de hecho, nunca paró ni pararía de leerle a su mejor amigo, con quien creció, y quien siempre supo sobrellevarle su ceguera verbal por grande que fuera el muñeco de trapo.
La cuadra la limpió la madre.
Las balas fustigaron el aire y la tierra en torno suyo, pero el hombre no se movió. El dolor le había hecho invulnerable e invencible. Casi como la luz sin gravedad, como cuando uno se muere.
En casa, días después, sintió llorar a ambos lados de su cama a dos pobres mujeres: madre e hija. Para quienes la guerra seguía. No en vano, seguía siendo un soldado… y le volverían a llamar a filas.
Y aún tuvo alma para levantar la cabeza y seguir adelante.
A quienes tienen el horizonte,
Tenía una belleza insoportable. Ni resentida ni traidora la madre recién nacida, quien sonriendo estaba más guapa.
Las tardes le eran un laberinto, noches de puro dolor, sola en silencio. Ahora bien, cuando podía, practicaba el yoga sensible al trauma.
Puro susurro del fuego, devolviéndole al aire al tenerle, tenerse, cuidándose mucho la nueva mamá, papá, frente al ruido: hermanos.
De lejos sonreía para sus adentros. Ellas, a lo suyo. Ese, el de la moto, quien jamás echó margaritas a los cerdos. El eco siempre teniendo la última palabra, jodido eco.
De Dios para abajo cada cual viviendo de su trabajo. Ellas, muy bonitas, disfrutando del privilegio en el que estaban. El dinero llamando al dinero, y el buen cirujano operando temprano.
Sabía de las expectativas, del carácter de los demás. Cómo le planteaban las cosas, buscaba las palabras, ayudaba. Ella sabía: Martina. Y no hablaba de cosas, hablaba de personas, con sus días y sus trabajos. Creaba espacios, sabiendo que cada cual era distinto. La parte no verbal la adivinaba, y eso que no había piedad cuando se enfadaban con ella por más que tomara distancia. No todas las mujeres podían votar con los pies ni podían escoger un color de pelo, aun así, tomaba conciencia y no daba por sentado las cosas, permitía hablarlas. Sabía que la agresividad no era con su persona, sí con su condición, con su puesto y su trabajo. Decisiones a las que estaba obligada.
Como madre, como jefa, en casa y en la oficina escuchaba de todo: bueno y malo. Con todo y con eso cuidaba del grupo/familia, y la familia/grupo se sentía cuidada/o. Trataba de parecer y ser honesta, íntegra. La pelirroja tenía tarea con su hijo, con sus jefes, con sus compañeros. Necesitaba más anestesia que cualquier otra, eso sí. El propio grupo o la familia, había muchas cosas que no le decían, pero actuaban. No querían una amiga, querían una jefa, una madre, una esposa. Para poder enfadarse con ella, y para poder quererla, ganársela.
Martina era muy atractiva. Y estaba tan cerca de la emoción que debía cuidarla, y darle espacios de cuidado. Solo que aun haciéndolo bien no se libraba de lo malo. Nadie entendió que desapareciera. “Una golondrina no hace verano, ni una sola virtud bienaventurado”, dejó escrito, o se lo escribieron. Castigo de Dios y de los hombres en la Tierra.
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