Fue la vida lo que los llevó al amor. El uno llevaba una vida esperándola, y a ella le fue imposible no creérselo. Ella le intentó enseñar a querer, a querer distinto, no solo que le exigiera ser mujer.
Pasada la treintena el estatus social, la impresión de seguridad y fertilidad tomó preponderancia, clichés aparte. La altura, el tono de piel, el cabello y ojos, la textura de la voz, el rostro, que tuviera un buen cuerpo y músculo, que supiera vestirse bien.
A él no le gustaban las mujeres que habían estado con muchos hombres.
Cuando se quería a alguien se pasaba por alto lo obvio. La debilidad, la dependencia, la desesperación. Poner límites era difícil, pero más complicado resultaba vivir tolerando todo cuanto le hacía daño.
Y no le compadecía, no dejaba de ser un ejecutivo sociópata o la representación más vana y mísera de ello, con toda la osadía y la profunda ignorancia que albergaba.
Al final ella estaba segura de que si su corazón dejaba de latir el suyo dejaría de dolerle. Y abonó lo que le pidieron, pasando de la indecencia al privilegio, celebrándolo.
El peligro no siempre eran los perros callejeros y los niños; las mujeres baratas eran las que a la postre salían más caras.
Ella no tenía la culpa, quienes la miraban sí.
Unas por imputarle malicia y falsedad, otras por conmoverse o desearle ser tetrapléjica. Y el hombre, el superhombre, con esa rectitud de ánimo e integridad en el obrar queriéndola como poco para cinco minutos. Fingimiento o engaño, todos, y bondad.
Gustaba, era muy guapa, hermosa. Hasta se dejaría entrevistar. Calumniarían, difamarían, murmurarían por ella. Con decencia y sin ella. Se mostrarían vulnerables si con ello le despertase simpatías.
Lo que no sabían es que su corazón latía más rápido, quemaba grasa con más lentitud, tenía un sistema inmunitario más fuerte, su lengua tenía más receptores de dulce, parpadeaba el doble, tenía más flexibilidad que lo parecido, usaba el color rojo, se maquillaba claro, el radio de la cintura a la cadera indicaba su nivel de estrógenos, tenía una voz más aguda, usaba lentes, y hasta podía llegar a ser torpe y terca.
Con todo y con eso se descalabrarían por ella con furia, o la acusarían de dominar el arte de quitarse el sostén sin sacarse la blusa y de jugar con sus pechos frente al espejo.
Si supieran que el siete de septiembre fallecería atropellada al cruzar el paso de peatones de casa de sus padres, ella y su hermana pequeña, sin duda alguna, se lo pensarían y todo quedaría en un absoluto misterio.
La vida a ras de suelo pasaba de ser imperfecta a implacable. Ella fue el único testigo de todos sus crímenes. Demasiado ángel para el cielo.
Los muertos seguían siendo los únicos que veían el final de la guerra. El sistema se reorganizaba y creaba nuevos líderes sí o sí.
Para algunas personas, si la presión aumentaba en casa se calmaba en la calle. Como ese hombre acaudalado y su suntuosa mansión, quien cada vez que discutía fingía tener respeto, el mismo al que le encantaba divisar la trayectoria de los cuerpos desde el torreón, exponente y referencia permanente de valores que inspiraban a la sociedad, según decía el marquesado que le concedieron. Demasiado hijo de puta como para arder.
Le dio cuatro razones, muy profunda: que sepas que algunas personas quieren que suceda, algunas desean que suceda, otras hacen que suceda. Las cosas no cambian; cambiamos nosotros. Cambia antes de que debas cambiar. Deja que el que mueve el mundo se mueva primero. Él se las devolvió, en dos palabras: cásate conmigo.
La mujer con atuendo varonil simulaba ser un hombre. La otra se aventuraba perdiéndose, contando sus penas al primero que pasaba. Que una mujer tuviera sexo fuera del matrimonio era una vergüenza para la familia.
En aquellos tiempos a la mujer se le educaba para ser buena madre y esposa. Y sobre lo que no se podía cambiar, se recurría a la brujería, a la trampa o al engaño que eran malas y buenas artes.
Pero a diferencia de los hombres tenían que ser discretas, tal que ellos fueran guardianes de la virtud. Y había velas, que no el atisbo de las linternas. Velas con el beneplácito de una autoridad superior.
No importaba ponerse en peligro si con ello el matrimonio se enderezaba, que también.
Ana jamás tuvo una habitación propia, ni cocina. Una buena cena era importante para una buena charla, y para pensar, amar y dormir bien. Otra cualidad imponderable era no tener prisa.
El problema es que cuando llegaban a casa, la una y la otra, no tenían ninguna certeza que exponer. Todo les era sobrevivir, en particular entre las clases altas de caballeros. Seguían siendo excepción las mujeres de clase alta o media que elegían a sus maridos.
Si bien, ellas sacaban un rato para verse y, a las interrupciones y ruidos habituales, se sumaban los problemas de salud y la necesidad de ganarse la vida, pero se querían, pavimentando el camino y domando el salvajismo natural de la época, culpables de todo. Igualito que en el siglo XVI.
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