Extraños (Blog)

16
Oct

El canto de los corazones rebeldes

Tenía una belleza insoportable. Ni resentida ni traidora la madre recién nacida, quien sonriendo estaba más guapa.

Las tardes le eran un laberinto, noches de puro dolor, sola en silencio. Ahora bien, cuando podía, practicaba el yoga sensible al trauma.

Puro susurro del fuego, devolviéndole al aire al tenerle, tenerse, cuidándose mucho la nueva mamá, papá, frente al ruido: hermanos.

9
Oct

Hay un mundo mejor, pero es carísimo

De lejos sonreía para sus adentros. Ellas, a lo suyo. Ese, el de la moto, quien jamás echó margaritas a los cerdosEl eco siempre teniendo la última palabra, jodido eco.

De Dios para abajo cada cual viviendo de su trabajo. Ellas, muy bonitas, disfrutando del privilegio en el que estaban. El dinero llamando al dinero, y el buen cirujano operando temprano.   

2
Oct

Martina, una mujer

Sabía de las expectativas, del carácter de los demás. Cómo le planteaban las cosas, buscaba las palabras, ayudaba. Ella sabía: Martina. Y no hablaba de cosas, hablaba de personas, con sus días y sus trabajos. Creaba espacios, sabiendo que cada cual era distinto. La parte no verbal la adivinaba, y eso que no había piedad cuando se enfadaban con ella por más que tomara distancia. No todas las mujeres podían votar con los pies ni podían escoger un color de pelo, aun así, tomaba conciencia y no daba por sentado las cosas, permitía hablarlas. Sabía que la agresividad no era con su persona, sí con su condición, con su puesto y su trabajo. Decisiones a las que estaba obligada.

Como madre, como jefa, en casa y en la oficina escuchaba de todo: bueno y malo. Con todo y con eso cuidaba del grupo/familia, y la familia/grupo se sentía cuidada/o. Trataba de parecer y ser honesta, íntegra. La pelirroja tenía tarea con su hijo, con sus jefes, con sus compañeros. Necesitaba más anestesia que cualquier otra, eso sí. El propio grupo o la familia, había muchas cosas que no le decían, pero actuaban. No querían una amiga, querían una jefa, una madre, una esposa. Para poder enfadarse con ella, y para poder quererla, ganársela.

Martina era muy atractiva. Y estaba tan cerca de la emoción que debía cuidarla, y darle espacios de cuidado. Solo que aun haciéndolo bien no se libraba de lo malo. Nadie entendió que desapareciera. “Una golondrina no hace verano, ni una sola virtud bienaventurado”, dejó escrito, o se lo escribieron. Castigo de Dios y de los hombres en la Tierra.

25
Sep

Casas vacías

Cuando Connell puso el intermitente para tomar la entrada de la urbanización de Foxfield y se detuvo delante de su casa. Lorraine bajó del coche. Connell miró a Lorraine por el retrovisor… después todo y nada sucedió.

Un vecino que lo presenció levantó las manos en gesto de rendición. Otra no pudo articular palabra.

Las marcas, meses después, seguían estando: ellos no; ni las bolsas de plástico reutilizables que un vecino usó para evitarle el mal trago a su hija: Sophie.

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18
Sep

Llenos de vida callada

Lo difícil que le era trabajar y estar con tanta gente, y tan diversa. No había nada más urgente en su vida. Una especie de dolor crónico, de falta de solución. Siempre críticas y resultados. Aunque las cosas había que saber hacerlas para saber mandarlas, como decían las abuelas.

Aun así, ella le hablaba con palabras y él la miraba con sentimientos. Y no, no era extranjera, si bien, podría pasar por eso, llena de vida callada. Una que limpiaba, que hacía su trabajo, que no protestaba ni se asomaba a las ventanas perdiéndose.

De esas en cuyo vientre vacío sonaba el mar, y que necesitaban que le apretase de nuevo el dedo corazón, la pequeña señorita sin nombre, no pudiendo dormir del todo los años. 

Mujeres y hombres; ni negras ni blancas. Cine de verano, cine de invierno.

Y nadie preguntando a ese hombre por su vida, todas y todos pidiendo, llorando, reclamando. Por las vacaciones, por las tareas, en bajo y a todo volumen. No sabiendo si tenía madre o padre, hijos o hijas, si había comido o no algo. Todo el mundo solicitándole, de par en par, y tratándole como si fuese el último en enterarse de las cosas. Él, debiendo y sabiendo hacerse el tonto, por desgracia… o por suerte para los demás.

Lo difícil que era mandar con tanta exigencia y dramas de cara larga, personas; y sin abuela. O con las tres muertes de su padre. 

Porca miseria

11
Sep

Extraña manera de estar viva

Aquel día 11, de septiembre, él le había dicho: “Cuando des un paso al frente mañana, estaré a tu lado en el altar”. Sí, el 11S. 

Desde entonces, cada año como que se casaba con ella en tal fecha. Con la pequeña señorita sin nombre. Una muñeca con lágrimas, lágrimas que se llevó a su casa aquel día de autos, sonando en su vientre vacío el mar. Y hacía como que le apretaba el dedo corazón.

El día que murió le fue como cualquier otro, solo que más corto. La otra vida no existía, la aprendió cuando murieron sus padres. Y el día que ella murió, murieron todas las flores. Así quiso aceptarlo, por ella. Solo y a solas.  

Ahora bien, harto de que volviese el calor a madurarlo todo, entrecerrando los párpados como quien canturreaba a solas y revelase su no perdida juventud, para vivir entre restos de personas muertas prefirió casarse de veras y tener dos miradas, dos universos.

Su otrora mujer se lo permitía, ferozmente femenina. Pura, para que no le pudriese el asco. Una mujer de esas que a los veintiún años ya tuvo novio formal, aunque luego le salió rana el tipo.

Pero sí, extraña manera de estar viva, la una y la otra. Él de por medio, tanto en el asfalto incandescente como en la capilla donde la rezaba bajo un sol vertical, cenital, apoyado en la vidriera, de rodillas, rendido de cansancio al rememorarse la fecha. Y le resucitaba sus cabellos hasta que escondido en la noche su esposa de piel, con paz y reposo, sin el más crudo estruendo ni hermoso silencio lo concebía y ya no sufrían esa tremenda soledad de cuerpo completo y vientre vacío. También tendría un hijo. Otro niño de esos que jamás llegaría a poner los pies en la tierra. Pero ellos llegarían a ser tan viejos como uno, se querían, y no solo en el descarado sexo, ella réplica suya mejorada. Una mujer que sobornaría al Diablo para ir al infierno, que le quería, y que vencía al destino emponzoñada en eso de los tumores del lacito rosa.

Solo el amor era capaz de detener al hombre en su caída. Y pocas mujeres sabrían hacer y estar en esa naturaleza sublimada del recuerdo más infame. Extraña mezcla, sin ningún orden ni propósito aparente, solo amarse, tenerse. Cuidarse y respetarse, por siempre jamás. Él y las hermanas.    

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