Ella no tenía la culpa, quienes la miraban sí.
Unas por imputarle malicia y falsedad, otras por conmoverse o desearle ser tetrapléjica. Y el hombre, el superhombre, con esa rectitud de ánimo e integridad en el obrar queriéndola como poco para cinco minutos. Fingimiento o engaño, todos, y bondad.
Gustaba, era muy guapa, hermosa. Hasta se dejaría entrevistar. Calumniarían, difamarían, murmurarían por ella. Con decencia y sin ella. Se mostrarían vulnerables si con ello le despertase simpatías.
Lo que no sabían es que su corazón latía más rápido, quemaba grasa con más lentitud, tenía un sistema inmunitario más fuerte, su lengua tenía más receptores de dulce, parpadeaba el doble, tenía más flexibilidad que lo parecido, usaba el color rojo, se maquillaba claro, el radio de la cintura a la cadera indicaba su nivel de estrógenos, tenía una voz más aguda, usaba lentes, y hasta podía llegar a ser torpe y terca.
Con todo y con eso se descalabrarían por ella con furia, o la acusarían de dominar el arte de quitarse el sostén sin sacarse la blusa y de jugar con sus pechos frente al espejo.
Si supieran que el siete de septiembre fallecería atropellada al cruzar el paso de peatones de casa de sus padres, ella y su hermana pequeña, sin duda alguna, se lo pensarían y todo quedaría en un absoluto misterio.
La mariposa y esa ave, de gran pico, eran quietud y cambio. Junto a otras faunas conformaban toda una ciudad de Babel, si bien, ellas dos tenían una relación especial. Se bañaban, se miraban, volaban juntas.
Gigante y pequeña, la una era la gatita con botas de la otra. Costaba creer que la colorida mariposa pudiera dominar con un simple gesto a la enorme ave. Y lo hacía. Es más, se sentía un poco responsable de la misma. La hacía pasar de una sonrisa al nudo en su garganta con su facultad luminosa, a la ingenua y optimista de largas y grandes patas.
De tener pestañas, se les rasgarían los ojos con tanto jugueteo. El poderío visual era hipnótico. Ya fuera en una charca como en el tejado de una casa de pizarra destacaban sin dar más cuenta que de sus sutilezas.
Podrían llevar más veinte años juntas porque no se necesitaban decir nada, y no, apenas dos semanas. Tiempo más que suficiente como para emocionarse y admirar su educación sentimental. El lobo y el león tenían envidia; sin embargo, el caminar de las mujeres y los hombres conllevaban una mirada perdida. El silencio era un vicio, y un hielo antiguo para esa mariposa y su ave, no así para las personas, que gritaban. Tantas horas y ni una sola voz más fuerte que otra.
Las liebres, el caracol, la mariposa azul, el águila y tantas otras en la medida que podían intentaban imitarlas. No obstante, las abejas y sus bellas flores eran las que más se les parecían, revoloteando. Los patos y la tortuga no, eran pardos y caminaban lentamente. Pero no era cuestión de ser hermosa ni de tener alas, o de remontar el vuelo más allá de las flores.
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